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Domingo 15 de noviembre de 2009

+ Una historia de Julio Scherer

+ El lado oscuro del periodismo

 

El periodismo también tiene su lado oscuro, como la luna. El columnista poblano Mario Alberto Mejía rescató una historia de Julio Scherer García, director de Proceso, publicada en un libro que pronto tendrá una nueva edición. La historia dibuja a personajes de carne y hueso.

Por su interés, publicamos el texto completo de Mejía.

Hace algunos años, el periodista Emilio Trinidad Zaldívar, hoy convertido en el director de Comunicación Social del ayuntamiento de Puebla, publicó junto con Arturo Ríos Ruiz, otro profesional de la escritura, un libro polémico: La década más larga. El libro fue publicado por la editorial Tamara, de Elda Peralta, quien fue esposa del escritor Luis Spota.

He aquí un fragmento revelador sobre Julio Scherer García, el santón del periodismo mexicano.

La ingratitud de Julio Scherer.

Julio Scherer el periodista indomable, reconocido por muchos, admirado y odiado por otros, un hombre polémico, irrespetuoso que se maneja como dueño absoluto de la verdad También ha afrontado problemas serios y ha necesitado de los hombres, por consiguiente, ha tenido necesidad de solicitar favores.

Julio Scherer García estaba sumamente preocupado por su hijo Julio de apenas 17 años, el joven estaba perdidamente enamorado de una jovencita dos años mayor que él, guapísima, toda una beldad.

El periodista sabía que Miguel Lerma Candelaria le consiguió trabajo a su hijo y a la novia en el Banco Nacional de Crédito Rural. Así que telefónicamente le pidió al funcionario se vieran en l café del hotel Presidente Chapultepec.

Se encontraron en una tarde tranquila, como a veces suele haber en esta gran ciudad, que presa del incontenible crecimiento, por lo general es caótica y terrible.

El periodista estaba muy serio, no podía esconder en su rostro un gran dilema que lo aquejaba por más que abordara temas referentes a la política nacional, como la actuación del licenciado José López Portillo en la Presidencia y las posibilidades que tenía Miguel de la Madrid Hurtado para sucederlo. Sin embargo lo traicionaba el trastorno mental que lo aquejaba.
Por fin se decidió:

"Don Miguel, ¿Es usted mi amigo?"

"Sí señor, soy su amigo".

-"¿Conoce a fulanita de tal?"

-"No, señor".

-"No se haga pendejo don Miguel, usted le consiguió trabajo en el Banco".

"Perdóneme don Julio, pero le he conseguido trabajo a centenas de personas en la institución, además cuenta con una plantilla de más de 30 mil empleados, no puedo conocerlos a todos".

"Le repito, no se haga pendejo, usted va a ser testigo de la boda de esa mujer con mi hijo..."

"¡A caray!" le doy mi palabra que no sé nada".

"Mire don Miguel, se van a casar dentro de un mes y medio. Ella es una diabla, drogadicta pero además, se mete con cualquiera y va a destrozar a vida de mi hijo y antes que yo permita eso, personalmente la mato; ¡Ayúdeme!"

Lerma Candelaria guardó silencio. Sólo veía a don Julio Scherer, el temido director de la Revista Proceso, cuyo semblante era el de la derrota pura, contrastaba con la imagen recia y demoledora que refleja en las páginas del medio informativo que manejaba con su característico profesionalismo.
Era el hombre que revelaba su debilidad, su congoja ante el terrible problema que le representaba la posibilidad de una boda no deseada, con fundamentos por la inmadurez del muchacho y la sobrada experiencia de la candidata.

Asomaba un rasgo de profunda debilidad en Julio Scherer, el que siempre se mostraba altivo ante los poderosos del sistema, sólo él los humillaba y se daba el lujo de escoger con quién entrevistarse.

Esta vez pedía auxilio, un favor que su inmenso poder periodístico no le podía solucionar, además, le tenía confianza a Miguel Lerma Candelaria, no se olvidaba que cuando inició su publicación (Proceso), luego de su forzosa retirada de Excélsior, el funcionario le compraba 250 ejemplares semanales, mismos que distribuía entre sus amigos.

Pero en este momento, Proceso ya era el medio obligado de cada semana, sus quemantes artículos siempre disidentes, críticos y demoledores, llenaban el desahogo de la población y cumplía bien su misión de "válvula de escape" en beneficio del propio sistema político nacional.

