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Domingo 25 de abril de 2010


 

+ México: crisis 1995-2010 (14)

+ García Cantú: los conservadores

 

La historia del México independiente ha sido la historia de la lucha entre dos corrientes consolidadas: el conservadurismo contra el liberalismo y el liberalismo contra el conservadurismo. En medio, los periodos de estabilidad han sido logrados por algún acuerdo temporal entre las dos facciones, a veces con algún grupo conciliador o también por la concesión de algunos de los dos en pugna. Y los persistentes conflictos violentos --verdaderas guerras civiles-- fueron producto de la inexistencia de arreglos fundamentales.

No se trató, ni con mucho, de lucha de clases, de clases propietarias contra clases proletarias, como estableciera Karl Marx. Ni menos aún de definidas posiciones de izquierda y derecha. O siquiera de convicciones conservadores o liberales acendradas. El venero ideológico de conservadores y liberales se ha nutrido de fuerzas sociales y políticas consistentes y coherentes a lo largo de la historia, no tanto del marxismo ni de la ideología económica del capitalismo. Se ha tratado de un conflicto de ideas y posicionamientos sobre la realidad inmediata de intereses de grupo que proviene de la falta de una solución pactada de la Independencia y de la ausencia de una verdadera ideología nacional plural y democrática alrededor del movimiento independentista. Hidalgo fue un guerrero y Morelos un combatiente de ideas sociales de justicia. Pero en el fondo, la Independencia fue un movimiento emancipador de la corona española pero sin una propuesta ideológica de ruptura y que se agotó en la mera conquista de la autonomía de gobierno. Y el verdadero lastre de la democracia ha sido original o histórico: el peso de los acontecimientos históricos se ha impuesto por sobre las ideologías y el pensamiento crítico.

A lo largo de dos siglos, el conflicto dialéctico conservadores-liberales ha justificado avances y retrocesos. Sin una solución total a favor de alguna de las dos propuestas, al final el modelo de nación se ha propuesto como una forma pendular de entendimiento: momentos conservadores conducidos por liberales y ciclos liberales impulsados por conservadores. Las temporadas de definiciones específicas han llevado a la exclusión del adversario que siempre derivó en crisis, sobresaltos, asonadas y guerras civiles. En el fondo, las posibilidades de la transición social, política y económica fue producto de acuerdos y entendimientos, además de arreglos cupulares, entre las dos tendencias, pero siempre bajo el entendido de que las dos corrientes deben de sobrevivir para garantizar transformaciones consensuadas.

Si el pensamiento progresista ha tenido más espacio en la historia oficial, el pensamiento conservador ha sido anatematizado de la historia aunque siga prevaleciendo en la realidad. De ahí la importancia del libro El pensamiento de la reacción mexicana. Historia documental 1810-1962, publicada en 1965 por el historiador Gastón García Cantú (1022 páginas, editorial Empresas Editoriales de Martín Luis Guzmán y una edición en dos tomos editada por la UNAM en 1986). Aunque parece escrito como una condena, la recopilación documental logra ofrecer un fresco histórico no sólo de las locuras reaccionarias sino presentar el marco ideológico histórico del pensamiento conservador mexicano.

En la presentación conjunta del pensamiento conservador se entiende el criterio histórico de la tensión dinámica entre las ideas conservadoras y las ideas liberales. Y el espacio terminal donde se expresó la lucha de ideas fue en lo que poco se ha estudiado: el conflicto constitucional. Las fallidas constituciones de 1824 y 1857 no trabajaron los acuerdos de un proyecto liberal pero con espacios a propuestas conservadoras y la de 1917 pudo cuajar una avanzada ideológica al tenor de que los constituyentes formaban parte de los grupos revolucionarios, aunque con la circunstancia agravante de que los años posteriores fueron de ajustes en los alcances progresistas de la Constitución con la tendencia conservadora del ejercicio del poder. Los conservadores combatieron la Constitución en el siglo XX obligando a los liberales a ir matizando las tendencias socializantes. Por ejemplo, la idea socialista del artículo 3º en materia educativa ha derivado en una educación pública laica pero dejando espacios importantes a la educación religiosa. El entendimiento cotidiano ha llevado a la paradoja de que los liberales gobiernan ideológicamente la república pero con espacios dominados por los conservadores.

