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Domingo 24 de enero de 2010


 

+ México: crisis 1995-2010 (3)

+ Guzmán: en busca de razones

 

I

 

En uno de sus ensayos más antiguos, menos leído, peor comprendido y más ocultado, Martín Luis Guzmán emprendió en 1915 La querella de México --más bien contra, no de-- como un alegato exploratorio --sentimiento doloroso-- en busca de las razones de la crisis mexicana. Ya había pasado la etapa más difícil de la Revolución --el alzamiento, la caída del dictador, la democracia incipiente, el asesinato de Madero y Pino Suárez, el golpe de Estado de Huerta, la radicalización de Villa, las exigencias de Zapata-- pero el país entraba en su fase de mayor desconcierto y sin poder construir un Estado garante de la estabilidad. Perseguido por Pancho Villa, Guzmán huyó a España y escribió su ensayo como una antihistoria oficial mexicana.

El ensayo La querella de México era, por cierto, la primera obra del autor de entonces veintiocho años de edad. Guzmán venía de experiencias literarias e intelectuales reconocidas --con los que serían los intelectuales más importantes del primer cuarto del siglo XX, entre ellos el de los Siete Sabios-- pero también de una militancia revolucionaria contradictoria por su origen familiar porfirista. Ese Guzmán atrapado en el vendaval político-ideológico de la revolución escribiría después dos obras clave de la literatura de la Revolución Mexicana --El águila y la serpiente y Memorias de Pancho Villa, ambas, por cierto, precursoras del nuevo periodismo mexicano-- y una de las novelas decisivas del poder revolucionario corrompido por la política --La sombra del caudillo, la versión mexicana de El Padrino, de Mario Puzo--, además de algunos ensayos breves sobre historia y sus personajes. Al final, para agobio de su biografía intelectual, Guzmán terminó sus días como un peón de la burocracia política del sistema priísta.

El ensayo La querella de México fue también un ajuste de cuentas en la doble acepción del término querella en el Diccionario de la Lengua: “acto por el que el fiscal o un particular ejercen ante un juez o un tribunal la acción penal contra quienes se estiman responsables de un delito” o “reclamación que los herederos forzosos hacen ante el juez, pidiendo la invalidación de un testamento por inoficioso”. Eran los años malos --¿o buenos?-- de Guzmán, pero también los de las más frescas y brillantes de sus ideas. ¿El propósito? Apelar a una reconsideración de los caminos de México evaluando descarnadamente el pasado y el presente: descubiertos los males, las soluciones podrían ser  más fáciles y rápidas y sobre todo menos radicales, menos revolucionarias. Y sobre todo, como una advertencia de que el origen de la crisis estaba en otro lado.

A diferencia de las obras típicas de la historiografía oficial, Guzmán definió en La querella de México un punto de partida inédito: “exponer un mal”, es decir, un método negativo de análisis. Por ello hizo a un lado las bondades del pueblo mexicano y le entró de lleno a analizar sus defectos. Y el resultado intelectual fue una breve --brevísima, de apenas veintidós páginas-- revisión histórica de los males de la sociedad mexicana: el pasado revistado desde la perspectiva negativa, mucho más allá de la cultura oficial de la exaltación del pasado. Frente a las obras que partían de la exaltación del pasado, el texto de Guzmán fue obviamente muy incómodo. Y más en los tiempos en que México estaba transitando del antiguo régimen al nuevo orden revolucionario.

Esta forma de indagatoria se puede convertir, de quererlo los historiadores, en un método histórico analítico en épocas de crisis para evitar el defecto de exaltar el pasado y cometer casi siempre los mismos errores al edificar ideales sobre ideales y no sobre realidades. La historia oficial de las naciones parte de la cultura del poder, de la historia contada y protegida por los vencedores y de la construcción de prototipos y paradigmas de fácil digestión popular. Cada uno en su escenario y sin referencias mutuas de sus trabajos --al menos hasta ahora conocidas--, Guzmán llegó a una conclusión: el mal de las sociedades no era solamente el ejercicio desviado del poder o la educación fallida o el fracaso de los gobernantes, sino una crisis espiritual de los pueblos. Guzmán escribió en 1915 que “padecemos una penuria del espíritu”.