Pero también su indescifrable director estaba derrotado, podría decirse que hasta desquiciado, tanto que en su mente ya bullía la intención de asesinar, acabaría con su tesoro celosamente guardado por toda su vida, que es el de reafirmar en cada oportunidad que es el mejor periodista de México y eso lo ha mantenido en medio de opiniones encontradas.

Lerma Candelaria le dijo:

"Mire don Julio, déjeme ver qué se puede hacer..."

-Pero la boda es dentro de mes y medio...

"Por favor, espéreme".

Se despidieron como los buenos amigos que eran, no sin antes insistir el periodista en su petición y reiterarle su congoja por el posible desenlace entre su hijo y la muchacha descarriada, que por lo general en las familias es motivo de jolgorio.

Al llegar a su oficina, Lerma Candelaria pidió a la oficina de personal el expediente de la damita y una vez con el documento llamó a su viejo amigo el capitán Chávez, quien tenía fama de ser un excelente sabueso, profesional y discreto.

Le pidió investigar a la jovencita, de dónde era, dónde había estudiado, qué clase de vida llevaba, sobre su familia y cuál era su situación emocional, no sin antes recordarle la importancia que tenía la discreción en la indagación y sobre todo, la confidencialidad.

Ocho días después el detective tenía el informe, le entregó al funcionario un sobre cerrado con videos, fotografías y grabaciones telefónicas.
El espectáculo fue impresionante, se confirmaba la opinión que de ella tenía Julio Scherer, las escenas mostradas eran terribles, competían con las cintas danesas y además, se confirmaba la adicción de la damita a los estupefacientes.

El funcionario le dio instrucciones al detective que le hiciera llegar la información al hijo del afamado periodista, que indagara su dirección y que de parte de nadie entregara el sobre cerrado y dirigido al muchacho.

Dos días después se presentó ante Lerma Candelaria Julio Scherer hijo, le dio las gracias por todas las atenciones recibidas, por todo su apoyo en todos los favores que le había pedido y le solicitó uno más, el que despidiera a la muchacha.

"Yo te pedí que la ayudaras, ahora te suplico que la corras".

Tres días después, Julio Scherer padre se comunicó vía telefónica con Miguel Lerma Candelaria, Estaba eufórico, lo invitó al mismo lugar del hotel Presidente Chapultepec, deseaba tomar un café con él pues quería compartir su alegría sobre el final del romance frustrado.

Al presentarse el funcionario al lugar de la cita, ya estaba Julio Scherer en la mesa de costumbre, se paró contento, extendía la mano y lo abrazaba, esa vez era el altivo, el dominador y su semblante irradiaba gran satisfacción.
Era otro, sin el semblante del fracaso, del dolor y del desplome. Ahora el triunfo estaba indudablemente de su lado.

"Don Miguel, ¿cómo le hizo? mi hijo ya nos comunicó a la familia que no se casará".

"Yo no hice nada, don Julio..."

-"¡Claro que sí lo hizo, dígamelo!"

El funcionario insistía en no saber nada de lo que aquél le interesaba y así transcurrió parte de la tarde.

Scherer ya había recobrado su carácter dominante, expresaba opiniones tronantes contra tal o cual funcionario, le anunciaba lo que publicaría en la semana siguiente en su poderosa revista y nuevamente era dominador e imperativo.

Pero no perdía oportunidad, en cada ocasión arremetía.

"Bien don Miguel, ¿entonces no va a decirme qué hizo?"

-"¿Por qué no lo olvida don Julio?, lo importante es que ya no habrá boda y eso es lo que a usted más le interesa ¿no?"

"Pero quiero saber don Miguel..."

"Está bien don Julio, un detective se encargó de todo, yo sólo le indiqué que el resultado se lo entregara a su hijo de parte de nadie y le aseguro que ignoro cuál fue la respuesta, pero me imagino que nada saludable para la muchacha".

-"Eso debió ser".

"Bueno don Miguel, quiero que sepa que desde este momento usted es mi amigo..."

-"¡Ah caray!" entonces le voy a tener más miedo".

"¿Por qué?"

-"Porque dicen que usted prefiere perder un amigo antes que una portada..."

