Viernes 10 de julio 2009

 

+ “No, pues no la merecían”

+ Tribulaciones de niña bien

 

Pues la verdad que Sofía estaba enca… britada. Se le escuchaba por el teléfono una respiración fuera de ritmo, el tono de voz muy alto, agudo. “¿Cómo que Guadalupe Loaeza perdió las elecciones en el distrito X-Miguel Hidalgo del DF? ¡¡¡¡Có-mo-es-po-si-ble!!! Su voz resonó en el teléfono: ¡¡¡pasas a creer!!! ¡¡¡No-pue-de-ser!!!”

La llamada me despertó de ese momento en que antecede al sueño. Por eso hasta brinqué. Hacía rato que acaba de llegar a casa luego de una tarde de compras en Polanco, a donde fui a la tienda ésa que vende productos color café, sí, ya sabes, la de la L y la V. Necesitaba una corbata y un portafolio para mi compu y una pijama para mi móvil --así le digo yo a mi celular--. Terminé cansado y apenas pude ver a Joaquín y a Javier en los noticieros.

En medio del sopor me sobresaltó la llamada de Sofía. Primero se exaltó con la derrota, pero luego pasó a su enojo contra la Loaeza. “A ver, a ver, tú que sabes, ¿qué demonios tenía que ver la Lupe con una campaña, si no es lo mismo que lo mesmo? Me perdonarás pero ahí está la diferencia entre el mundo y la política… Yo se lo dije pero no quería creer en nadie”.

Traté de preguntar pero Sofía no escuchaba a nadie más que a sí misma. “¿Por qué se queja la Lupe de la compra del voto si a mí me dijo que el gobierno del DF había hecho lo mismo para beneficiarla a ella? O sea, no tiene ni cara para quejarse. ¿No es así la política? A ver, dime tú, ¡diiiiime! ¿O explícame, explí-ca-me cómo se ganan votos en esta sociedad de fuchi si no es con ese dinero en despensas y todo eso, ¡to-do-e-so!”

Pues sí, alcance a decir. Pero Sofía ya se había encarrerado: “lo que pasa es que la Loaeza entendió mal las cosas. Ella quería entrarle a la política sin pasar por una campaña. Le dije cla-ra-men-te que iba a sufrir, que ella estaba preparada para hacer campaña en las tiendas de Polanco y en su blog y en los restaurantes pero no en las calles de colonias que sólo Dios sabe que existen. Y ahora se queja que perdió por diez puntos, ¡¡¡¡¡¡diez!!!!! ¡¡¡¡¡No, me quiero morir!!!! Y frente a la chusma, chusma-chusma-chusma”.

“¿Pasas a creer? Yo no entiendo nada de lo que pasa o ya pasó lo que estaba entendiendo, ¿ves? ¿Cómo convences a la chusma que debían votar por la Lupe, cómo… si no entienden por qué viven así? Tuvo razón la Lupe al escribir en su columna lo que le dijo un amigo: “ellos se lo pierden”. Claro, no la merecían, es fácil decirlo ahora, pero ellos a lo mejor no saben ni lo que pierden. Su mundo no va más allá de la despensa, la leche gratis y la camiseta regalada. Por eso suscribo lo que escribió la Lupe: que los resultados la “tienen tan encabronada”

“La verdad es que yo estoy furiosa, estoy fuera de control. Y más porque la Lupe sabía a lo que se enfrentaba. Déjame leerte algo de lo que escribió la Lupe en su columna del martes, tratando de explicar porque la gente votó por la candidata del PAN: “lo importante es la marca y no la persona”. ¡¡¡¿Veeees?!!! ¡¡¡La Lupe lo sabía!!! ¡¡¡La marca!!! ¡¡¡Como ella!!! ¡¡¡¿Por qué no usó su experiencia de la vida por las tiendas de Polanco para usarla en su campaña?!!! ¡¡¡Me quiero morir!!!”

“Pero luego me dio ternura. Ay, la Lupe siempre tan sensible. Ella habló con mucha gente: dueños de tiendas, restauranteros, habitantes de las Lomas, Polanco y Bosques, y en todos lados escuchó pestes, así como oyes: ¡¡¡pestes!!!, contra la tal Gabriela Cuevas, tan modosita detrás de su carita de ángel, y la Lupe se emocionaba gritándoles que le castigaran con el látigo de su desprecio, que ejercieran el voto de castigo en contra del PAN, y la Lupe se conmovía hasta las lágrimas porque le aplaudían, ay, no sabes, cuánta emoción… ¿Y qué pasó? A ver ¡¡¡tu-di-me-qué-pa-só!!! ¡¡¡Ayyyyyyyy!!!”

“Ni me respondas. Yo te voy a decir qué pasó. Nada. ¡Nada!, ¡¡¡na-da!!! Nada de nada. De pronto en las urnas de la tarde aparecieron, sí, ¡aparecieron!, millones de votos, qué digo, trillones de votos, todos por la tal Cuevas. Algo ocurrió ahí. Porque no me digas que la gente fue modosita a votar, que se metió a la mampara, puso el lápiz en los labios y se dijo a sí misma, pensativa: mmmmmmmmmmmm. ¿Por quién voy a ejercer mi voto conciente? No me digas nada. Yo no creo nada. Lo único que la Lupe creyó fue el reporte a las tres de la tarde diciéndole que iba dos puntos adelante, dos no es mal número. Pero luego, en la noche, le avisaron en voz baja que no, que siempre no, que dice su mamá que siempre no, y que había perdido por diez puntos, diez, me escuchas, diez, ¡diez!, ¡¡¡diez!!! ¿Oyes?: ¡dieeeeeeeeeeez! ¡¡¡Me quiero morir!!!

La llamada de Sofía me angustió. Pobre de la Lupe, lo que debe estar sufriendo, seguro al día siguiente se fue a París de compras para bajar el estrés de la campaña, porque no hay nada que arregle las cosas que algunas cremas para retrasar lo que ya saben del rostro, o alguna bolsa, o mejor: algunos preciosos zapatos di-vi-nos que ella sólo sabe seleccionar.

Sofía se cansó de hablar. Tomo aire y dijo que terminaría la llamada conmigo porque aún le faltaban otras qué hacer para comentar lo que le había ocurrido a la pobre de la Lupe. Le agradecí la plática pero desde el principio supe que Sofía sólo había marcado, que no escuchó nada de lo que le dije y que se estaba dedicando a hablar con la gente para hablar más bien con ella misma.

Pero la verdad que no me pude aguantar. Con una sonrisa, me dije a mí mismo: ¡esto lo tiene que saber Gabriela Cuevas, tiene que saber que me llamó Sofía, la conciencia de Loaeza! Así que marqué:

--¿Gaby? ¡¡¡¡Qué crees!!! Me llamó Sofía y me dijo que…

 

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