Ciertamente que conservadores y liberales como corrientes han apostado a la victoria final con la derrota del adversario, pero a pesar de conflictos armados y rebeliones violentas se ha impuesto el entendimiento o la contención mutua: ni los conservadores han aniquilado a los liberales ni los liberales han anulado a los conservadores. Las soluciones encontradas a los conflictos han sido siempre de cesiones de espacios. Históricamente, las derrotas han sido para los extremismos: los sueños monárquicos de los conservadores y las apuestas socialistas de los liberales, cada una simbolizada, por ejemplo, en el fracaso de Iturbide y Lázaro Cárdenas, además de la guerra civil que dio luz a la Reforma y la guerra cristera que fue resuelta por los generales revolucionarios. En medio ha existido siempre un hoyo negro de entendimientos: reconocer los valores esenciales de los otros o cuando menos decidir la no anulación total del contrario. Sólo así pudieron aplacarse los liberales juaristas pero también los revolucionarios anticristeros, por más rabiosos y furibundos que hubieran sido en su momento los pronunciamientos radicales de uno y otro lado.

La dialéctica conservadores-liberales tuvo dos escenarios: el de la confrontación y el de la tensión dinámica. En la primera destacaron las propuestas excluyentes de cada grupo en la contienda, cada una en el extremo:

1.- Iglesia / Estado.

2.- Subordinación / soberanía.

3.- Acumulación / equidad social.

4.- Monarquía / república.

5.- Hegemonía religiosa/ laicismo.

Vistas en su aspecto radical, cada una representó la exclusión de la otra. Sin embargo, en el terreno práctico siempre existió una especie de cámara de compensación. Las experiencias monárquicas y socialistas no lograron afianzarse en los resultados, aunque las primeras fueron más deterministas que la segundas. A lo largo de la historia de dos siglos de México independiente, la dialéctica conservadores/liberales marcó las posibilidades y limitaciones del desarrollo político e ideológico. En cada una de las diez etapas de periodización de los ciclos político hubo la tensión dinámica entre las dos ideologías que han definido el pensamiento político mexicano:

1.- La revolución de Independencia.

2.- La monarquía de Iturbide.

3.- El periodo de los golpes de Estado.

4.- La invasión de los Estados Unidos.

5.- La invasión francesa y la Reforma.

6.- El fin del periodo juarista y la dictadura de Díaz.

7.- La revolución de 1910.

8.- La Constitución de 1917.

9.- El largo reinado del PRI.

10.- La alternancia panista en la presidencia de la república.

A pesar de la confrontación muchas veces violenta entre conservadores y liberales, siempre existió una tendencia casi permanente: los liberales se asentaron en el control del gobierno desde 1810 y los conservadores lucharon contra la estructura de poder. La alternancia partidista en la presidencia de la república en el 2000 no logró cambiar la lógica de la confrontación y las reformas panistas más bien han enfatizado el desmantelamiento de la estructura progresista de los liberales, pero a partir no del viejo orden religioso de mediados del siglo XVIII sino de una ideología conservadora moderna que tiene que ver con el camino marginal de la lucha ideológica y a partir de la certeza de los sectores liberales y progresistas que la tercera vía mexicana --el Estado como el Ogro filantrópico que documentó Octavio Paz a finales de los ochenta-- había llegado a su fin.

