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Domingo 1 de agosto 2010


 

+ Camacho: proyecto salinista

+ ¿Neoliberalismo de izquierda?

 

Segunda parte del perfil político de Manuel Camacho Solís, el (ex) priísta y (ex) salinista que hoy aparece como en arquitecto del proyecto político, ideológico y sucesorio del PRD-PT-Convergencia:

4.- México agotó el camino del dominio económico del Estado y la modernización apunta a la reivindicación del mercado. Ahí se dio el tránsito ideológico de Camacho de una vía institucional de garantías políticas a uno de reformulación del modelo de desarrollo. En un artículo publicado en Nexos  156, de diciembre de 1990, Camacho se pronuncia por la vía neoliberal de Salinas. Y lo hace con razonamientos profundos, incluyendo el razonamiento de una cesión ideólogica:

“Hoy, la viabilidad de la economía no puede plantearse sin tomar en cuenta las condiciones externas, ni la necesidad de mantener un orden financiero básico en el país. Pero eso no quiere decir que, dentro de tales restricciones, no haya cierto tipo de desarrollo que sea más compatible con nuestros orígenes. Podemos escoger entre opciones de alto consumo concentrado o de consumos más racionales y mejor repartidos; entre privilegiar únicamente la economía de las empresas, o en pensar también en las necesidades de infraestructura que necesita el país para su transporte, su ecología y su convivencia urbana; entre tener la perspectiva de competir exclusivamente en base al bajo precio de la mano de obra o de la calidad del trabajo y la iniciativa empresarial; entre tener una economía cuyo dinamismo está concentrado exclusivamente unas cuantas empresas, o una que tenga grupos capaces de competir en el exterior pero también una red densa de empresas pequeñas y medianas; entre reproducir los diseños, los modelos y los mensajes que se hacen afuera, o generar nuestra propia calidad y creatividad; podemos dejar que se deterioren; finanzas públicas o sostener esfuerzos de ingreso y orden el gasto que nos permitan actuar.

“Vistas así las opciones, lo más importante no es discutir eternamente si existen márgenes o no. Lo que importa realmente es, no sólo analizar y discutir, sino llegar a acuerdos y izar en detalle lo que vamos a hacer con lo que tenemos ya nuestro alcance. Y, en su caso, cómo ampliar esos márgenes como resultado de una mayor cohesión.

Es posible y necesario mirar a la realidad desde otra perspectiva. En vez de anticipar desenlaces sólo a partir de la lógica de la economí­a, o peor aún, del dogmatismo de nuestras posiciones polí­ticas, hay que pensar en cuáles son los compromisos que permiten, precisamente, conciliar la efectividad económica, el mayor contenido social y el sustento democrático.

Ello obliga a tener una posición intelectualmente abierta, pero también a mantener un compromiso con objetivos políticos explícitos, que son los únicos referentes válidos que pueden justificar el manejo de los instrumentos del desarrollo. ¿Cómo garantizar un mayor bienestar material y cultural, y hacerlo en libertad? Esa sigue siendo la pregunta; su respuesta, de muchas generaciones, ha dado el perfil a nuestro desarrollo.”

Y viene su definición de fondo:

“Al final de esta reflexión sí contestaré la pregunta inicial: estatismo o privatización. La disyuntiva no está ahí. Ni siquiera en los momentos de mayor avance estatal en México, se planteó la exclusión del mercado. Desde la Revolución, todos los gobiernos han tenido mecanismos de apoyo a la inversión privada.

La disyuntiva está entre manejar bien la economía, o no; está, también, en precisar cuál orientación social, de solidaridad, es compatible con un desarrollo económico sano.

Nuestra posición es que, en la realidad mexicana, sólo una economía de mercado, con una fuerte sociedad civil, con formas mixtas de propiedad, y orientada por instituciones públicas capaces de hacer prevalecer un orden democrático, el interés general y la soberanía de la nación, puede garantizar la mejoría material y cultural a la que aspiramos.”

No variaba su propuesta original en su tesis de licenciatura: ante las opciones, escogió la del capitalismo desarrollado dependiente.

Más tarde, en su texto “Reformas y gobernabilidad”, Nexos 163, de julio de 1991, Camacho profundiza su acto de fe neoliberal:

“La década de los ochentas vio la culminación y el ocaso de muchas cosas: entre otras, formas de pensar que estuvieron vigentes durante décadas. Ya aprendimos qué es lo que no funciona, pero todaví­a no acabamos de poner a prueba lo que verdaderamente va a funcionar. Hay consenso de que el estatismo económico fracasó; sí, ¿pero cuál es la fórmula que permitirá, al mercado, su máxima expansión y, a la vez, la realización del conjunto de los fines públicos? Están a la vista los excesos y el fracaso de las formas autoritarias de gobierno, sí, pero ¿cómo construir las nuevas instituciones que aseguren las libertades y protejan los derechos humanos, ordenen y garanticen el crecimiento de las economías y creen las nuevas formas de civilidad? Ya conocemos el desastre ecológico que tenemos que enfrentar; si; pero ¿cómo vencer, a tiempo y en la escala necesaria, esas tendencias destructivas, si nuestra forma de civilización -aún con economías sustentables- dependerá de crecimientos adicionales en los consumos de energía y de recursos naturales?

Ante los fenómenos migratorios súbitos, ante los nuevos problemas de seguridad pública, ante la instantaneidad de la comunicación, ¿cómo conciliar las libertades con la gobernabilidad?”

