Jueves 15 de octubre de 2009

 

+ FCH-SME: manual de Manuel

+ El trasfondo real del esparzazo

 

Expertos en derrocamientos de líderes sindicales autónomos, Marcelo Ebrard y Manuel Camacho han salido en defensa del Sindicato Mexicano de Electricistas. Sin embargo, los dos saben de qué hablan cuando se refieren al autoritarismo de Calderón.

Ebrard y Camacho fueron los brazos políticos, intelectuales y  represores de Carlos Salinas en 1989 para tumbar a La Quina y a Carlos Jongitud y poner en su lugar a una dirigencia petrolera sometida al gobierno y a Elba Esther Gordillo. El operativo contra La Quina no sólo fue político sino penal: le sembraron armas, lo secuestraron y torturaron y usaron un cadáver de otro lugar para tirarlo afuera de la casa del dirigente petrolero y acusarlo de asesinato. Es decir, le fabricaron cargos.

Por ello es que lo ocurrido con el SME no es nuevo para Ebrard y Camacho. Por eso también, los dos carecen de autoridad moral para criticar la decisión del gobierno federal. A diferencia de los operativos de La Quina y Jongitud, el del SME fue limpio, sin agresiones ni delitos inventados, sin represiones. Camacho era en 1989 nada menos que el principal asesor político no sólo de Salinas sino del proyecto salinista. Y Ebrard funcionaba como el principal operador de Camacho. Los dos se subordinaron al responsable de los operativos contra el STPRM y el SNTE: Fernando Gutiérrez Barrios.

Si Ebrard dice que el operativo contra el SME no debió de haber sido como fue, entonces sin duda le hubiera gustado repetir el manotazo de Salinas en 1989. Y entonces Martín Esparza ya estuviera hundido en la cárcel como La Quina o amenazado de muerte como Jongitud. Y si Camacho afirma que “la lógica (del caso SME) es la misma que se le dio cuando el quinazo en 1989”, sin duda que sabe lo que dice: Camacho en 1989 era responsable de la definición de la línea sindical de Salinas, producto de sus investigaciones en El Colegio de México. Por cierto, en sus ensayos Camacho fue un severo crítico de Fidel Velázquez, pero como precandidato presidencial salinista tuvo que disculparse y postrarse ante el líder sindical y someterse a su voluntad.

La decisión de enfrentar la rebelión del SME contra el Estado, por tanto, no es nueva. Y más aún, parece sacada del manual de Manuel Camacho. En su libro El futuro inmediato, volumen 15 de la colección La clase obrera en la historia de México, dirigida por Pablo González Casanova, Camacho delineó en 1981 --ya asesor político de Carlos Salinas en la Secretaría de Programación y Presupuesto-- el papel del sindicalismo en la evolución política y las opciones del Estado para recuperar soberanía.

Camacho señaló tres vértices de la subsistencia del régimen político priísta: la alianza Estado-trabajadores en torno a las banderas de la revolución mexicana, el manejo de la ideología y la cultura pero ajustada a las ideas dominantes del PRI y la economía vía la política social del Estado. Y ante el dilema de excluir o absorber a las dirigencias sindicales independientes, Camacho propia una tercera vía como opciones del régimen: el arreglo político.

Las dirigencias sindicales, a su vez, enfrentaban tres opciones: escalada organizativa a partir de los sectores estratégicos productivos del país, trabajar a largo plazo sobre las bases pero con metas sindicalistas y trabajar con las bases pero para buscar una opción alternativa revolucionaria y socialista y casi como opción partidista.

La clave de la redocumentación de las relaciones Estado-trabajadores tenía que ver con las tres corrientes ideológicas: la izquierda, la derecha y el centro. Camacho llegó a la conclusión de que la izquierda y el centro eran los portadores de la hegemonía --concepto de Gramsci basado en el bloque histórico de las superestructuras y no sólo las clases-- pero con el dato de que la izquierda no podría llegar a ser gobierno y la derecha era un gobierno sin hegemonía. Por tanto, la salida debía ser la construcción de una hegemonía desde el centro.

Ante las opciones de legitimar a la derecha o de ir con la izquierda a la refundación del neopopulismo estilo Obregón y Calles, Camacho encontró el camino intermedio de un “movimiento reformador que impulse la modernización y logre reconstruir la hegemonía”. Ahí se localizaba la clave de los golpes espectaculares de Salinas: liquidar los extremismos dentro del Estado y, vía Pronasol, construir una nueva hegemonía política.

Por tanto, el manual de Manuel asumía la necesidad de decisiones de poder para romper --como escribiría en un ensayo anterior, en 1976-- los nudos históricos del sistema político y el edificio institucional trabado en su funcionamiento por la existencia de “feudos de poder”. Los golpes espectaculares iban más allá de la lógica del miedo y se instalaban más bien en la construcción de nuevos liderazgos, la recuperación de autonomía para el Estado y el fortalecimiento de la hegemonía salinista.

La caída de La Quina y Jongitud ayudaron a fortalecer a un Salinas que venía de una elección discutida, atado a los compromisos con los poderes fácticos y sin margen de maniobra. En aquellos años, Ebrard y Camacho trabajaron para esa opción de Salinas y no sólo avalaron sino que operaron los manotazos de fuerza contra líderes sindicales. Por tanto, hoy carecen de autoridad moral para criticar lo que antes hicieron para Salinas. O a lo mejor definen su propia moral del oportunismo y el cinismo del poder.

 

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carlosramirezh@hotmail.com

 

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