De todos modos, el escenario de la confrontación quedará en el siglo XXI sólo en el plano ideológico, de los extremos que no hay que tocar, de los excesos que hay que evitar. La documentación reunida por García Cantú para su libro ofrece, en efecto, el pensamiento político, social y económico de la “reacción” y no estrictamente de los sectores conservadores, aunque éstos hayan abrevado en los veneros de ese pasado radical. Ciertamente que el pensamiento conservador es más amplio, con mayor sinuosidad, sin tantos determinismos y sin la prioridad de la confrontación, inclusive con acercamientos a algunas posiciones liberales (el PAN en los setenta, por ejemplo). Igual que el pensamiento socialista radical. De ahí que la confrontación ideológica no se agote en un solo escenario de guerra o conflicto. Al final, los pensamientos conservador y socialista no radical han logrado espacios de acuerdo para alejar al país del abismo de las guerras civiles y para acercarlo más a ciertos caminos más inclinados a las decisiones de transitar hacia decisiones con arreglos políticos e ideológicos.

Hay cuando menos dos momentos cruciales de la confrontación conservadores-liberales: la guerra civil del siglo XIX y la rebelión religiosa contra la Constitución de 1917 en los años veinte del siglo XX. Ahí se percibe que el trasfondo de las ideas conservadoras-liberales se reduce a las dos concepciones últimas del mundo: la religión y el Estado. El alzamiento religioso en el siglo XIX estuvo impulsado por las leyes de Reforma y la guerra cristera como culminación de la confrontación de la iglesia con el Estado en 1928 también fue dinamizado por la imposición de una visión del mundo. El resultado final fue el de la victoria del Estado pero sin el avasallamiento de la religión. La guerra civil del siglo XIX fue determinada por el error histórico de los conservadores de traer a México a un Príncipe extranjero porque los mexicanos no se podían gobernar por sí mismo --como se los recordó, no sin amargura, en 1847 Mariano Otero en un ensayo descarnado que hacía parecer a los mexicanos “como un pueblo afeminado”-- y la del siglo XX simplemente por la decisión de la jerarquía católica de negarse a aceptar la ley de los hombres y no la ley de Dios.

Esos dos episodios terminaron con la derrota militar de los conservadores pero no con sus fuerzas sociales ni con sus ideas, aunque con bastantes concesiones liberales. Los conservadores no sólo consiguieron sobrevivir sino que tuvieron un espacio de movilidad aceptado por los liberales victoriosos. La sabiduría política de los líderes liberales supo reencauzar la presencia del pensamiento conservador, al tiempo que los mismos liberales evitaron la radicalización: Juárez en realidad no fue antirreligioso sino que combatió los fueros religiosos y la acumulación inactiva de riquezas y la Revolución Mexicana entendió la religiosidad del pueblo y por ello ganó la batalla de las armas pero le encontró espacios de legitimación de la iglesia.

En el libro de García Cantú se percibe el radicalismo del pensamiento de la reacción y no sólo los espacios de pensamiento del conservadurismo. Pero al final fue el conservadurismo el que legitimó los avances sociales y políticos del liberalismo. El caso más concreto lo representó el Partido Acción Nacional, que nació de las cenizas del Partido Católico y de los conservadores radicales del siglo XIX pero pudo articular un pensamiento más abierto, menos dogmático y sobre todo sin extremismos, consiguiendo convertirse más bien en un factor de equilibrio ideológico al radicalismo socialista de los revolucionarios del periodo 1924-1940.

Resulta paradójico que la victoria conceptual de los conservadores en el siglo XX haya sido conseguida no por sus fuerzas políticas correlativas sino por los mismos liberales. El presidente Carlos Salinas de Gortari --el verdadero último presidente de la Revolución Mexicana surgido del PRI porque Zedillo fue la transición hacia la alternancia-- cerró el ciclo ideológico de la Revolución Mexicana en 1991 y en tres años modificó la Constitución en los puntos que fueron siempre combatidos por los conservadores: Estado, educación, propiedad de la tierra, reconocimiento jurídico de la iglesia católica --y de paso de otras iglesias-- y nacionalismo, y lo paradójico fue que lo hizo en nombre de la ideología oficial de ese sexenio: el liberalismo social priísta, que a su vez se nutrió del liberalismo de Juárez del siglo XIX.