"No se crea, también sé ser hombre, es más. Además que mi amigo, usted es de la familia a partir de este momento, le doy mi palabra".

"Lo que ha hecho usted, continuaba el periodista, es salvar a mi familia, le juro que estaba decidido a matar a esa muchacha. Ya no me importaba mi carrera ni nada, esa boda de todos modos no se iba a celebrar y gracias a usted no me convertí en un asesino".

"Don Miguel, yo ya había investigado por mi cuenta a esa mujer pero si le hubiera dicho a mi hijo qué clase de persona es no me hubiera creído, pensaría que era invento mío, ahora él se convenció y eso se lo debo a usted para toda la vida".

El tiempo siguió su desliz interminable, la situación para Lerma Candelaria cambió terriblemente y sobrevino su desgracia, Oscar Flores Sánchez, procurador general de la República ya había urdido bien su plan desde seis meses antes que José López Portillo entregara el poder a Miguel de la Madrid.

El abogado de la nación calculó muy bien sus pasos y preparó las causales para el entonces diputado Lerma Candelaria, para el sexenio de Miguel De la Madrid, como si hubiera acuerdo, pues todos sabían perfectamente que el joven legislador gozaba de la simpatía de don José López Portillo y durante su administración de nada podrían acusarlo.

Vino el escándalo, agentes judiciales allanaron la sede de la Cámara de Diputados, buscaban a Lerma Candelaria para detenerlo, se metieron a sus oficinas y hubo maltratos a sus empleados, abrieron escritorios y se llevaron documentación y entonces sobrevino el reclamo de Luis M. Farías, entonces líder de los legisladores del país.

Hizo notar la grave falta cometida por la PGR, los diputados ocuparon la tribuna e hicieron pública su querella, pues se trataba de un choque de poderes y los ofendidos eran los representantes populares.

Luis M. Farías en calidad de líder de la Cámara de Diputados, lanzó su queja a la opinión pública y el procurador general de la República, ofrecía satisfacciones con disculpas a los legisladores y afirmaba que se trataba de una falta involuntaria de los agentes judiciales federales que habían sido enviados para aprehender a Lerma Candelaria.

Explicaba el funcionario que el parte rendido indicaba que el ayudante del diputado Lerma candelaria entregó los documentos requeridos y que se había ofrecido a declarar en cuánto fuera llamado y con ello, se limaban las asperezas por la actuación del Poder Judicial.
Miguel Lerma Candelaria ya era un fugitivo desde ese momento para las autoridades. La prensa nacional estaba volcada en su contra, salvo honrosas excepciones, casi nadie lo desagraviaba.

El aún diputado se encontraba en Estados Unidos cuando se enteró que Proceso publicó en la portada su fotografía y un título terrible que lo culpaba de lo que se le acusaba.

Indignado tomó el teléfono y le marcó a Julio Scherer.

El contestó:

"Don Julio, habla Miguel Lerma".

"Qué pasó don Miguel, ¿habla para reclamarme la noticia de Proceso”?

"No, de ninguna manera, sólo para comentarle que tenía razón, se ensaña con los amigos y eso que le nació incluirme entre los miembros de su familia..."

"Es verdad, pero nunca le dije que yo sería su tapadera".

"¡No señor, jamás le pediría eso, sólo me interesa aclararle que lo único certero que dice la nota de su revista es mi currículum, lo demás es lo que le dictó Oscar Flores Sánchez, porque ese cabrón no ha hecho otra cosa que difamarme y para acabar esta conversación quiero decirle que es usted un hijo de puta y chingue a su madre!"...

Y colgó la bocina.

Diez años después de regreso a México, uno de los reporteros de la Revista Proceso fue a ver a Miguel Lerma Candelaria, de parte de Julio Scherer que le pedía una entrevista.

Miguel se puso serio y le contestó:

"¿Qué, acaso Julio Scherer no tiene huevos?" dígale que me la pida él.

- Perdóneme, pero yo no soy su mandadero", contestó el reportero.

"Pero de él sí, y dígale que quiero que me llame, no para darle la entrevista sino para mandarlo a chingar a su madre y además recordarle del café del hotel Presidente Chapultepec".

En efecto, Julio Scherer confirmó que prefería perder a un amigo que una portada, quedaba claro su condición de periodista sin par y que tenía un lugar bien ganado en el ambiente informativo de la nación.

 

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