Domingo 13 de septiembre de 2009

+ Poder o desarrollo, el dilema

+ Partidos: ganar, no proponer

 

El siguiente texto fue preparado para una conferencia sobre el escenario de corto plazo de la política mexicana: transición o caos.

 

Lo que siempre surge al presentar ensayos o análisis es la pregunta del cómo llegar a los escenarios ideales o hasta idílicos. Sobre todo en el contexto de la realidad existente. Los tres principales partidos políticos aspiran al poder, buscan ganar la presidencia y no tienen en sus planes buscar alianzas o pactos. Y aunque lo digan, en realidad sus estilos de gobernar son excluyentes. Además, sus ofertas de gobierno no están sustentadas en la consecución de coaliciones de gobierno.

El único camino viable para México no está en la votación de personalidades, de sus partidos o de sus proyectos. Se requiere de una oferta diferente de campaña: retomar la bandera de la transición a la democracia, es decir, la definición de los cambios necesarios para que el país construya nuevas bases para su desarrollo económico, político y social. Los tres programas de gobierno de los tres partidos se sustentan en percepciones aisladas y en un diagnóstico equivocado de la realidad nacional: no se podrán poner en marcha sus ofertas porque no plantean la reconstrucción de las bases. Sus propuestas se limitan a cambios de enfoque sobre las bases agotadas del desarrollo.

El problema del país no radica en la política económica, como cree López Obrador. Ni en la corrupción, como reitera Felipe Calderón. Ni en la experiencia de gobierno, como pregona el PRI. Tampoco en un nuevo proyecto de nación, aunque en realidad el perredista se haya querido referir a un proyecto nacional, a menos que busque cambiar la nación republicana a una monárquica. No. El problema del país radica en la necesidad de un nuevo modelo de desarrollo con distribución de la riqueza. Es decir, la reconstrucción del edificio institucional del Estado de bienestar, atendiendo las limitaciones fiscales, privilegiando los espacios constitucionales y aprovechando los alcances presupuestales.

La gran crisis nacional no fue de la política económica, entendida ésta como el instrumental técnico utilizado para la estabilidad financiera. La crisis fue del modelo de desarrollo nacional, por sus resultados negativos en la concentración de la riqueza y en la pobreza generalizada. La política económica del desarrollo estabilizador privilegió el control de los salarios para mantener la inflación a raya, pero provocó una distorsión en el consumo. Cuando la política económica se estrechó por razones fiscales, el Estado abandonó su papel rector en la producción agropecuaria. Por tanto, la política económica debe ser una consecuencia del modelo de desarrollo.

Lo malo es que los partidos políticos han eludido el debate sobre el modelo de desarrollo, dejando todas las posibilidades a la política económica. Y ahí las posibilidades son estrechas.

El dilema de México, por tanto, no radica en cambiar la política económica sino en redefinir el modelo de desarrollo. El debate no es nuevo. Viene de muy atrás. El maestro Enrique Padilla Aragón comenzó a abrirlo con su libro México: desarrollo con pobreza, publicado en 1969. Pero llegó a propuestas concretas en 1981 con su largo y sólido ensayo México: hacia el crecimiento con distribución del ingreso. En este último libro llega a una conclusión que sigue vigente: “el único camino que existe para México con objeto de combatir la dependencia, la inflación y el subempleo es cambiar totalmente el modelo de crecimiento que nos ha llevado a ser un país más capitalista, pero con mayor número de pobres”. El modelo de crecimiento es, de hecho, el modelo de desarrollo.

 El eje central del consenso de la revolución mexicana fue la justicia social y la democracia. Ninguno de estos dos objetivos fue alcanzado. La justicia social sentó sus bases en las reformas sociales --seguridad social, protección constitucional del empleo, apoyo al campo, rectoría del Estado-- y la democracia se subordinó a la estructura piramidal dominada por la triada presidente-PRI-Estado. La política de bienestar tronó con la crisis financiera y la democracia no pudo remontar las expresiones represivas del autoritarismo.

El tratado de libre comercio fue la última oportunidad del viejo sistema político priísta. Pero el bienestar no llegó por la sencilla razón de que la firma del TLC no generó una reorganización productiva y de clases sociales. México no supo aprovechar los espacios de la apertura comercial para un replanteamiento industrial y agropecuario y se conformó con recibir productos de desecho del mercado estadunidense. El Estado fue incapaz de asumir sus posibilidades de rector del desarrollo.

Las élites gobernantes, tanto en el poder como en la oposición, no comprendieron los espacios de reorganización ideológica del TLC. El consenso de la revolución mexicana fue anulado por la globalización. Si la historia del pensamiento político mexicano del siglo XX estuvo determinada por el peso social de la revolución mexicana, el gobierno de Carlos Salinas metió al país en las nuevas macrotendencias, aunque sin instrumentos ni propuestas para enfrentarlas:

1.- Los derechos humanos.

2.- La política correcta.

3.- La ecología.

4.- El feminismo.

5.- Los procesos electorales para definir gobiernos.

6.- La desigualdad social: pobreza.

7.- La globalización inevitable.

8.- El indigenismo como fenómeno cultural.

9.- Las religiones, sobre todo el islamismo.

10.- El pacifismo.

11.- El nacionalismo como fenómeno aislacionista.

12.- El liberalismo como tercera posición.

13.- La estabilidad macroeconómica.

14.- Los derechos de las minorías.

15.- Democracia como forma de vida.

16.- Desarrollo sustentable.

17.- Política de calidad.

18.- Fin histórico de la lucha de clases.

19.- Reparto del bienestar, no de la riqueza.

20.- Restauración de los valores humanos por encima de las ideas.

