Miércoles 8 de julio 2009

 

+ No fue Germán sino Carstens

+ PAN: nomás sudor y lágrimas

 

Aunque las masas en el circo romano electoral de México pedían echar a los leones a Germán Martínez Cázares, un análisis frío del proceso electoral aporta otro elemento de análisis: el responsable de la debacle panista no fue el presidente del PAN sino el secretario de Hacienda, Agustín Carstens.

El PAN fue a la guerra electoral sin fusiles. Los ataques contra el PRI y la ofensiva contra el crimen organizado fueron insuficientes porque los electores demandaban empleo y salarios, no narcos muertos ni recordatorios del vigente jurásico priísta. La elección del 5 de julio se dio después del vaticinio de analistas extranjeros de que la economía mexicana caerá -8% en su PIB y de las cifras crecientes de empleos perdidos.

Lo peor de todo es que el PAN fue a la guerra teniendo fusiles cargados… pero guardados en bodegas. El presidente Calderón autorizó en octubre del 2008 un paquete contracíclico que sumaba casi 600 mil millones de pesos, pero Hacienda se negó a ejercerlos. Peor aún, en plena campaña electoral en donde las cifras de la caída del PIB y el desempleo fueron tema de crítica al gobierno panista, Hacienda decidió un recorte presupuestal de 35 mil millones de pesos.

El gran responsable de la debacle del PAN fue el desempleo, producto de la decisión de política económica de apostarle a la estabilidad macroeconómica. El saldo está a la vista: la inflación está bajo control y el tipo de cambio regresó a niveles manejables, pero el desempleo y la pobreza subieron el PAN perdió las elecciones y el PRI --que siempre manipuló la política económica para beneficios electorales, aunque a costa de severísimas crisis que aún están pagando los mexicanos-- se convirtió en la fuerza política dominante. Lo que falta por aclarar es si el presidente Calderón está satisfecho con la estabilidad macroeconómica, aunque haya pagado el costo de la peor derrota electoral del PAN.

La decisión presidencial era complicada: estabilidad macroeconómica o votos. Por razones inexplicables, nunca se exploró un camino intermedio: aumento del gasto para generar empleo y cuando menos acolchonar la caída, aunque a costa de un déficit presupuestal un poco arriba de 2% --Obama llevó el de EU a 12%-- y una inflación de alrededor de 10%. Pero al final ganó la ortodoxia económica, pero con el alto costo de la debacle electoral panista que le quitó al presidente de la república el control del gobierno.

La clave de la derrota, por tanto, debiera buscarse en la decisión presidencial de apoyar a Hacienda y no al PAN. El voto contra el PAN fue el voto de la crisis, de la pérdida de bienestar y del desempleo. El PAN no supo releer la historia reciente del país: el PRI comenzó su debacle con la crisis económica de desempleo. Curiosamente, no con la hiperinflación de 1985, que llegó a 150% anual. La sociedad --que políticamente se transforma en electora-- acepta la inflación y algo de devaluación, pero no el desempleo y la pérdida de salarios. De la Madrid y Salinas llevaron el tipo de cambio de 150 pesos a 3 mil pesos y ganaron elecciones.

La crisis económica coyuntural estalló en el escenario político-electoral del 2009. Y la falta de audacia política llevó a errores de estrategia. En España, por ejemplo, en las pasadas parlamentarias europeas, el presidente Zapatero cargó con un desempleo de casi cinco millones de parados, pero le apostó a un programa contracíclico que generó actividad económica de emergencia. Y una vez que pasó la elección, se despachó aumento de impuestos y de precios de bienes y servicios que profundizaron el desempleo y la crisis… pero después de las urnas.

La ortodoxia económica era lógica por una razón. Agustín Carstens arribó a la Secretaría de Hacienda procedente del nivel número dos del Fondo Monetario Internacional: era subgerente general. Por tanto, en una crisis, era imposible para un economista cincelado en la doctrina ortodoxa del FMI aplicar recetas de la heterodoxia populista keynesiana: aumentar el gasto, estimular coyunturalmente la economía y crear empleos que se convertirían automáticamente en presión inflacionaria.

Carstens, en realidad, no tuvo la culpa. Decidió en función de su formación profesional como economista. Pero en épocas políticas, electorales y de crisis social, lo peor que le puede pasar a un gobierno es gobernar con la ortodoxia del pensamiento económico conservador. Si en una guerra la decisión más mala es dejarla en manos de los generales, en una crisis económica envuelta en un ambiente electoral la peor decisión política es dejar que los economistas dominen las políticas del gobierno.

De ahí que el gran desafío del presidente Calderón sea seguir --como Zedillo-- por la ortodoxia macroeconómica aunque tenga que regresarle la presidencia a los priístas en el 2012 o si da un golpe de timón hacia una heterodoxia macroeconómica de emergencia, aprovechando por cierto la mayoría priísta en la Cámara, para recuperar algo del terreno perdido.

La lección del 2009 está muy clara: la sociedad vota por su bienestar, no por los recordatorios de pasados priístas. Si el programa contracíclico se hubiera aplicado, la crisis hubiera atemperado el voto de castigo al PAN. Y es una lección que queda para el corto plazo: ¿va a seguir el camino de la ortodoxia que vota en contra para entregarle al PRI el poder en el 2012?

 

www.indicadorpolitico.com.mx

carlosramirezh@hotmail.com

 

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