Viernes 26 de junio 2009

 

+ JEP: intelectuales y poder

+ Cambiar algo; resto, igual

A

Cuando la pasión lopezobradorista se hizo del control de los intelectuales echeverristas para someterlos a la voluntad del Caudillo, una voz dijo que no. Como siempre, el poeta y ensayista José Emilio Pacheco se deslindó de esas pasiones sin  abdicar de su pensamiento progresista y crítico. Sólo que se negó a subordinar su reflexión al corto plazo al poder político.

Ahora que la nación celebra sus 70 años de edad con un gran homenaje el próximo domingo en el Palacio de Bellas Artes, Pacheco se presenta en la doble dimensión que había definido Borges: como intelectual y como hombre de letras. Hasta ahora, Pacheco estaría en el escenario del crítico del poder y como autor de unas de las poesías más lúcidas y transparentes.

Pacheco ha sido un hombre de coherencia. En 1972, por ejemplo, se negó a subirse al carro de los apoyos de intelectuales --Carlos Fuentes y Fernando Benítez por delante-- al entonces presidente Luis Echeverría y su promesa de “apertura democrática”. Para Pacheco, en un texto escrito en la revista Plural No. 13, de octubre de 1972, los intelectuales se habían metido en el atolladero de considerar su influencia como escritores en la política.

La polémica de 1972 sigue latente. Antes fue con Echeverría y hoy con López Obrador. Los intelectuales creen en los políticos y subordinan su creación a los intereses de la coyuntura. Carlos Fuentes se convirtió en el amanuense de Echeverría y recibió la embajada de México en París. Luego vino otra generación de intelectuales copados por el poder, los (A)Nexos de Héctor Aguilar Camín y su papel de intelectuales orgánicos de Carlos Salinas y el salinismo. Y más tarde se conformó la lista de intelectuales sometidos a las pasiones del Caudillo tabasqueño: Carlos Monsiváis, Sergio Pitol y José María Pérez Gay. Octavio Paz llamó “una pasión desdichada” a esa obsesión de los intelectuales por estar cerca del poder y detrás del Trono.

De los poquísimos que mantuvo la coherencia de la distancia crítica del poder fue justamente José Emilio Pacheco. En 1972, en un  debate recogido por la revista Plural, lamentó que algunos escritores se hubiesen articulado al poder institucional. Y para no dejar sombra de duda, Pacheco señaló que la “apertura democrática” de Echeverría era “visible en algunas publicaciones pero no en el campo, las fábricas y los sindicatos” y que “es la última opción de una clase dominante que no quiere verse sustituida por los generales”.

Para Pacheco, el papel de los intelectuales era la autonomía del poder. Las tentaciones políticas han convertido a los intelectuales dominados por una idea progresista en instrumentos de los políticos y del poder. Para Pacheco, el espacio de acción del intelectual es la libertad absoluta:

“Dependientes por tradición e inevitabilidad, prisioneros del sistema, podemos oponer sin embargo la relativa autonomía y la relativa libertad de la escritura. Somos libres para decir lo que pensamos y para inventar lo que deseamos gracias a que no pueden medirse las difusas consecuencias de lo que escribimos. A pesar de las terribles limitaciones, nuestro oficio tiene una dignidad y una importancia social porque se maneja con las palabras y sólo mediante el empleo exacto de las palabras podemos aspirar a entendernos y a entender el mundo. Y entender que el mundo engendra inmediatamente la voluntad de transformarlo”.

En 1972, los intelectuales fueron llevados a la subordinación política y de poder. Y hubo un contrapunto significativo: mientras Carlos Fuentes señaló que la agresión de halcones contra estudiantes el 10 de junio de 1971 en la Ribera de San Cosme había sido una agresión de la derecha contra Luis Echeverría y guardaba silencio del 2 de octubre en Tlatelolco, Pacheco hacía uso de su libertad y su independencia para marcar la diferencia en momentos en que el presidente de la república era intocable:

“Hasta ahora (1972), el Presidente ejerce la autocrítica con palabras antes que con actos. Y no habrá investigación sobre el 10 de junio de 1971 porque ésta tendría que empezar con otra acerca del 2 de octubre de 1968, cuando nuestro actual Jefe de Estado era Secretario de Gobernación y por tanto responsable supremo de cuerpos policiacos que ejercen funciones represivas. Él personalmente puede tener las mejores intenciones y el mayor espíritu de trabajo, pero todo ello se encamina a que algo cambie para que el resto pueda seguir igual. O sea, la preservación de un sistema cada vez más dependiente e injusto que ya no tiene respuestas para los grandes problemas nacionales”.

A ese Pacheco, hoy igual que antes aunque más lúcido con la distancia del tiempo histórico, se va a homenajear por sus 70 años. Y nada mejor que un recordatorio de Octavio Paz sobre el papel de los intelectuales: “el escritor dibuja con sus palabras una falla, una fisura. Y descubre en el rostro del Presidente, el César, el Dirigente Amado y el Padre del Pueblo la misma falla, a misma fisura. La literatura desnuda a los jefes de su poder y así los humaniza. Los devuelve a su mortalidad, que es también la nuestra”.

(Cuento La memoria de JEP en www.grupotransicion.com.mx.)

 

www.indicadorpolitico.com.mx

carlosramirezh@hotmail.com

 

- - 0 - -

Imprimir


  Regresar