El escenario de nuevas ideas lo resumió Joan Antón Mellón en Las ideas políticas en el siglo XXI en un juego de dicotomías:

 

Paz o guerra, multiculturalidad o entoexclusión territorializada, redistribución solidaria o derechos individuales absolutos, tolerancia o fundamentalismos, política que abarque todos los campos de la actividad humana o liberación apolítica de la economía, crecimiento sostenible o destrucción del habitat, igualdad respetuosa de las diferencias entre los géneros o subordinación de un género a otro, educación generalizada de calidad o sistemas educativos jerarquizadotes clasistas, desarrollo global de las potencialidades humanas o alineación, calidad de vida para todos o riqueza/pobreza/miseria, gradual proceso de humanización del hombre y la naturaleza o brutalización moral. En resumen, democracia como proyecto político --no sólo como procedimental conjunto de reglas formales de sociedad desigualitarias-clasistas-- o neofascismo multiforme; civilización o barbarie.

 

Se trata, en el fondo, del fin de la historia como conflicto ideológico que pregonó Francis Fukiyama en 1990 a raíz del desmoronamiento del orden comunista en Europa del Esta. Pero no del fin de la historia. Si Marx atinó en 1847 al descubrir que el motor de la historia era la lucha de clases, en su Manifiesto del Partido Comunista, el proceso de modernización productiva ha llevado a la redefinición de las clases sociales. En México fracasó el proceso de convertir a los trabajadores en accionistas de las empresas --impulsada por Carlos Salinas con la privatización telefónica y minera y por el PRD durante la presidencia de Andrés Manuel López Obrador--, debido sobre todo a la incomprensión de la propia clase obrera. Pero la modernización tecnológica ha comenzado a modificar estructuralmente el papel de la clase obrera en términos concebidos por Marx y Engels a mediados del siglo XIX.

En este contexto del fin de los modelos tradicionales se ubica la transición política mexicana del siglo XXI, un sexenio tarde. Fox se enfrentó al desafío justamente de convertir el TLC en el motor de la reorganización productiva con modernización de las clases y nuevas formas de reparto del bienestar, pero se quedó pasmado por la incomprensión del nuevo mundo industrial posmoderno. Si la cohesión social estuvo determinada en el siglo XX por las ideas de la revolución mexicana, Fox no pudo crear nuevos paradigmas ideológicos. Prefirió atrincherarse en el vacío ideológico, a pesar de que, con todo, la historia de las ideas políticas del PAN había ganado un espacio en el pensamiento social mexicano. Los tres pilares ideológicos del PAN le quedaron chicos a la necesidad de la alternancia partidista en la presidencia de la república: el Estado subsidiario, el bien común y el solidarismo. Los tres no alcanzaron a conformar un nuevo pensamiento social mexicano.

Lo malo para el país, sin embargo, es que ninguno de los tres partidos políticos con posibilidades de ganar las elecciones ofrece una idea rectora. Los tres se conforman con ofertas tangibles y estadísticas y con discursos que sólo ahondan la confusión: López Obrador quiere recuperar el orgullo nacional, Felipe Calderón se conforma con crear empleos y el PRI se reduce a ofrecer la experiencia de gobierno de los priístas. Ninguno habla de reorganización productiva, de nuevo desarrollo agropecuario, de política industrial activa, de educación para la producción y el desarrollo, de apoyo tecnológico o de un nuevo modelo productivo y de crecimiento sin ahondar las desigualdades sociales.

En este contexto se localiza la urgencia de una oferta de transición a la democracia como base de definición de las relaciones sociales, políticas y productivas de la sociedad mexicana. Cualquiera de los tres que gane la presidencia, representará un proyecto de un tercio de la república, con dos tercios en contra. Ya le ocurrió a Fox: ganó la presidencia pero no el Congreso ni pudo sustituir a la clase gobernante priísta.

El desafío del México del siglo XXI radica en la consecución de cuando menos tres objetivos integrales y articulados:

1.- Democracia para las relaciones sociales.

2.- Desarrollo para la creación y repartición del bienestar.

3.- Y gobernabilidad a partir de nuevas instituciones.

Lo malo es que los tres partidos han confundido las prioridades. López Obrador quiere un nuevo proyecto de nación, aunque la nación es producto histórico del proceso iniciado en 1810. Felipe Calderón se enfoca sólo a crear empleos pero sin modificar ni modernizar la planta productiva. Y el PRI carece de una propuesta económica y sólo atiene recuperar la funcionalidad de la administración pública con la experiencia de los funcionarios que salieron del sector por la derrota del PRI en el 2000.

Con estos partidos México no se enfila a la modernización nacional sino a la desorganización general. La oportunidad del 2000 se hundió en la ausencia de un proyecto de transición, pues Fox quería llegar al poder aunque sin saber para qué. La continuidad neoliberal hizo perder la oportunidad de la transición por la vía de la alternancia. Y a partir de las ofertas de los candidatos y de la desarticulación social por la polarización político-electoral, el escenario del país para el próximo sexenio se percibe sombrío: un gobierno --cualquiera de los candidatos que gane-- ahogado en sí mismo, una sociedad que ya rebasó a las instituciones y tiene colapsada la gobernabilidad y una nueva oportunidad perdida entre el caudillismo, el continuismo y la restauración.

El único camino que tiene México para salir realmente de la crisis es tomar --retomar, más bien-- el camino de la transición a la democracia, de un pacto de reorganización general de instituciones y proyectos y un programa de reformas que reconstruya el modelo de desarrollo en función de las necesidades productivas y de bienestar. No hay más: el camino de la transición española o el camino de la descomposición soviética. O Adolfo Suárez o Mijail Gorbachov: transición o caos. No habrá, esta vez, términos medios.

 

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