 

 

 

II

 

Sin pesimismo, analistas, filósofos y politólogos han tratado de evaluar la historia de una sociedad o de una nación en función de espacios históricos aislados, a veces correspondientes, en otras ocasiones separados. La cultura política oficial mexicana se ha cansado de privilegiar el pasado histórico como un ejemplo, no como una circunstancia inevitable o una realidad con todas sus contradicciones, pero convertido en lastre. Se trata del método histórico de la continuidad, que analizó José Ortega y Gasset en España invertebrada: la Independencia llevó a la Reforma, aunque hubo de pasar por uno de los periodos más negros de la historia nacional. Y luego la Reforma condujo a la Revolución, pero también con un periodo de dictadura deleznable. Y después… nada: el vacío histórico hacia delante por la incomprensión del pasado real, pero con una descomposición moral del ciudadano.

El problema de la crisis mexicana no radica en su documentación económica, política, social, histórica e intelectual, sino en la falta de una reflexión crítica sobre cómo abordar el pasado, para así poder explicar las inconsistencias del presente y dibujar las dudas sobre el futuro: ¿lección de salón de clases o realidad plagada de contradicciones? La realidad histórica tiene muchas caras: la que forma parte una cultura dominante del poder, la crítica desde posiciones ideológicas disidentes y la que intenta --la otredad cortazariana-- indagar desde el enfoque crítico sin ideologías sino en función del ser mexicano. La cultura oficial ha buscado, desde siempre, ocultar las realidades. La historia oficial radica en la documentación de la hazaña de la sociedad. Pero al final de cuentas, la historia no contada podría ayudar a explicar las crisis nacionales. O la historia escrita pero oculta debajo de la avalancha de himnos, discursos oficiales y  una cultura gubernamental como ideología histórica.

 

 

III

 

El ensayo La querella de México tiene referentes en análisis críticos paradigmáticos, algo olvidados, que revelarían una interpretación diferente de la historia oficial, en esa tercera posición de la progresión: la crítica de la historia real. El ensayo de Guzmán tendría un punto de continuidad --hacia atrás y hacia delante-- en otros muy críticos sobre la realidad que estudian y cuyo enlace podría ayudar a explicar primero la crisis del 2006 como una crisis de agotamiento de un modelo histórico y después encontrar posibles caminos de salida:

1.- Ensayo sobre el verdadero estado de la cuestión social y política que agita en la república mexicana, de 1842, y Consideraciones sobre la situación política y social de la república mexicana, de 1847, de Mariano Otero.

2.- Evolución política del pueblo mexicano, de Justo Sierra, de 1869.

3.- La Constitución y la dictadura. De Emilio Rabasa, 1912.

4.- Evolución histórica del pueblo mexicano, de Emilio Rabasa, de 1920.

5.- La Revolución Mexicana en crisis, de 1943, La Revolución Mexicana es un hecho histórico, de 1949 y Trayectoria ideológica de la Revolución Mexicana, de 1963, tres ensayos de Jesús Silva Herzog.

6.- “El problema político de la Revolución Mexicana”, conferencia de Narciso Bassols en "Tribuna de México", 29 de noviembre de 1950

7.- México: una democracia bárbara, de José Revueltas, de 1958.

Se trata de textos que revelaron dos matices fundamentales: el enfoque crítico de su momento y una revisión no complaciente del pasado histórico y propuestas de fondo que se salieron en su momento del discurso oficial vigente, además de exaltar el modelo de la “incorporación histórica”, es decir, de una continuidad real a partir de una versión crítica de la realidad. El común denominador no es la revisión misma de la historia ya conocida sino el enfoque crítico respecto a la historia oficial y un sacudimiento social que nunca ha sido atendido.

