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Lunes 5 de abril de 2010


 

+ Scherer: la nota que se le fue

+ Mayo: periodismo estilo Quién

 

Lo peor que le puede ocurrir a un reportero es que la nota se le escape de las manos por el abrumado peso del entrevistado. Al final, Julio Scherer García no pudo entrevistar a Ismael El Mayo Zambada y publicó en Proceso algunos párrafos de un “encuentro” que exaltan al narcotraficante y no lo exhiben.

 En lugar de cuestionarlo por el tráfico de drogas, el daño a la sociedad, los crímenes en las calles y el artero asesinato de periodistas, el fundador de Proceso fue aplastado por el peso abrumador del capo y quedó reducido a un simple publirrelacionista del mafioso.

La fotografía de portada de Proceso resume la entrevista que no fue y deja entrever el rostro de satisfacción de un periodista abrazado por uno de los jefes del narcotráfico que ha provocado más crímenes que alguna epidemia. El brazo de El Mayo sobre el hombro derecho de Scherer, la cabeza alzada con la arrogancia del poder y el periodista disminuido, el brazo izquierdo sobre su cintura, contrastan con la imagen apabullada, temerosa, de Scherer, con el simbolismo de dos plumas en la bolsa de la camisa, dos plumas guardadas, inactivas.

La propia revista Proceso no puede ocultar su desazón. No anuncia una entrevista sino que sólo describe la presencia de Scherer en “la guarida del Mayo Zambada”; y tampoco se atreve, con rubor, a exaltar más de lo ofrecido: habla sólo de una “crónica de un encuentro insólito”. Pero lo insólito no fue el encuentro sino el fracaso de un reportero que dejó escapar la entrevista de la década  y sólo quedó en una descripción sin garra ni creatividad de una visita a uno de los ranchos del capo.

Lo que queda es la certeza del juego de poder del  Mayo Zambada: lo que vale para él es la fotografía y la burla a la revista Proceso por invitar al dueño y fundador de Proceso para usarlo como el espacio de palabra de lector: una especie de carta aclaratoria en vivo de las mentiras de Proceso que Scherer, en ese periodismo de entrevista que no confirma las declaraciones, ha practicado para no investigar a fondo.

Pero periodísticamente el encuentro de Scherer con el Mayo Zambada fue un fracaso o un engaño. Porque es posible que sí hubieran podido existir más preguntas y más de fondo que las ingenuas que publica la “crónica”, pero que se vayan a publicar más adelante en algún libro. Pero el periodismo es de difusión masiva y Scherer y Proceso estaban obligados a cumplir con la función de la entrevista que bien conocen pero que parece que ya se le olvidó: arrinconar al entrevistado, ponerle enfrente el espejo de sus realidades, confrontarlo con su realidad.

El Mayo Zambada es uno de los principales jefes del narco, dirigente del cártel de Sinaloa, aliado a su compadre Joaquín El Chapo Guzmán, padre de Vicentillo Zambada y uno de los principales protagonistas de la guerra del narco que mantiene a México bajo el silbido de las balas. Se trataba, pues, de todo un personajazo --para usar la adjetivación que suele salpicar el lenguaje cotidiano de Scherer-- que cualquier reportero de garra hubiera deseado entrevistar para sacarle no sólo posicionamientos sino para descubrir su alma.

Pero Scherer no pudo. La entrevista quedó en una crónica periodísticamente lamentable, con el temor del entrevistador de hacer enojar al entrevistado. Al final, el Mayo Zambada logró su objetivo: usar a la revista más crítica como una especie de Quién para difundir su mensaje de que anda bien y libre, que no lo van a agarrar y que puede usar a la revista política más crítica como una especie de oficina de prensa para difundir sus actividades. Contrasta, por tanto, el tono a veces demoledoramente crítico de Proceso contra el gobierno y su lucha contra el narco, con su aceptación de boletín de prensa de uno de los principales capos del crimen organizado.

Lamentable exhibición de periodismo crítico al preguntarle al Mayo Zambada “¿cómo se inició en el narco?”, y escuchar sin replicar la respuesta. Nomás. ¿Nomás? Sí, nomás. Periodismo de desperdicio por una revista que hace unas semanas anunció que algunos reportajes de sus periodistas irían sin firma del autor por el miedo al secuestro o al asesinato por parte de las bandas del crimen organizado. Ni siquiera el reclamo en nombre del gremio agraviado. Eso sí, la sumisión del miedo al entrevistado. O la fascinación por el criminal.

Queda el valor de la foto del Mayo. El rostro ahora reconocido del capo, quien se había ocultado detrás del mito de una presunta cirugía plástica. La foto que ni siquiera Scherer quiso solicitar y que al final fue el propio Mayo Zambada quien la propuso y que la tomó uno de sus guardaespaldas. Al final de cuentas, todo indicaría que el Mayo Zambada sabía lo que quería y lo logró: la tribuna de la revista más crítica al gobierno pero, ahora se sabe, más complaciente con el crimen organizado, para desgracia de los periodistas asesinados por el narco.

En la charla --que no entrevista--, el Mayo ofreció tramitarle a Scherer un encuentro con El Chapo Guzmán, el cual o ya ocurrió y será igual de periodismo de personalidades que la del Mayo o ya no se va a dar porque el periodista adelantó posibilidades y se convirtió en el hombre más vigilado del país. En cualquiera de los casos, será una charla también irrelevante: un periodismo sin garra, sin la voracidad que exhibe contra el gobierno.

 

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