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Viernes 4 de diciembre de 2009

+ Suárez y el golpe del 23F-1981

+ La prensa puso agenda polítca

 

Segunda parte de los apuntes del viaje a España en busca de las pistas de la transición democrática española.

 

Viernes 27 de noviembre, 2009.

 

No se trata de una situación especial o de un tiempo histórico. Una de las cuestiones que la transición democrática 1976-1978 no dejó resuelta fue el de la lucha por el poder. La transición constituyó un consenso político para crear nuevas reglas del juego, pero no pudo controlar o reglamentar la voluntad democrática. En marzo de 1980 el PSOE --que había regateado el apoyo a Suárez, había sido reacio a firmar los Pactos de la Moncloa y había abandonado a su suerte al Partido Comunista de España sin apoyarlo en su legalización-- promovió una moción de censura contra Suárez. El procedimiento parlamentario estaba reglamentado. Pero la estrategia del PSOE fue la de darle un golpe político a Suárez, aprovechando el clima de inestabilidad social, de incertidumbre militar y de fractura dentro de la Unión de Centro Democrático. Felipe González, líder del PSOE, vio la rendija para apresurar el proceso político y llegar a la presidencia del gobierno. La estrategia falló, España entró en un mar de rumores de golpes de Estado y terminó la fase con la invasión del teniente coronel Tejero en la sede del Congreso para pedir un gobierno de salvación nacional encabezado por un militar. Luego vino el gobierno breve de Leopoldo Calvo Sotelo y el desmoronamiento de la UCD. Y finalmente las elecciones de octubre de 1982 con la victoria aplastante del PSOE, la alternancia hacia la izquierda y el largo periodo de gobierno socialista de catorce años. A regañadientes, González dejó el poder. Ganó el Partido Popular y José María Aznar gobernó por decisión  propia sólo dos periodos de cuatro años. En el 2004 volvió a ganar el PSOE y se reeligió apenas en el 2008.

El consenso básico de la transición fue el del ejercicio del poder por mandato de las urnas. La ley de la reforma política le regresó al pueblo, vía el voto, el derecho de poner y quitar gobernantes, sobre todo con una Corona sin límite de vigencia pero también sin ejercicio del poder. A diferencia de la decisión de Aznar de limitar su gobierno a dos periodos como una forma de despersonalizar el poder, España ha padecido el síndrome del necesariato, es decir, la consideración de que una persona es necesaria --indispensable--, al margen de las realidades democráticas.

Los consensos de la transición fueron tres: la alternancia, los acuerdos y las leyes. Ahora España se encuentra en una zona de incertidumbre: el PSOE ha hecho todo por evitar la pérdida del poder, con una mayoría mínima ha tratado de sacar acuerdos que requieren de una mayoría mucho más amplia y ha dejado que el país entre en un debate desgastante sobre el Estatuto de Cataluña que podría romper con el Pacto constitucional de 1978. Los temas-fractura son delicados: la ley de economía sustentable que debe replantear el acuerdo productivo de los Pactos de la Moncloa de 1977, la ley para llegar al aborto libre en una sociedad religiosa, el Estatuto catalán y debates como el del barco Alakrana que fue tomado por piratas y el gobierno permitió el pago de rescate pero involucrando el limitado papel de las fuerzas armadas en temas de seguridad nacional.

Los debates en el parlamento han sido agresivos, rupturistas. Pero en el fondo, la relación consenso-alternancia se encuentra en la mesa de las discusiones. Los temas han comenzado a polarizar a la sociedad española: el aborto, el Estatuto Catalán y la crisis han tensado los acuerdos de los consensos básicos. Los partidos ya no negocian sino quieren imponer o reventar decisiones. Las decisiones se sacan no por convencimiento y negociación sino por alianzas partidistas. El caso del Estatuto catalán es el más serio porque involucraría uno de los aspectos más delicados que la transición cuando menos estabilizó pero no contribuyó a solucionar: el tema de las autonomías regionales, con la amenaza de la balcanización. Suárez logró encontrar el espacio de integración con respeto a culturas, pero el sentimiento separatista sigue corroyendo las bases del consenso fundamental de una nación única e integradora. Ayer doce periódicos de Cataluña publicaron un editorial conjunto sobre el asunto: el Tribunal Constitucional recibió objeciones del Partido Popular y tiene que pronunciarse sobre la constitucionalidad de ciertos contenidos del Estatuto. El PSOE quiere que las cosas sigan igual, el PP considera que Cataluña se enfila a la separación y el Tribunal Constitucional va a decidir en función de la Constitución de 1978.

