Domingo 5 de julio 2009

 

+ El día después de mañana

+ Julio 5: ¿ahora qué hacer?

 

1.- Como no hay plazo que no se cumpla, hoy será el día decisivo de nuestra próxima vida. Pero lamentablemente no porque pudiera comenzar una vida política diferente y mejor sino más bien porque las elecciones federales del 2009 marcarán el fin operativo del viejo sistema político priísta y de su subsistema electoral. El país podrá vivir mucho tiempo más con la misma estructura formal, pero a costa de profundizar el deterioro de las relaciones sociales.

Hay elementos suficientes para concluir que la inoperancia política y electoral ya era de sobra conocida., Peor aún, existía la certeza de que lo político y lo electoral habían llegado hace tiempo a su nivel de incompetencia. Pero aún con esos datos, los partidos políticos se permitieron la libertad de otra reforma electoral que no hizo más que magnificar las deficiencias. Hoy domingo los partidos políticos pagarán cara su imprudencia y ambición de poder.

Lo más importante de las elecciones de hoy estará lejos de los resultados. Más aún: el realmente será irrelevante, aún si la locura electoral de una ciudanía harta de la política decide encumbrar a Juanito como el líder lopezobradorista del Siglo XXI o si hoy domingo nadie, pero absolutamente nadie, se para en las urnas a votar. Lo fundamental será comprobar --como si fuera necesario-- que el sistema político y el régimen de gobierno llegaron a su fin histórico. Otro trienio con el mismo sistema u otro sexenio no harán sino reconfirmar que la crisis mexicana responde justamente al agotamiento de sus estructuras institucionales.

La otra certeza es la inconmensurable apatía y egoísmo de los partidos políticos. El país ha enfrentado más o menos cinco estaciones que debieron alertar de la urgencia de una transición a fondo: la represión en Tlatelolco 1968, el registro legal del Partido Comunista Mexicano en 1978, la fundación del IFE en 1990,  la victoria del PRD en el DF en 1997 y la alternancia partidista en la presidencia de la república en el 2000. Pero ninguna de ellas pudo derivar en el salto cualitativo hacia un nuevo sistema político democrático. Lo peor ha sido que la suma de pequeñas decisiones tampoco pudieron sentar las bases de un juego realmente democrático.

Hoy domingo habrá otra evidencia de que el viejo sistema político priísta ya no funciona, pero no se advierte en el escenario político la aceptación de este hecho y por tanto se carece de alguna iniciativa en ese sentido. Pero la evidencia estará a la vista: el sistema actual fue construido para gobernarse sobre dos engranes: un presidente de la república absolutista y un partido hegemónico bajo su control. Aún si el PRI gana las elecciones o regresa a la presidencia, el sistema priísta ha sido relevado por pequeñas pero poderosas áreas de poder que impiden la gobernación de la república.

Por tanto, la reflexión de este proceso electoral del 2009 debe ser una: la conclusión de que el sistema político priísta ya no funciona en una sociedad plural y la necesidad urgente de un nuevo sistema político más democrático. Si no existe este razonamiento y tampoco se da la puesta en marcha de un  nuevo sistema, entonces sólo se puede percibir que el país seguirá hundiéndose en las arenas movedizas --una trampa visual de un pantano disfrazado de pedazo de desierto-- de una crisis sin fin.

 

2.- Si se exigiera algún dato, algún detalle, que pudiera resumir la dimensión de la crisis de ineficacia del sistema político priísta, sin duda que será la imagen deteriorada de los partidos políticos. De todos. Aún de los de la izquierda que debieran ofrecer el contrapeso. En 1978, cuando recibió la solicitud de registro legal del Partido Comunista Mexicano, el entonces secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, dijo que “la derechización de un régimen es responsabilidad de la izquierda”. Es decir, que una nación pierde su balance cuando su izquierda pierde la brújula o se convierte --como el PRD-- en otro espacio de ambición presupuestal y de poder.

Los partidos políticos debieran ser el engrane principal de un sistema político. En México son un objetivo en sí mismos. La rebelión ciudadana en sus expresiones de no participación apática --abstención por desidia-- o de reclamo de castigo --el voto inutilizado en las urnas-- no es sino la expresión más clara que revela la disfuncionalidad de los partidos frente a las necesidades de la sociedad. De ahí que los partidos hayan perdido su papel de espacios de intermediación en la participación política de la sociedad. Los partidos se han convertidos en sociedades anónimas de oscuros e interesados consejos de administración.

La pasada reforma electoral, que quiso venderse como la definitiva y ni siquiera llegó a su puesta en marcha porque se deshizo antes del 5 de julio, no se realizó para transformar el mecanismo de elecciones como espacio de modernización política, sino para desviar el camino de la democratización hacia un modelo perverso de organización política: la partidocracia, una forma de gobierno no imaginada por los griegos fundadores de la ciencia política. La partidocracia es una especie de aristocracia en la clase dirigente, controlada por los partidos como único camino de acceso a la participación en las decisiones públicas.

Los partidos dejaron de ser instancias de participación política y se han convertido en una verdadera mafia. Lo mismo el PRI con su élite de decisiones que sigue ajustando cuentas con los que llama traidores, que el PAN con su posición espejo del PRI en cuanto a su sometimiento a la voluntad del presidente en turno, y que el PRD con el caudillismo autoritario de López Obrador que ignora la sensibilidad social y s9olamente refleja su origen priísta. Y qué decir de los partidos chicos o de nuevo registro, siempre al amparo de las migajas de los grandes.