La explicación a esta victoria conceptual, ideológica y de proyecto la dio en 1964 García Cantú en su libro: los avances conservadores se han dado desde al poder y sobre todo aprovechando la debilidad de los liberales, y puso los casos del avance conservador en 1857 y en 1913, “en el momento en el que el poder constitucional se entregó a quienes propalaban temor al pueblo, en el punto en que las leyes se tenían por pretextos subversivos”. En efecto, desde el poder liberal se asumieron decisiones que respondían al plan de vuelo conservador. La guerra de Reforma se dio por cerrada con la muerte de Juárez y el conflicto constitucional del siglo XX terminó en 1993 con la reforma al artículo 130 para reconocer los derechos jurídicos de la iglesia católica que luego sirvieron para ampliar su presencia en la vida nacional.

Si bien la dialéctica conservadores-liberales condujo al país a periodos de inestabilidad y de violencia y de ruptura institucional, también sirvió para encontrar cuando menos los límites que no habrían de tocarse: el regreso al Estado religioso, la negativa a otro Príncipe extranjero y la decisión de no instalar un Estado comunista. El país pudo transitar así por periodos de estabilidad que facilitaron el desarrollo. Las dos victorias liberales tuvieron la sensatez para otorgarles espacios a los conservadores, aunque sin entregarles el ejercicio directo del poder.

Ahí pudieras identificarse el acuerdo histórico --no como tal pero sí viable para el análisis-- entre conservadores y liberales. En otras naciones las luchas religiosas han derivado en guerras civiles interminables, en exterminio del adversario y en una fractura social. Los liberales derrotaron a los conservadores pero no les cerraron las puertas y los conservadores no condenaron a los liberales a los fuegos del infierno. Hubo, pues, lo que bien pudo haber sido considerado una especie de “compromiso histórico” similar al de Italia en los setenta del siglo XX entre el Partido Comunista y la Democracia Cristiana: asumir la urgencia de una gobernabilidad vía acuerdos para transitar al país hacia una situación de madurez en donde el conflicto ideológico entre adversarios no derivara en un problema de entendimiento básico. Paradójicamente en Italia el asesinato del líder democristiano Aldo Moro truncó los acuerdos y en México el asesinato del líder revolucionario Alvaro Obregón  aceleró la búsqueda de acuerdos y entendimientos.

El libro de García Cantú transita por las diferentes posiciones radicales de la reacción: la religiosa, la de defensa de los fueros, la de la subordinación del poder político, la de la complicidad con la dictadura y la de la oposición a la Constitución. El vicio original de la reacción fue su papel fundamental como poder superior en los tiempos de México como parte de la colonia española, sobre todo por la subordinación de la Corona al poder terrenal de la iglesia católica. Por eso fue un  choque no sólo político sino de legitimidad el hecho de que la Independencia hubiera sido impulsada por dos sacerdotes: Hidalgo y Morelos y el estandarte de la Virgen de Guadalupe como bandera revolucionaria. Este hecho de simbolismo histórico fue aprovechado por los liberales para disminuir el efecto sicológico del papel dominante de la religión sobre el inconciente colectivo.

A lo largo de doscientos años de vida independiente, el conflicto histórico conservadores y liberales se ha resuelto a favor de los segundos pero sin anular a los primeros. Peor aún: históricamente los conservadores han salido ganando. Los conservadores perdieron legitimidad social al defender la Corona española, los fueros y privilegios, aliarse a los franceses, justificar la invasión estadunidense y más tarde convertirse en factor interno del expansionismo norteamericano. La dependencia de los conservadores del papel dominante de la iglesia católica y el hecho de que la iglesia católica sea un reino extranjero han impedido una masificación del pensamiento reaccionario. El error histórico de los conservadores fue la restauración del viejo orden monárquico religioso, como se revela en la documentación reunida por García Cantú. Pero el error histórico de los liberales sea depender demasiado del conflicto de la Reforma y de haber arriado demasiado pronto las banderas sociales de la Revolución Mexicana en aras de un entendimiento plural.