En medio de este contexto, las crisis de gobierno y de ejercicio del poder parecen haber declarado ya el fin del consenso de la transición de 1976-1978. Para algunos, era lógico por la evolución de la sociedad y el fortalecimiento de los partidos políticos. Pero para otros, el asunto es más grave: la fractura política ha estado en el fondo de los problemas de integración social y política. Y el clima podría enrarecerse más con la intención de revivir el asunto de la guerra civil por la ley de la memoria histórica, la revisión de esa ruptura interna y la decisión socialista de dar un paso más hacia la liquidación de todo lo que aún mantiene alguna relación con Franco. Y a ello se ha unido el hecho de que la monarquía no atraviesa por su mejor momento de legitimidad social, luego de que su valor --diría Santiago Carrillo-- se basó en el hecho de que el Rey Juan Carlos I era la bisagra de la transición y la democracia.

El debate escondido radica en saber si España es lo suficientemente madura para enfrentar temas de discusión que promueven la ruptura social --como el aborto o el Estatuto catalán-- o si los partidos están sobretensando la viabilidad de la democracia. Lo único claro que tienen en España es que el ejército ya se profesionalizó, no va a intervenir en conflictos internos y la disputa tendrá que ser política y sobre todo parlamentaria. España, ciertamente, necesita modernizar algunos de los acuerdos, un nuevo modelo de desarrollo y atender los pasivos sociales como el aborto. Sin embargo, los consensos de la transición sirvieron para consolidar las prácticas democráticas pero no para resolver problemas tan vitales como el de las autonomías. La salida que tiene España es la electoral, pero el PSOE no quiere mucho jugar con esa vía que a veces se relaciona con el refrendo.

El ambiente social en España es tranquilo. El debate sobre el Estatuto catalán se advierte sólo en los medios y básicamente en los comentaristas, no en la calle. El consenso democrático se sostiene por dos acuerdos: en de las élites para no discutir lo que fractura a la sociedad y el de la sociedad que no quiere revivir temas que pudieran regresar a los tiempos de las confrontaciones y las polarizaciones. Pero ocurre que los medios escritos tienen aquí enorme influencia y pueden contribuir a exacerbar a la sociedad.

Lo que queda es la observación de que el consenso de la transición tiene sus límites.

 

Domingo 29 de noviembre, 2009.

 

Las notas se acumulan. El tiempo le gana la partida a los reportes escritos.

El jueves entrevisté a José Oneto, para mí es el punto de referencia profesional de la transición. Allá por 1976 y 1977, la revista Cambio 16 era la única que llegaba de España. Y eran pocos ejemplares. La podía adquirir únicamente en el puesto de periódicos que estaba en Avenida Juárez, al pie del edificio de la Conasupo, entre Reforma y Balderas. El vendedor me la guardaba. Yo había comenzado en el periodismo apenas en 1972, pero por alguna razón me interesó la transición española. No sé si fue el hecho de que en 1975, siendo reportero de El Día, me tocó cubrir la conferencia de prensa de Santiago Carrillo y su gente de la Junta Democrática. El caso fue que me gustaba Cambio 16 por su estilo de revista que en México no existía. La compré cada semana y la tuve guardada un tiempo. Lamentablemente en un cambio de casa y de oficina se me perdieron. Hoy me duele no tenerlas. Pero estoy haciendo hasta lo imposible para conseguirlos aquí en Madrid.

Mi contacto con Cambio 16 fue muy fuerte. Y no sólo en materia de lecturas. En dos ocasiones estuvo en México Juan Tomás de Salas, presidente de la revista y del consorcio 16, y lo entrevisté. Una vez fue para El Universal en 1985 y más tarde creo que para El Financiero. Mi equipo de trabajo me está buscando las entrevistas para incorporarlas a estos apuntes porque entonces reflejaban con precisión mi enfoque sobre la transición y el papel de los medios. Recuerdo que esas entrevistas pasaron desapercibidas por la ignorancia profesional en torno a lo que ocurría en España.

Oneto era columnista y director de Cambio 16. Por tanto, mis referencias de la transición española me remiten a sus crónicas y columnas, Su estilo de entonces --que se ha ido afinando-- era bastante sencillo: decir las cosas con las palabras exactas. Oneto contaba la transición, tenía acceso a fuentes del poder. Pero sobre todo, entendía la transición. Planeta circuló en México, en aquel entonces, algunos de sus libros que leí y que aún tengo subrayados: Los últimos días de un presidente (1981), La noche de Tejero (1981) y Anatomía de un cambio de régimen (1985). Este último lo he citado varias veces en reportes a políticos sobre la necesidad de la transición a la democracia. Hacia 1986 la revista Cambio 16 dejó de llegar a México. Luego supe que Oneto cambio de aires y aterrizó en el Grupo Z y la revista Tiempo. Eran otros tiempos. La transición había pasado.