Por tanto, la primera reforma política debe darse en los partidos. La única manera de romper con las estructuras de control elitista y de pequeños grupos es obligar, vía una reforma electoral, que las candidaturas salgan de elecciones primerias internas, vigiladas por la autoridad electoral. Sólo así los ciudadanos podrán tener acceso a un partido registrado pero a través de designaciones democráticas. Si no se comienza desde esta célula democrática, todo el sistema estará erigido sobre vicios que contaminarán la estructura en su totalidad.

 

3.- Pero no todo tiene que ver con partidos y gobernantes. El agotamiento de la viabilidad del sistema político priísta comenzó con el fin del consenso histórico de la revolución mexicana. El PRI no fue sólo una agencia de colocaciones, sino un espacio ideológico de legitimación histórica de un grupo en el poder. ¿Por qué en el pasado no hubo una rebelión contra el PRI como hoy existe contra el PAN? Porque en el pasado el PRI no era un partido en el poder sino que era el poder ejercido a través de un partido legitimado ideológicamente por el concepto de la revolución mexicana. Hoy el PAN es… el PAN en la presidencia.

Los acuerdos básicos en la sociedad, entre los sectores productivos y entre las clases estaban determinados por el consenso de la revolución mexicana. Bastaba invocarla para suponer la existencia de objetivos de beneficio general. Y así fue hasta que el PRI abandonó ese consenso y se convirtió en un partido para un pequeño grupo tecnocrático. En 1991 Salinas de Gortari enterró el consenso de la revolución mexicana y quiso imponer uno nuevo, el del liberalismo social. Por eso la debacle del PRI comenzó en 1991, entró en colapso en 1994, perdió el poder en 1997 y fue echado de la presidencia en el 2000. El PRI dejó de gobernar para todos y decidió administrar la política económica. El Estado pasó a segundo término y el mercado fue insuficiente para tomar decisiones a favor de las mayorías.

El PAN en la presidencia fue incapaz de reflexionar sobre el momento histórico. No pudo darle una lectura a la nueva correlación de fuerzas sociales. La transición perdió seis importantes años en las locuras del Rey Fox y su Consorte con suerte. En ese periodo surge el fundamentalismo cuasirreligioso de López Obrador, con una variante política de la teología del poder: el Salvador, el Redentor en la Tierra, el de las promesas de justicia. Se trató de una oferta política oculta en el manejo de los resortes teológicos de una sociedad politeísta. El PAN y López Obrador carecieron de ideas, pero el tabasqueño se presentó como el “rayo de esperanza” a una sociedad desesperanzada.

López Obrador ha sido la imagen de una frustración. Esperaba ser el Redentor de todos los mexicanos, pero la base social de su movimiento se ha ido achicando: de los presuntos dos millones de apoyadores a su lucha contra el desafuero a los pocos miles en Iztapalapa para convertir a Juanito en el San Pedro sobre el cual puso la primera piedra de su iglesia redentorista. Los partidos han sido reducidos a meros espacios de colocaciones, mientras el país regresa a su pasado prehispánico de Tlatoanis.

El dilema está, a la vista: o regresar a los partidos como instancias modernas, funcionales y controladas de la democracia at work o trabajando o la paradoja de una sociedad moderna erigida en fundamentalistas de las pasiones del discurso político.

 

4.- El 5 de julio no será una prueba de nada. Si acaso, sólo una evidencia más de que las cosas no están funcionando: el régimen de gobierno, el sistema político, el modelo de desarrollo y, agregado por necesidad, el consenso social. Pero como se ven las cosas, partidos y liderazgos ya han descontado esta parte de la crisis y han convertido el 5 de julio en una escala inevitable para surtir combustible rumbo al vuelo trasatlántico de las elecciones presidenciales del 2012.

La crisis nacional, sin embargo, es producto de las crisis intermedias. En lo económico no hay un acuerdo para definir medios, instrumentos y objetivos. En lo social se trata sólo de usar el presupuesto para ganar adeptos con dinero regalado en programas que no generan actividad económica sino dependencia electoral. En lo político, las dos cámaras convertidas ya ni siquiera en ring político, sino en mediocres espacios de reparto del pastel entre los partidos y grupos dirigentes.

Lo peor de todo es que el movimiento por el voto blanco es más conservador que transicionista. Y como proviene de la clase media que añora el pasado priísta de estabilidad, tampoco se ha preocupado por debatir la necesidad de reformas de fondo. El voto inutilizado va a ser, por tanto, sólo un voto de repudio, como para echarle más salsa al desorden propio del desmoronamiento de un régimen. En lugar de seguir el camino de la transición española, México parece haber tomado el sendero de la frustrada y frustrante transición soviética.

Lo que debe venir es la asunción de la certeza de que el país requiere debatir lo de fondo: el régimen de gobierno, el sistema político, el modelo de desarrollo, la reforma del Estado priísta y el nuevo consenso social mayoritario. Cinco temas inexistentes en las agendas de los partidos. Los plurinominales son parte de la picaresca política, no el tema central. Un sistema político democrático no necesita pluris… y punto. En lugar de sentarse a ver pequeños temas, ya es hora que la clase política y los grupos sociales interesados asuman el mensaje de fondo de las crisis: México ya no funciona como está y necesita de reformas de fondo, no de revoluciones.

Las elecciones de hoy, por tanto, serán fundamentales o irrelevantes, dependiendo de lo que la clase dirigente y la sociedad decidan. Y no hay más que una encrucijada: seguir por el mismo camino del reparto del pastel o de una vez por todas tomar la decisión de debatir la transición a una nueva estructura democrática, legal y sobre todo legitimada por el consenso mayoritario.

 

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