Domingo 6 de septiembre de 2009

+ Pacto de la Moncloa en México

+ Reventó el viejo modelo priísta

 

Si se analiza el fondo de la crisis, lo que tronó fue el modelo de desarrollo, el consenso nacional en torno al proyecto político y el pacto constitucional. Es decir, llegó a su fin el ciclo priísta. Y aún cuando el PRI pueda regresar al poder presidencial, las cosas ya no podrán ser iguales.

México se encuentra en el umbral de vincular transición democrática con nuevo modelo de desarrollo. Lo logró España en 1977 con los Pactos de la Moncloa, un acuerdo fundacional luego del ciclo franquista. A continuación se incluye un análisis sobre los Pactos de la Moncloa, escrito por el autor de Indicador Político:

 

I

 

Luego de arduas negociaciones y en medio de amenazas de ruptura del precario orden legal, el presidente español Adolfo Suárez logró en octubre de 1977 la aprobación de los acuerdos de reorganización económica, política, jurídica y de seguridad para España con la firma de todos los partidos. Esos documentos son conocidos como los Pactos de la Moncloa. El propio Suárez resumiría en pocas palabras el alcance, la profundidad y el significado de esos documentos:

“Vamos, una vez conseguida la libertad, a ganar ilusionadamente la justicia”.

Los Pactos de la Moncloa fueron fundamentales para la consolidación de la democracia. A 27 años de distancia han asumido un carácter simbólico, paradigmático, para las transiciones democráticas. Sin embargo, su negociación fue difícil y en momento estuvo en peligro de naufragar. Pero fueron necesarios. Su punto de arranque estuvo en la urgencia de un acuerdo para contener la inflación, cuyo índice anual amenazaba con llegar a 30 por ciento anual. Las presiones del desempleo estaban afectando la estabilidad social. Y España necesitaba un nuevo modelo de desarrollo con legitimidad para salir de la crisis. Pero los acuerdos económicos necesitaron de negociaciones políticas.

Los Pactos de la Moncloa evitaron el fracaso de la transición a la democracia. El dictador Francisco Franco había muerto en noviembre de 1975 y ahí había arrancado la posibilidad de que España dejara de ser una dictadura. De finales de 1975 a finales de 1977, España pasó por etapas que amenazaron con derivar en otra dictadura. En junio de 1976, Suárez había ganado las primeras elecciones democráticas desde la guerra civil pero sin obtener la mayoría absoluta. El PSOE se había desligado de cualquier acuerdo porque aspiraba a la alternancia y la izquierda comunista, el PCE de los republicanos Dolores Ibarruri La Pasionaria y Santiago Carrillo, había decidido reconocer a la monarquía, impulsar una democracia representativa sin dictadura del proletariado y aceptar la europeización de España con la economía social de mercado.

A la distancia, los Pactos de la Moncloa se revelan como el esfuerzo plural de las fuerzas de todo el espectro ideológico para encontrarle una salida a la crisis de gobierno en la etapa más difícil de la alternancia y con la amenaza del regreso violento del viejo régimen. Asimismo, esos acuerdos también mostraron la posibilidad de encontrar un modelo de desarrollo alejado a las tentaciones socializantes de la izquierda, las presiones neoliberales de la derecha y las evasiones del centro. La derecha le concedió fuerza al Estado y la izquierda cedió en la política de nacionalizaciones. Todas las fuerzas coincidieron en la urgencia de fortalecer a España para incorporarla a Europa. Y todas, desde republicanos hasta monárquicos, pasando por socialistas y comunistas, aceptaron el esquema de una “economía social de mercado”.

Sin los acuerdos de la Moncloa, la crisis de España se hubiera agudizado por la inflación y el desempleo y éstos hubieran presionado a movilizaciones callejeras. El franquismo habría ganado la bandera de la imposibilidad de la democracia. Y los empresarios, desorganizados en el franquismo y con su nueva cúpula sin dependencias del poder dentro de la transición, habrían pugnado por imponer una nueva fase del fascismo como la dictadura del gran capital. En cambio, los Pactos fueron la semilla fundacional del Estado democrático posfranquista.

 

 

II

 

El escenario previo a los Pactos de la Moncloa no era de los mejores. Cuenta Adolfo Suárez en su libro Fue posible la concordia que “la oportunidad del cambio político había llegado en medio de una grave crisis económica mundial abierta en 1973 y agudizada en 1977”. Para el precario primer gobierno de la transición, por tanto, “era necesario guardar el equilibrio entre la presión social, las exigencias del cambio político y la propia responsabilidad del gobierno”.

En el fondo, Suárez andaba en busca de una nueva política de Estado. Es decir, el fin del franquismo había liquidado el Estado fascista que surgió de la guerra civil y de la alianza de Franco con Hitler y Mussolini. Se trataba, pues, de la refundación de un Estado pero en un escenario democrático. Y las políticas del gobierno debían de reflejar los intereses del Estado y la totalidad de la sociedad, no nada más la del grupo gobernante. Suárez había recibido el mandato del rey Juan Carlos I de instaurar el régimen de una monarquía parlamentaria y constitucional.

