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Viernes 20 de noviembre de 2009

+ Inundaciones: falló Conagua

+ Tabasco: una tragedia nacional

 

VILLAHERMOSA, Tab.- Las inundaciones en vastas zonas del estado se han convertido en una competencia de incompetencias. Mientras el número de damnificados aumenta cada año, las autoridades federales han abierto un debate sobre la veracidad de las cifras de tabasqueños dañados. Pero el fondo del conflicto radica en la lentitud del gobierno de la república para atender las inundaciones en tiempos de lluvia.

El edén tabasqueño se ha convertido en una zona en un verdadero infierno de justificaciones. El gobernador Andrés Granier ha sido insistente en señalar la proclividad de las inundaciones en un estado al que las lluvias también provocan zonas de alto cultivo, pero sin que la Comisión Nacional del Agua haya completado programas de apoyo.

El año pasado, por ejemplo, con suficiente anticipación, el secretario de Asentamientos y Obras Públicas, Héctor Manuel López Peralta, apresuró a Conagua a ofrecer reportes creíbles sobre el peligro de las inundaciones “para evitar tragedias como la de 2007” con las inundaciones graves del municipio de la capital. Con suficiente anticipación López Peralta advirtió que este año las lluvias iban a generar otras inundaciones. Pero a pesar de esos avisos, las autoridades federales fueron posponiendo las previsiones. Y la tragedia llegó.

Ahora el drama humano de los damnificados, sobre todo en la Chontalpa, se ha querido desviar hacia el número de damnificados y sobre todo el retraso de la ayuda federal. De ahí que el problema de las inundaciones y damnificados se haya convertido en un asunto político y de falta de entendimiento local-federal. Tabasco es el estado que más daños sufre por las inundaciones, sobre todo en la zona centro donde el nivel de la tierra está por abajo del nivel del mar. En el 2007 zonas importantes aledañas a la capital prácticamente desaparecieron y ahora mismo se advierten algunas partes donde el agua no bajo y se han creado lagunas y hasta pantanos lodosos.

El asunto es bastante grave. El gobernador Granier ha señalado que las inundaciones consecutivas en los últimos tres años ha destruido prácticamente el cien por ciento del territorio del estado. Lo que en el pasado fue la bendición del agua para convertir la tierra en la más fértil de la república --probablemente igual o mayor a Veracruz--, al final se ha transformado en una especie de maldición: las lluvias han aumentado su intensidad como parte del quebrantamiento del equilibrio ecológico.

Ello ha provocado también el fracaso de los programas de previsión, atención a damnificados, zonas de habitación temporal y sobre todo las políticas de protección civil. Los estados han logrado esquemas de previsión para enfrentar la temporada cada vez más intensa de huracanes, pero no ha podido crear políticas y estrategias para preparaciones previas a las inundaciones, sobre todo con evidencias de que las lluvias cada vez son mayores y altas también las posibilidades de inundaciones.

Los debates sobre el presupuesto, la crisis, la inseguridad, el desempleo y los desacuerdos entre partidos han soslayado el grado de emergencia que padecen entidades como Tabasco. La cifra de doscientos mil damnificados tiene como referente el hecho de que se trata nada menos que del 10% de la población total del estado. Y por tanto, la capacidad estatal para atender a los afectados ha sido rebasada por la magnitud de la tragedia. Lo grave de todo es que el gobierno federal parece encerrado en la capital de la república y no quiere ver que los problemas locales generan una sensación de repudio social.

La situación en la zona afectada es de desesperación. Una rápida visita a las cercanías de la zona afectada deja ver un ambiente de devastación, como de un campo de batalla. El agua prácticamente se ha comido zonas enteras de territorio y amenaza con quedarse de manera permanente, lo que obligaría a un reacomodo de poblaciones completas en zonas más seguras. Los reportes periodísticos enfatizan las desaveniencias entre funcionarios locales y federales pero no alcanzan a dibujar la realidad social: miles de familias perdieron todo. Localmente ha tenido más impacto la visita de la esposa del presidente Calderón a la zona afectada que las explicaciones y justificaciones de las autoridades locales y federales. Al final, los pequeños problemas de los afectados se han convertido en problemas de vida, de subsistencia. De ahí el aumento de la impotencia y la desesperación.

Como nunca antes había ocurrido en tragedias más o menos similares, el gobernador Granier ha llegado al punto dramático de exigir a las autoridades federales que cuenten “uno por uno” los damnificados. Parece no importar la tragedia de los afectados sino el escamoteo de los recursos. Pero lo grave fue que el secretario de Asentamientos y Obras Públicas, Héctor Manuel López Peralta, advirtió a tiempo --en el 2008 y el 2009-- del problema que se venía con las inundaciones y el gobierno federal no tuvo aceitada la maquinaria para atender esos avisos.

La microhistoria social nutre la realidad del país que parece ya acostumbrarse a las tragedias humanas. Parece que importan más las implicaciones políticas del centro de la república que ver en directo la tragedia de las inundaciones en Tabasco, sin duda las más dañinas que en cualquier otra parte de la república.

 

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