 

 

 

IV

 

Llegó la revolución con su huracán destructivo. Y arrasó con todo, hasta con la historia. Y, como pocos, Martín Luis Guzmán le tocó estar en el ojo de los acontecimientos. A los veinticinco años andaba ya en la bola. Le tocó asistir a la Convención de Aguascalientes que designó presidente a Eulalio Gutiérrez y Guzmán operó como ministro de Guerra. Los convencionistas se quedaron atrapados en el fuego amigo cruzado: villistas, zapatistas y carrancistas los anularon. La Convención se trasladó hacia el DF y ahí se dio la ruptura Villa-Zapata y Villa-Gutiérrez. Amigo personal de Villa, Guzmán anduvo huyendo a salto de mata. Cuando Gutiérrez hubo de escapar a hurtadillas de la capital hacia Pachuca, Guzmán no tuvo más remedio que pasarse a las filas de Roque González Salazar y viajar a Aguascalientes a encontrarse con Villa para aclarar paradas. En El águila y la serpiente contó Guzmán esas peripecias, una mezcla de memorias, hechos históricos y periodismo (nuevo periodismo: las estructuras de la literatura como instrumental de la narración de hechos reales). Guzmán encaró a Villa y éste lo perdonó. Con engaños, Guzmán logró la autorización para viajar a Chihuahua a asegurar a su familia. Ya en la frontera, Guzmán escapó del país rumbo a España en 1914.

En España estuvo un año. Regresó a México y luego se exilió en los Estados Unidos en el periodo 1916-1920. En esos dos exilios escribió sus dos ensayos más agitadores, más duros, más críticos. En España redactó La querella de México y en Nueva York escribió varios artículos de fondo que luego publicó en A orillas de Hudson. En ambos logró plasmar sus requisitorias --al final de cuentas, abogado-- contra el proceso político e intelectual de la Revolución Mexicana. Fueron páginas nacidas de la indignación, del reclamo, de la búsqueda del pecado original del proceso político mexicano, de la decepción. Eran páginas de su incipiente participación en la revolución y en contra de Huerta. Textos, por lo demás, que se volvieron en su contra cuando Guzmán decidió pasarse a la comodidad de los revolucionarios de historia pero no de compromiso. Guzmán murió apoyando nada menos que la represión de Tlatelolco y disculpándose con el presidente Díaz Ordaz porque los periódicos abrieron sus páginas a los estudiantes.

Pero aún esas oscuras noches de sus últimos años, Guzmán no logró opacar la brillantez de sus primeras reflexiones publicadas. La querella de México fue un duro reclamo a sus primeras decepciones revolucionarias con Villa y los convencionistas. Este breve ensayo dejó ver un texto incompleto, como la semilla de un texto mucho más amplio que nunca llegó. Inclusive, careció de conclusiones y terminó abruptamente en un análisis sobre los Estados Unidos. No por ello, sin embargo, dejó de sentar algunas tesis novedosas sobre la interpretación de la historia nacional. Su punto de partida fue novedoso: no exaltar el pasado, sino “exponer un mal” histórico a partir de las revisión crítica de “algunos de sus defectos”.

Sus siete párrafos de introducción tuvieron la esencia de su queja, un poco al estilo Otero: el país padecía una crisis espiritual. Sin espíritu, una nación caía en los vicios de la corrupción, el patrioterismo y la ausencia de expectativas. Describió Guzmán un país paradójico: en una comunidad patriotera, su peor problema radicaba en la ausencia de conceptos sociales de nación y patria. Tesis, por cierto, que hay definido los casi doscientos años de vida independiente y que refieren la esencia de la crisis mexicana del siglo XX y que había tratado con amargura el joven Mariano Otero a mediados del siglo XIX. Dijo Guzmán al definir un nuevo enfoque de análisis sobre la crisis en la transición política del antiguo régimen a la revolución:

 

Si se nos es permitido referir los acontecimientos de la vida de un pueblo a lo que obra en ellos como elemento preponderante, no cabe duda de que el problema que México no acierta a resolver es un problema de naturaleza principalmente espiritual. Nuestro desorden económico, grande como es, no influye sino en segundo término, y persistirá en tanto que nuestro ambiente espiritual no cambie. Perderemos el tiempo cuando, de buena o mala fe, vamos en busca de los orígenes de nuestros males hasta la desaparición de los viejos repartimientos de la tierra y otras causas análogas. Éstas, de gran importancia en sí mismas, por ningún concepto han de considerarse supremas. Las fuentes del mal están en otra parte; están en los espíritus, de antaño débiles e inmorales, de la clase directora; en el espíritu del criollo, en el espíritu del mestizo, para quienes ha de pensarse en la obra educativa. Sin embargo, la opinión materialista reina aún y, entendida de otro modo, ha venido a constituir, sincera o falsamente, la razón formal de nuestros movimientos armados a contar de 1910.