Las presiones económicas eran graves. La inflación había sido de 17.5 por ciento en 1976 y amenazaba con llegar a casi 50 por ciento en 1997. El programa económico del gobierno de Suárez aprobó un severo ajuste con duras repercusiones sociales. Como parte del mismo proceso de democratización, las movilizaciones obreras estaban combatiendo la política monetarista de disminuir la inflación por el lado de la demanda. Las dos principales formaciones obreras venían de un papel heroico en la resistencia en el franquismo: Comisiones Obreras estaba controlado por el Partido Comunista Español y la Unión General de Trabajadores pertenecía al Partido Socialista Obrero Español. Como para complicar más el escenario, los patrones habían formado su primera cúpula sin dependencia del gobierno o del Estado: la Confederación Española de Organizaciones Empresariales.

Por tanto, el margen de maniobra del presidente Suárez era más que estrecho. Cualquier política económica de ajuste con sacrificio social tendría que ser acordada con partidos, sindicatos y grupos empresariales. En lo económico, el gobierno había definido sus tres prioridades, de acuerdo con el recuento de Charles Powell en España en democracia, 1975-2000: luchar contra la inflación, aumentar la creación de empleos y reducir el desequilibrio en el comercio exterior. Lo primero exigía contener los salarios, lo segundo obligaba a convocar a los empresarios y la tercera implicaba una política económica coherente con un modelo de desarrollo de apertura hacia Europa.

Si todos estaban a favor de una política de acuerdos, en el fondo algunos tenían sus intereses particulares. El punto más interesante de la alternancia, la transición y los Pactos de la Moncloa se localizó en la izquierda, dividida entre el PCE y el PSOE. Los Pactos fueron estimulados y defendidos apasionadamente por el PCE, la izquierda comunista, en tanto que el PSOE no participó activamente. Al final, la izquierda se jugaba la posibilidad de ser opción de gobierno. Los Pactos iban, en el análisis del PSOE, a fortalecer al gobierno de Adolfo Suárez y a su naciente Unión de Centro Democrático. La izquierda del PSOE, dirigida por Felipe González, le apostó al fracaso de los acuerdos, a su deslindamiento con el PCE y a presentarse como opción en la crisis.

Cuenta Santiago Carrillo en su libro Memoria de la transición que tuvo que lidiar mucho para imponer el criterio de que los Pactos de la Moncloa iban a estabilizar a España para crear un mejor ambiente político que le permitiera a la izquierda ser opción de gobierno. Para Carrillo “los Pactos de la Moncloa son el acuerdo progresista más serio que se ha realizado en nuestro país desde los años treinta entre fuerzas obreras y burguesas. Pocos se han parado a ver que en ellos se sientan las bases de la sociedad civil, de derecho, democrática". Lo curioso es que para Carrillo el PSOE quería pasar como de izquierda lo que era un programa socialdemócrata.

 

 

III

 

En el fondo, los Pactos de la Moncloa fueron un pacto social fundacional de un nuevo orden político y un nuevo modelo de desarrollo. El significado político e histórico de los Pactos ha sido mayor a los puntos pactados en su momento. A cambio de medidas de política económica que implicaban altos costos sociales adicionales por el ajuste, los partidos propusieron iniciativas para desmantelar las instituciones del nuevo régimen y crear nuevas instituciones regidas por principios democráticos. Los empresarios, por ejemplo, aceptaron la presencia de células obreras en la estructura de toma de decisiones de las fábricas, en tanto que la izquierda firmó acuerdos que deterioraban el poder adquisitivo de los trabajadores.

Lo importante, en todo caso, era que ambas decisiones extremas iban a sacar a España de la crisis económica y la iban a reinsertar más productivamente en la Europa modernizada. Aparejado a las reformas de corto plazo, los Pactos incorporaron lo que Powell definió como reformas estructurales:

“La reforma al presupuesto estatal y de gasto público, a fin de facilitar la universalización del primero y el control del segundo, una reforma fiscal y de la administración tributaria en profundidad que permitiese luchar contra el fraude, una reforma del sistema financiero que lo hiciese más competitivo y permitiese controlar la liquidez y la solvencia de las instituciones bancarias y una reforma del marco de las relaciones laborales mediante la aprobación de un estatuto de los trabajadores y la flexibilización de las condiciones del trabajo”.

En materia de concesiones, los Pactos lograron una reorganización del presupuesto estatal para apoyar demandas históricas de los sindicatos, como la actualización urbanística para impedir la especulación de tierra y permitir programas de construcción de vivienda popular, así como la extensión del programa de gratuidad en la educación.

En lo político y jurídico, los Pactos contribuyeron a desmantelar las instituciones autoritarias del franquismo y a crear instituciones democráticas. Entre ellas había iniciativas delicadas que le daban jerarquía política e institucional a las Cortes y sometían a los sectores militares, además de garantizar las libertades de prensa, reunión y pensamiento, así como de partidos políticos sin restricciones. Con dificultades y presiones militares, Suárez había logrado en enero de ese 1977 registrar al PCE como partido legal. También se incluyó en los Pactos algunas libertades que el franquismo había penalizado en materia de relaciones entre parejas sin pasar por la iglesia.

