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Lunes 22 de febrero de 2010


 

+ Sedena acertó: cohesión social

+ Tejido roto, crisis del Estado

 

Ciudad Juárez ha sido la revelación de la profundidad de la crisis nacional, pero al mismo tiempo se presenta como la posibilidad casi última de encontrar las nuevas formas del entendimiento sociedad-Estado.

El diagnóstico de la crisis ha sido el acertado: la ruptura del tejido social podría ofrecer el panorama de la profundidad del desacuerdo. Sin embargo, la búsqueda de soluciones ha metido a sociedad, gobierno, Estado, partidos e instituciones en una trampa lodosa.

En este contexto, el general secretario Guillermo Galván Galván dio en el blanco en su discurso del Día de la Lealtad, el pasado 9 de febrero. El párrafo clave de su discurso logró resumir en pocas palabras la profundidad de una crisis que no se va a resolver con vigilancia policiaco-militar sino que tiene que darse un nuevo reencuentro en lo fundamental. El secretario de la Defensa Nacional lo dijo con claridad:

Desde nuestro ámbito miliciano, estimamos que las prioridades del México contemporáneo pueden quedar enmarcadas en dos grandes objetivos: la cohesión social y el acuerdo político; ambos, en aras del interés nacional”.

Por tanto, la crisis nacional resumida en Ciudad Juárez no encontrará caminos de solución si no se va al fondo de las cosas: la ruptura del tejido social es correlativa en Juárez al contrato político disfuncional. Pero sobre todo, al colapso de la sociedad como sociedad. Una sociedad política no podrá funcionar si no tiene una activa sociedad civil. En Ciudad Juárez, como en buena parte del país, se ha roto el triángulo de la estabilidad nacional: Estado, sociedad política, sociedad civil.

El problema en Ciudad Juárez no se reduce a la actividad del narcotráfico. Los datos revelados en los últimos meses exhiben las evidencias de una profunda crisis del modelo social. La sociedad que protesta, regaña e insulta no parece entender que la crisis del Estado es correspondiente a la crisis de la sociedad como espacio de articulación de valores, y junto con el Estado el fracaso de las instituciones, de los liderazgos, de los valores políticos, de los partidos hundidos en mezquindades. Ciudad Juárez es el microcosmos del colapso de la viabilidad de México como nación.

El recordatorio del general secretario Galván Galván no fue un rebasamiento de sus funciones sino tan sólo el recordatorio de que el país ha perdido, diría Mariano Otero, el “acuerdo en lo fundamental”. Cohesión social y acuerdo político son dos de los pilares fundamentales de la estabilidad nacional. Y ahí nada tienen que hacer las fuerzas armadas, salvo recordar que el fracaso en la política conduce a la inestabilidad y ésta facilita el activismo de grupos radicales y violentos --desde la guerrilla hasta el crimen organizado-- y de ahí a la pérdida de soberanía del Estado sobre parte del territorio.

No fue gratuita la declaración del actual general secretario. Las fuerzas armadas están concientes de su papel subordinado al Estado civil, pero tienen la posibilidad de cuando menos alertar a la clase gobernante de puntos clave que rebasan su función pero que determinan su espacio de acción. Lo hizo, por ejemplo, en 1980 el secretario de la Defensa Nacional del gobierno de López Portillo, general Félix Galván López, en una declaración al reportero Roberto Vizcaíno, en Proceso:

“Yo entiendo por seguridad nacional el mantenimiento del equilibrio social, económico y político, garantizado por las Fuerzas Armadas de un país”.

La crisis de seguridad pública en Ciudad Juárez y en el país no se explica por la acción de bandas de ladrones sino la existencia de mafias con capacidad de organización armada, que han logrado dominar parte del territorio soberano del Estado. Al convertirse en una fuerza armada que le disputa al Estado la hegemonía de la fuerza y al sustraer de las leyes y el control civil a zonas del territorio, el crimen organizado se convirtió en una amenaza para la seguridad nacional.

Lo que falta, sin embargo, es el trabajo de restauración del tejido social y del contrato político. Pero, dice Huntington, en transiciones políticas la velocidad del activismo político de la sociedad va más rápido que la capacidad de reformas de las instituciones. Ahí ocurre una crisis de gobernabilidad, pero al mismo tiempo un conflicto de desarticulación en la comunicación política entre sociedad y Estado. La ruptura del tejido social, por tanto, no sólo es responsabilidad del Estado y de la sociedad política sino también de la propia sociedad civil. La sociedad civil, define Norberto Bobbio, “es representada como el terreno de los conflictos económicos, ideológicos, sociales y religiosos, respecto de los cuales el Estado tiene la tarea de resolverlos ya sea mediándolos o suprimiéndolos”.

El largo agotamiento del sistema político priísta --de la crisis de 1968 a la alternancia del 2000-- reventó los remaches que mantenían unida a la sociedad y el PAN no ha tenido la prioridad de ponerle nuevos a la estructura social. Con ese descuido terminó de romperse el tejido social. Ahí es donde quedó clavado el mensaje del general secretario Galván Galván: la cohesión social y el acuerdo político como prioridades nacionales.

Pero partidos y funcionarios andan en la luna. La lucha por el poder los está distrayendo peligrosamente de la realidad de la crisis.

 

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