 

Dardo directo al corazón del México oficial. Guzmán convocó a revisar el pasado con realismo y realidad. Y, en una meditación trascendente, llamó a analizar la historia en su realidad y dejar de considerarla una “fábula”. Sólo a partir de la historia real podrían encontrarse opciones a las crisis políticas y morales de la república. Para Guzmán a México le ha faltado, a partir de la falsa concepción de su pasado, “un nuevo método, un nuevo procedimiento, una nueva idea, un sentir nuevo que alienten la idea de un resurgimiento”. Lo escribió en un párrafo memorable en la introducción a La querella de México, cargado de pesimismo pero también de posibilidades nuevas, pero como un primer recorte del vendaval revolucionario, que bien pudiera ser leído como otro fracaso de la transición mexicana a la democracia:

 

Nuestras contiendas políticas interminables; nuestro fracaso en todas las formas de gobierno; nuestra incapacidad para construir, aprovechando la paz porfiriana, un punto de apoyo real y duradero que mantuviese en alto la vida nacional, todo anuncia, sin ningún género de duda, un mal persistente y terrible, que no ha hallado, ni puede hallar, remedio en nuestras constituciones --las hemos ensayado todos-- ni depende tampoco exclusivamente de nuestros gobernantes, pues --¡quién lo creyera!-- muchos hemos tenido honrados. Vano sería, por otra parte, buscar la salvación en alguna de las facciones que se disputan ahora, en nuestro territorio o al abrigo de la liberalidad yanqui, el dominio de México; ninguna trae en su seno, a despecho de lo que afirmen sus planes y sus hombres, un nuevo método, un nuevo procedimiento, una nueva idea, un sentir nuevo que alienten la esperanza de un resurgimiento. La vida interna de todos estos partidos no es mejor ni peor que la proverbial de nuestras tiranías oligárquicas; como en éstas, vive en ellos la misma ambicioncilla ruin, la misma injusticia metódica, la misma brutalidad, la misma ceguera, el mismo afán de lucro; es una palabra: la misma ausencia del sentimiento y la idea de la patria.

 

Tocó Guzmán el reclamo de las mentes lúcidas: México era un territorio, un gobierno y un pueblo, pero carecía --como lo registró Otero tres cuartos de siglo antes-- de una cohesión como patria o nación. Por ello Guzmán emprendió la tarea de revisar y reescribir, aunque fuera a vuelapluma, las etapas fundacionales y hacerlo con sentido crítico, cáustico y revelador de conclusiones que pocos querían asumir. “Nadie ha querido pensar en México la realidad mexicana”, afirmó, luego de reconocer que pocos han buscado ofrecer explicaciones racionales. “Casi nada sabemos de la historia de México”, reclamó Guzmán.

Las tesis de Guzmán rompieron con el modelo idealizado del mexicano: los indígenas no contaron y carecieron, en realidad, de sabiduría propia: ahí estaba el huevo de la serpiente. “Las civilizaciones aborígenes de México habían fracasado ya por una circunstancia de orden espiritual”. Carecían de moral. Y así los encontró el conquistador, escribió también. El enfoque de Guzmán fue novedoso y a la fecha podría servir de método para encontrar una salida al problema indígena en el siglo XXI. Guzmán fue severo, pero coherente:

 

Ahora bien, si tal es la materia, ¿cuál será la obra que con eso se haga? Naciones sin un ideal, sin un anhelo, sin una aspiración, y en cuyo pecho no vive ni el sentimiento fiero de su raza; naciones agobiadas por no sé qué irritante y mortal docilidad, nunca desmentida, antes experimentada centuria, ¿serán capaces, por sí mismas, de imprimir al grupo social de que forman parte otro impulso que el que, negativamente, nazca de su inercia? La masa indígena es para México un lastre o un estorbo; pero sólo hipócritamente puede acusársela de ser elemento dinámico determinante. En la vida pacífica y normal, lo mismo que en la anormal o turbulenta, el indio no puede tener sino una función única, la del perro fiel que sigue ciegamente los designios de su amo. Si el criollo quiere vivir en paz, y explotar la tierra, y explotar al indio, éste se apaciguará también, y labrará la tierra para su señor, y se dejará explotar por él mansamente. Si el criollo resuelve hacer la guerra, el indio irá con él y a su lado matará y asolará. El indio nada exige ni nada provoca; en la totalidad de la vida social mexicana no tiene más influencia que la de un accidente geográfico; hay que considerarlo como integrado en el medio físico. El día en que las clases criolla y mestiza, socialmente determinadas, resuelvan arrancarlo de allí, él se desprenderá fácilmente y se dejará llevar hasta donde empiecen a servirle sus propias alas. Pero entre tanto, allí queda.