Camacho ofrece la respuesta: “para conciliar los tiempos de las reformas necesarias, no parece haber otro camino que el de hacer compatibles las decisiones técnicamente inaplazables, con fórmulas de conciliación política que permitan su implantación. Pensar que se pueden evitar los costos económicos de las reformas no sólo es una ilusión, sino un riesgo que puede generar aún mayores costos sociales. Sin embargo, pensar que se pueden hacer los cambios económicos, sin acuerdo polí­tico, tampoco asegura ni la implantación de los valores democráticos ni la continuidad de la estrategia económica.

“Lo más probable es que una operación tan compleja requiera concentrar una suma de habilidades y llevarse a cabo en una secuencia de tiempos. De otra manera puede no durar. Bien se ha dicho que una reforma política se puede hacer en unos meses, que una reforma económica lleva años y que una verdadera transformación de las actitudes y valores de la sociedad es tarea de varias generaciones. Lo que tampoco es posible, es pensar que se puede tener éxito en una reforma sin hacer las otras dos.

“De ahí el papel crucial de la política para generar entusiasmo, pero también lograr el apoyo social para lo que no será inmediatamente satisfactorio. Esto, no sólo es decisivo para el éxito del cambio en los distintos países, sino también es un requisito sin el cual no será posible establecer ninguna forma eficaz de cooperación internacional. Un gobierno que no puede con su propio país, acorralado por las tensiones y divisiones, jamás tendrá capacidad de respuesta real frente a las nuevas exigencias de la comunidad mundial. Donde esto sucede, habrá un problema para la comunidad internacional y no un punto de apoyo para las nuevas exigencias de la cooperación intencional.”

Ahí estaba el Camacho como ideólogo del proyecto salinista neoliberal.

5.-  La reforma neoliberal de Salinas habría de pasar por la Constitución. Y ahí Camacho fue vital para fundamentar el cambio. Camacho participó y de hecho ayudó a organizar el seminario “La Constitución mexicana: rectoría del Estado y economía mixta”, en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM bajo el rectorado de Jorge Carpizo. Era 1984 y se acaba de aprobar la reforma constitucional de Miguel de la Madrid, redactada por Carlos Salinas, para la revisión a fondo de la Constitución, la redefinición del papel del Estado y la consolidación del neoliberalismo. En esa reunión Salinas pronunció el epitafio del Estado  de bienestar y nació el Estado sin compromisos de clase popular sino administrador de recursos. La diferenciación era clave: el viejo Estado de bienestar respondía a los intereses de las clases populares, como rezaba la doctrina del PRI. Dijo Salinas: “el Estado no es la arena política donde se dirimen los conflictos sociales”. Y agregó: “el Estado tiene que obtener recursos de la economía, pero no puede y debe canalizarlos de acuerdo al interés general y no a un grupo o clase en particular”. Ahí nació el Estado sin compromisos sociales.

En esa misma reunión Camacho realizó una justificación teórica, aunque confusa, de los cambios salinistas. La tesis de Camacho se sustentó en la dialéctica Constitución-desarrollo, pero el segundo condicionando el primero. Era, entonces, el Camacho del pragmatismo, de la ausencia de compromiso histórico con la Constitución y el Estado, el Camacho que después avalaría las reformas constitucionales de Salinas 1990-1993 para ajustarla a las exigencias del neoliberalismo. El razonamiento de Camacho iba en el sentido de encontrar el camino para mantener la Constitución pero andar por otros caminos contrarios a los de la Constitución, es decir, el acomodamiento más que las ideas:

“Los límites del pragmatismo están siempre dados por la vigencia de los principios y la continuidad de las instituciones nacionales que de ellos se derivan, así como por la complejidad de los grandes problemas y sus impactos estructurales en tiempos perentorios y algunas veces imprevisibles. Se ha  dicho que no hay justificación táctica, por trascendente y contundente que sea desde un punto de vista realista, que pueda pasar por el sacrificio de los principios, o en términos políticos que tenga que pagar el precio del sacrificio de las instituciones nacionales.

“Los resultados de la interacción entre Constitución o desarrollo no pueden estar predeterminados, dependen de múltiples relaciones y desenlaces parciales, de acciones y reacciones internas y externas, pero a pesar de las dificultades y de la modernización que ha ocurrido en México, nuestra mejor opción sigue estando en el proyecto constitucional. Ahí está inscrita la posibilidad de nuestra transformación social, el marco de articulación de una política que convoca y ni excluye, y las posibilidades de dar cabida a nuevas formas de organización, representación y control social y cancelación de la arbitrariedad y la discrecionalidad en el ejercicio del poder público. Es en el ámbito de la seguridad democrática y de las garantías nacionales, de la corresponsabilidad y de los acuerdos específicos, que son posibles reformas de alcance que en otras condiciones hubieran parecido inalcanzables”.

Ahí estaba el sí pero no constitucional de Camacho: respetar la Constitución pero usarla para los cambios de rumbo, de modelo y de alianzas. El párrafo final fue una muestra del equilibrista:

“Estos son los límites en que se encuadran las tareas inmediatas, las respuestas de fondo y las reformas posibles, pues la diferencia entre un estilo de gobierno y la alta responsabilidad del servicio a la nación radica precisamente en la posibilidad de hacer interactuar en la práctica los lenguajes certeros, el realismo en los diagnósticos y el interés por palpar las reacciones de la nación, con una protesta de defensa de nuestros principios históricos, el genuino interés por la transformación de la sociedad y las posiciones indeclinables para salvaguardar la soberanía.

Era el Camacho de las justificaciones: todo se podía con habilidad política.

 

www.grupotransición.com

carlosramirezh@hotmail.com

 

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