En su objetivo final, los Pactos de la Moncloa habían demostrado que las fuerzas más disímbolas de España podían ponerse de acuerdo en la redefinición de las políticas de Estado y con ello habían consolidado la democracia como un modelo de nación. En un discurso, Suárez resumiría los alcances del rediseño de España como un país democrático: “la nueva Constitución, la reconciliación nacional, la superación de la crisis económica, el establecimiento de un marco inicial y transitorio para las autonomías y la adecuación sustancial sobre derechos y libertades públicas al nuevo sistema democrático”.

La virtud de los Pactos de la Moncloa fue su influencia sobre las dos pistas de la reconstrucción de España: la atención a la crisis de corto plazo y la consolidación de nuevas reglas de convivencia entre sectores, clases y partidos. Suárez explicó: “nuestro compromiso no se reduce, aunque sea esencial, a la consolidación de la democracia sino al establecimiento de una sociedad más justa en la distribución de las riquezas y en el reparto de las cargas y con una mayor capacidad creadora”. Así, “los Pactos permitieron, sobre todo, llegas sin dificultades económicas insuperables a la Constitución de 1978, iniciar unas reformas que el país había reclamado durante años y demostrar la eficacia de la política de consenso para encauzar las grandes cuestiones de Estado”.

 

 

IV

 

La transición española estuvo marcada por presiones desestabilizadoras de grupos radicales y militares franquistas. A la muerte de Franco se quedó en la presidencia del gobierno el albacea ideológico del franquismo, Carlos Arias Navarro. Como heredero de la Corona, Juan Carlos I había deslizado sus intenciones de conducir a España a la democracia después de Franco. En cambio, el franquismo apostaba a la consolidación del régimen fascista a través del concepto de “Nuevo Estado”. Antes de morir, Franco había dicho que dejaba las cosas “atadas, bien atadas”.

Un error político de Arias le abre al monarca español las posibilidades de la democratización, contó el periodista José Oneto en su libro Anatomía de un cambio de régimen. Juan Carlos se reunió con militares para pedirle su apoyo ante su padre, don Juan de Borbón, ante la inminencia de su coronación como rey. Arias se sintió marginado y presentó su renuncia irrevocable cuando Franco agonizaba en el hospital. Juan Carlos logró convencer a Arias de retirar dimisión. Arias se recuperó de su desliz y quedó como un presidente poderoso frente a un príncipe debilitado.

Consolidado como presidente de España, Arias sufrió la imposición de un gabinete de transición. El Rey Juan Carlos I decidió hacerse cargo de los primeros movimientos políticos, se reunió con la oposición y marginó a Arias. Sin embargo, la dualidad monarquía-gobierno empantanó la reforma política. El Rey, en consecuencia, decidió cesar a Arias apostándole a la transición y no al continuismo. Juan Carlos le comentó a un ministro: “esto no puede seguir, so pena de perderlo todo. El oficio de rey es, a veces, incómodo. Yo tenía que tomar una decisión difícil y la he tomado”. Juan Carlos llamó a Arias al Palacio y le dijo que la reforma estaba naufragando. Arias presenta su dimisión. El Rey eludió la presión de los franquistas del “Nuevo Estado” y puso en la presidencia a Adolfo Suárez.

La transición, solía decir el abogado y político mexicano José Francisco Ruiz Massieu, la hacen los dinosaurios. Suárez era ministro del Movimiento, la estructura falangista del régimen franquista. Es decir, un operador franquista puesto ahí por el Rey aunque sin militancia ideológica. Con apenas 43 años, Suárez destrabó la transición: sacó la amnistía, se reunió con la oposición, prometió elecciones libres en menos de un año, anunció una nueva Constitución, empujó celebraciones nacionalistas prohibidas en el franquismo, consolidó la ley de la reforma política, creó un sistema parlamentario con dos Cámaras elegidas con voto libre y secreto y legalizó a la izquierda.

En este contexto se localizó la firma de los Pactos de la Moncloa como el instrumento de consolidación del nuevo régimen, como el factor de desmantelamiento de las viejas estructuras de poder y como el punto de partida de la modernización democrática de España. Los Pactos salvaron a España del naufragio y se convirtieron en paradigmáticos de una transición pactada con todas las fuerzas políticas y sociales. A pesar de que en política no existen los hubiera, de todos modos el escenario alternativo a los Pactos era el de la agudización de la crisis económica, el deterioro mismo de la propuesta de democratización, el fortalecimiento de los sectores duros del franquismo y la depauperación de España. Los Pactos, en cambio, relanzaron a España a la democracia.

En la introducción al libro de Oneto, Felipe González escribió que “la transición española a la democracia partió de dos principios en los que todas las fuerzas democráticas estaban de acuerdo: el principio de que la democracia es indivisible y que por tanto no podían aceptarse adjetivaciones o límites a la misma y el principio de que la paz entre los españoles debía preservarse a toda costa”. Los Pactos de la Moncloa fueron la prueba de que la democracia se construye con la participación de todos.

 

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