 

Duras afirmaciones de Guzmán, pero reveladoras del sacudimiento político, social y moral que buscó con su ensayo. En el fondo, la indagación de Guzmán quiso llegar hasta las explicaciones históricas y sociológicas, pero su conclusión definía el mal de la patria:

 

En el amanecer de nuestra vida autónoma --en los móviles de la guerra de Independencia-- aparece el verdadero defecto de conformación nacional --inevitable, por desgracia--: los mexicanos tuvimos que edificar una patria antes de concebirla puramente como ideal y sentirla como impulso generoso: es decir, antes de merecerla.

 

La revisión periódica de la historia nacional llevó a Guzmán a conclusiones provocadoras: la Independencia y la Reforma no pudieron conformar un alma nacional; le llegó al país el porfiriato y con él la sumisión nacional, incluyendo a legiones de ciudadanos y “la flor de la intelectualidad” prestándose a la “más estéril de las pantomimas políticas que han existido”. Ahí estaban, escribió Guzmán no sin amargura, “nuestros maestros”. De ahí que Guzmán haya insistido en analizar “las cualidades” del pueblo mexicano. Y establece, metodológicamente, dos interpretaciones:

--La optimista: el “campo de la opinión halagadora y optimista”, por lo demás la “opinión dominante, la opinión popular”. Y esta tesis se basa en la conclusión de que todos los mexicanos “son perfectamente capaces de gobernarse” dentro de la democracia.

--La pesimista niega que todo el pueblo sea “lo bastante conciente” para intervenir en el gobierno de la república. Eso sí, descarta al criollo a quien considera capaz y enfatiza que el indio es el políticamente incapaz.

En este contexto afirmó Guzmán otras de sus tesis reveladoras:

--El problema era la incapacidad de los criollos por la democracia.

--El decaimiento del espíritu criollo, desmoralizado y embrutecido por la iglesia católica.

--Díaz le quitó “el fardo” del problema a los criollos y lo hizo descansar sobre causas de orden económico: “trasladó lo espiritual a lo material”.

Al final, Guzmán había encontrado el pecado original de la crisis mexicana y los problemas de todas las oportunidades de transición a la democracia: la comprensión de la historia, oscilando entre las falsificaciones de quienes exaltaban el pasado para aislarlo del entonces presente y los que buscaban, como él, analizar brutalmente el problema de la realidad. Como intelectual, Guzmán rehuyó la política porque la había vivido al lado de Villa y los convencionistas y se había encontrado que esa historia había sido falsificada por el lenguaje destructivo de la revolución. En un artículo publicado después de La querella y recogido en A orillas de Hudson, Guzmán culpó a la política:

 

A diferencia de los políticos de otras partes, la mayoría de los políticos mexicanos sólo concibe una manera de ejercer su oficio: el uso del poder.

 

Así, el primer Martín Luis Guzmán logró un sacudimiento intelectual y moral con su análisis descarnado del pasado mexicano. Podría decirse que La sombra del Caudillo fue la versión novelada de La querella de México. Sólo que luego lo absorbió la política. Y terminó sus días con aquel discurso del 7 de junio de 1969 disculpándose con el presidente Díaz Ordaz por la apertura de los medios al movimiento estudiantil de 1968 y exaltando al responsable Tlatelolco como el salvador de la patria. En premio, el sistema priísta lo elevó a la senaduría y ahí murió en 1976: en el jardín del poder donde, diría Heberto Padilla como crítica demoledora a la dictadura de Fidel Castro, sólo pastan los héroes.

 

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