Cuando preparé mi viaje a España puse a Oneto en primer lugar. No me fue difícil encontrar su correo electrónico. La pedí una entrevista y me dijo que sí de manera inmediata. Por eso llegué confiado a su oficina, muy cerca de la calle de Alcalá y del Parque del Buen Retiro. Me recibió de inmediato. Le regalé un ejemplar de mi libro El regreso del PRI (y de Carlos Salinas de Gortari) y él me obsequió dos: la reedición de Cien días que cambiaron a España, editado por primera vez en 1975 y la segunda edición de 23-F. La historia no contada. Caso tejero 25 años después. El primero cuenta los días de la agonía y muerte de Franco. Y el segundo reproduce su libro La noche de Tejero, aunque con información adicional espectacular que prueba dos cosas: el golpe de Tejero sí fue organizado por los militares y la CIA y los Estados Unidos también metieron las manos. Pepe Oneto me dice que del libro de Tejero se prepara una película.

La entrevista giró en torno a la transición. Primero, el papel de la prensa, cómo los medios se convirtieron --ahí sí-- en parlamentos de papel, ante la ausencia de un parlamento político libre. Los medios pusieron la agenda, ante una dictadura que comenzó a desmoronarse. Franco no podía reprimir a los medios con facilidad. Eran muchos. El asesinato de Carrero Blanco le había quitado los hilos del poder. Franco en 1973 comenzaba a estar viejo, ya no tenía la energía para la mano dura, Y su principal objetivo era la lucha armada y el terrorismo. Los medios comenzaron a colarse como reflejo de la nueva composición de la sociedad. Hubo ocasiones en que el gobierno secuestraba ediciones completas, pero no siempre podía. En 1975 perdió el control de la información. Y en ese año había ministros --el presidente Carlos Arias Navarro, el canciller José María Areilza y hasta el ministro de Gobernación Manuel Fraga-- que buscaban espacios de distensión del régimen vía ligeras aperturas de la democracia. Ahí se colaron medios como Cambio 16, la revista Triunfo que representaba a la izquierda socialista y Cuadernos para el Diálogo.

Los medios fueron escépticos. Vieron a Juan Carlos ser designado el sucesor de Franco a título de Rey y se pasmaron con el ascenso de Adolfo Suárez saliendo del seno mismo del franquismo. Pero pronto, me dijo Oneto, vieron las posibilidades del cambio. Y entonces los medios se convirtieron en aliados de Suárez en la transición. Ahí se consolidó la democracia. Oneto me contó el papel de los medios, por ejemplo, en la legalización del Partido Comunista. Fue Cambio 16 quien publicó un editorial de Juan Tomás de Salas, presidente de la revista, señalando que no habría democracia sin un PCE legalizado, y más cuando el PC que había estado con la república en la guerra civil 1936-1939 había ya aceptado la monarquía parlamentaria y la bandera de la monarquía. Pero era la forma de la prensa para convertirse en un factor de la transición.

En torno al 23-F, Oneto me contó que ese día estaba hablando por teléfono con Sabino Fernández Campo,  jefe de la casa militar del Rey, cuando a través del teléfono escuchó los primeros gritos que le informaban a la casa de Rey de los incidentes en el Palacio del Congreso. Los periodistas vieron en el intento de golpe la posibilidad del regreso del fantasma de Franco. La confusión del golpe y el bajo nivel jerárquico de Tejero --teniente coronel, ciertamente, pero en la Guardia Civil-- ocultaron las dimensiones del conflicto. Al reeditar su libro La noche de Tejero, Oneto volvió a sus fuentes y consiguió datos impresionantes: sí fue un intento de golpe militar, encabezado por el general Alfonso Armada y el teniente general Jaime Milans de Bosh, estos dos vinculados al Rey. Armada había sido jefe de la casa militar del Rey.

Lo extraño del golpe, según los datos de Oneto, radica en el hecho de que se trataba de un golpe para desplazar a Adolfo Suárez. Pero de hecho Suárez estaba liquidado. En marzo de 1980 el PSOE de Felipe González había establecido una moción de censura que hubiera quitado a Suárez de la presidencia, pero había fracasado. Todo el segundo semestre de 1980 creció el rumor de golpe de Estado, la versión de que los militares preparaban un gobierno de “salvación nacional” encabezado por un militar y que esos datos había llegado a oídos del Rey Juan Carlos. Es decir, Suárez estaba liquidado y era cuestión de tiempo su renuncia. La preocupación de los militares era que siguiera el desorden en el partido de Suárez, UCD. En diciembre, por decisión propia, Suárez fue a ver al Rey --quien por cierto se había alejado de él y casi no se hablaban-- para anunciarle su renuncia. Dicen que el Rey no hizo ningún comentario más que aceptando la información. Los dos grandes amigos que habían hecho la transición democrática de España habían terminado su relación. Suárez preparó su sucesión y optó por Leopoldo Calvo Sotelo. Y el día de la votación de confirmación del cambio estalló el golpe de Tejero.

 

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