Miércoles 6 de mayo 2009


 

+ Ebrard, como gobierno chino

+ Y de incógnito en Los Pinos

 

En base a información parcial e insuficiente, el jefe de gobierno del DF aplicó a la ciudad de México el mismo método radical de cuarentena que el gobierno de China a compatriotas mexicanos: la suspensión de actividades en restaurantes y bares, sin entender la lógica laboral y menos la económica.

La decisión no sólo fue autoritaria sino desigual: los funcionarios públicos que no trabajaron en los mismos días de la influenza recibieron íntegramente sus salarios y prestaciones. Los propietarios de los restaurantes perdieron ingresos a cambio de nada. Y los trabajadores privados alcanzaron la fabulosa cantidad de 50 pesos por día.

Como el gobierno chino a mexicanos, Ebrard dio un trato discriminatorio a inversionistas y trabajadores, aplicó decisiones que significaron pérdidas económicas, usó el poder de la autoridad para imponer decisiones que tuvieron motivaciones políticas y no médicas. Ebrard tuvo la dureza para imponer por la fuerza del poder la suspensión de actividades productivas en restaurantes pero fue incapaz de impedir las marchas perredistas el primero de mayo sin obligarlos a cumplir con la exigencia de los cubrebocas.

El gobierno chino tomó la decisión de excluir a mexicanos que visitaban el país, los recluyó de manera autoritaria y sin reportes médicos en zonas aisladas y dio trato discriminatorio. Hasta donde se tuvieron datos, el gobierno de China no encontró a ningún afectado, pero aún así aplicó la fuerza de un régimen autoritario, militar y dictatorial. El gobierno mexicano tuvo que enviar un avión especial a recogerlos para evitar más humillaciones. Los restauranteros capitalinos deben sentirse como los mexicanos en China: víctimas de decisiones de poder desproporcionadas.

La decisión de Ebrard de clausurar actividades en restaurantes y bares contribuyó a multiplicar el pánico social internacional porque dejó la impresión de que el DF era un centro infectado. La decisión oficial capitalina de imponerle reglas estrictas al funcionamiento de restaurantes a partir de mañana jueves también es restrictiva y sobre todo autoritaria, además de mantener el pánico social sobre la proliferación de la influenza humana y la incapacidad oficial para vencerla. Además, deja los indicios de que la vida normal en la ciudad de México no regresará nunca.

En ninguna otra parte de México o del mundo se aplicaron medidas tan radicales como la de cerrar restaurantes. Con ello el gobierno del DF dejó dos señales: la incomprensión de la epidemia de influenza y la seguridad de que el DF es una de las ciudades más infectadas del mundo. Asimismo, el GDF fijó la impresión de que está ocultando información sobre la verdadera dimensión de la pandemia vis a vis la magnitud de cerrar miles de lugares públicos y luego la determinación de obligar a los negocios a operar al 50% de su capacidad, lo que provocará despidos.

Los estilos de Ebrard han comenzado a generar reacciones. No sólo las protestas de los afectados por las decisiones autoritarias al estilo chino, sino su decisión de separar al Distrito Federal de las políticas nacionales. Inclusive, ante la oportunidad de demostrar su condición de estadista, Ebrard acudió a Los Pinos de incógnito porque nunca se quitó el cubrebocas seguramente con la secreta esperanza de que nadie lo reconociera o que López Obrador no se percatara que su heredero había acudido a la sede del poder ejecutivo federal constitucional. Aún en situaciones de emergencia Ebrard no pudo ocultar la mezquindad de los políticos resentidos.

Lo grave para la biografía política de Ebrard son las racionalidades del pasado. En 1988, Ebrard no sólo fue operador político priísta de la campaña de Carlos Salinas de Gortari sino el principal negociador de Manuel Camacho y Salinas para convencer al PAN de dar su voto de legitimación a Salinas. Poco más de veinte años después, Ebrard se niega a reconocer al presidente de la república que ganó las elecciones en las mismas casillas que Ebrard. Es decir, Ebrard usó la política para legitimar a un presidente que no había ganado las elecciones y se niega a reconocer a uno que las ganó.

La mezquindad política y social de Ebrard disminuyó el valor político de su presencia en Los Pinos. O ya reconoció a regañadientes la legitimidad de la investidura de Felipe Calderón o acudió a la sede del gobierno sin reconocer la constitucionalidad del poder ejecutivo y con ello redujo valor legítimo a las decisiones ahí asumidas que involucran al Distrito Federal. La decisión de Ebrard de no reconocer abiertamente y con seriedad la institucionalidad de la república lo convierte en un renegado de la democracia y lo perfila no como estadista sino como un resentido lopezobradorista que quiere llegar a la presidencia de la república para gobernar al país como manda --que no gobierna- el DF.

El cubrebocas de Ebrard en la reunión de Los Pinos fue un símbolo patético de quien ejerce la política y el poder en función de caprichos lopezobradoristas. Ahora se sabe que el miedo a una foto Ebrard-Calderón no es del presidente de la república que peca de tolerancia al aceptar con paciencia los infantiles jueguitos a las escondidas del jefe de gobierno del DF, sino que es Ebrard quien tiene temor a reconocer la legitimidad del gobierno de la república. Y desde luego, confirma las peores previsiones de que Ebrard sólo reconoce a López Obrador y con ello convierte a los capitalinos en rehenes de los caprichos del tabasqueño que se niega a reconocer la más simple de las reglas de la democracia: la derrota.

 

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carlosramirezh@hotmail.com

 

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