Pero aún en esos espacios extremos, el país pudo encontrar carriles de entendimiento para transitar, de una manera u otra, hacia modelos de modernización política y económica que no dependieron de los posicionamientos doctrinarios de conservadores y liberales. El conservadurismo priísta pudo en los noventa impulsar la globalización de la economía mexicana en nombre del liberalismo. Y el conservadurismo panista tiene dificultades para consolidarse como opción madura de poder por depender demasiado del orden liberal y por revivir sin escenarios sociales correspondientes los valores religiosos.

De todos modos, el conflicto dialéctico conservadores-liberales seguirá siendo el motor del desenvolvimiento histórico, pero en el entendido de que prevalecerán los valores históricos fundamentales pero sin condiciones viables para regresar al modelo español monárquico-religioso ni profundizar el esquema socialista del Estado dominante. México parece,  en consecuencia, condenado a prevalecer en el contexto histórico de la tensión dinámica conservadores-liberales. Los excesos del péndulo hacia alguno de los dos lados han llevado al país a asonadas, guerras civiles minúsculas y momentos de violencia irracional. Al final, el pensamiento reaccionario es igual de fundamentalista que el socialismo mexicano o el populismo-neopopulismo.

García Cantú llegó a contar la preparación de un tomo sobre el pensamiento revolucionario mexicano pero ya no pudo darle forma documental. Ocurre que el pensamiento revolucionario es tan diverso como plagado de demagogia. Eso sí, García Cantú exploró la indagación histórica del socialismo en México desde el siglo XIX a partir de la lectura profunda aquí de El Manifiesto Comunista de Marx y la creación de círculos obreros impregnados de marxismo. El pensamiento revolucionario dominante fue el que se derivó de los movimientos liberales --básicamente Juárez y la Revolución Mexicana-- pero dependió demasiado de la historia oficial. La izquierda mexicana se dividió sólo en dos grupos: la marxista y la oficial; la primera también crítica contra los liberales y la segunda sometiendo su pensamiento socialista a la hegemonía de la historia oficial.

El problema ideológico de México ha sido el dominio impuesto por la dialéctica conservadores-liberales. Inclusive, las propuestas de un modelo democrático no han podido imponerse como la tercera vía. De ahí que el pensamiento transicionista también haya sido víctima de la polarización histórica; peor aún, el pensamiento por la transición ha tenido que sacrificarse en aras de contener a algunos de los excesos de las corrientes dominantes: la democracia se ha sacrificado en aras del autoritarismo que impida el regreso del pensamiento monárquico religioso y también para evitar la consolidación del socialismo. Así, casi de manera automática, en México ha surgido una especie de tercera posición ideológica que ha logrado avanzar en tanto que los excesos del conflicto conservadores-liberales no sea el dominante.

El esfuerzo de García Cantú para aglutinar los documentos básicos del pensamiento reaccionario y conservador de México y por mantener una revisión casi permanente sobre el pensamiento liberal-progresista-socialista fue una de las grandes aportaciones al debate ideológico y al estudio del pensamiento político mexicano. Esa aportación dejó en claro que el origen del conflicto político mexicano radica en la tensión dinámica conservadores-liberales y que ahí también se han tenido que sacrificar las posibilidades de la democracia. El error inducido por el choque histórico conservadores-liberales radicó en imponer la idea de que el modelo de democracia depende no de la dinámica política sino que se subordina al diferendo conservadores-liberales.

Y como México no va a resolver --nunca-- el problema ideológico entre estas dos corrientes históricas, entonces las posibilidades de una democracia donde tengan juego político las dos ideas básicas de la historia serán limitadas. Y la peor parte se la va a llevar el pensamiento político porque no ha podido --y por tanto no podrá-- quitarse el yugo del conflicto histórico conservadores-liberales. Desde la segunda mitad del siglo XX, por ejemplo, el pensamiento político ha sido derrotado por la doctrina oficial de apoyar al liberalismo para contener al conservadurismo. El temor al regreso al poder del conservadurismo del siglo XIX y los miedos a la radicalización socialista de periodo de los años veinte-treinta-cuarenta mantendrá acotado al pensamiento político durante varios decenios más.

 

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