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Domingo 28 de febrero de 2010


+ México: crisis 1995-2010 (8)

+ O. Paz y la pirámide del caos

 

La primera frase de Octavio Paz en su ensayo Posdata (1970) quiso resumir todo en una palabra: “1968 fue un año axial”. Cuarenta años después, el adjetivo axial se lee como una forma de fijar la atención pero incierto. El movimiento estudiantil de ese año no desembocó, en ninguna parte del mundo, en mayor democracia: México, Francia, China, Checoslovaquia, Japón, los Estados Unidos, Yugoeslavia y otros países que sufrieron el sacudimiento de la protesta popular en las calles contra los autoritarismos de todos los colores y de todas las justificaciones respondieron con represiones. Y a la larga, más que las protestas políticas, los hechos que abrieron las exclusas de la democracia fueron las crisis económicas y el fin de la guerra fría.

El ensayo de Paz, eso sí, rompió los diques de las complicidades intelectuales con el poder. El movimiento estudiantil mexicano había provocado el primer desencanto en el ambiente intelectual, dividido entonces en tres grupos: los conservadores vinculados al PAN, los oficiales y críticos articulados al PRI y los liberales en sus espacios de independencia del poder. El ejercicio de la crítica al poder fue, sin duda, el principal efecto positivo del movimiento estudiantil, y este camino condujo años después a la apertura de espacios realmente democráticos.

Los intelectuales vinculados al PRI por el hilo conductor del programa social de la Revolución Mexicana se dividieron en dos grupos: los críticos y los leales. Los primeros pasaron a confrontar los excesos --sólo los excesos-- del autoritarismo gubernamental, pero sin romper con el venero histórico. Y los segundos esperaron la primera oportunidad de apertura democrática para reconciliarse con el poder. Paradójicamente, los espacios de la lucha política, de la confrontación al autoritarismo y de la búsqueda de caminos democráticos se dieron en los espacios intelectuales, no en la de las masas. La crisis de 1968 en México no provocó la democratización sino que ésta tuvo que pasar por el debate de la crítica y la liberación del sistema electoral.

El ambiente político, de deterioro económico y de debate intelectual que motivó el movimiento estudiantil mexicano de 1968 motivó que la sociedad, como personaje popular del cuento clásico de Hans Christian Andersen, se diera cuenta que el Emperador priísta estaba desnudo. Era lógico: uno de los pilares del sistema político del PRI --sin duda el de mayor cohesión-- estaba en la cultura política. Un intelectual que indagó la historia del partido en el poder llegó a una conclusión simpática: “en México todos somos priístas…, hasta demostrar lo contrario”. Y no era para menos: la cultura, la educación y el papel cohesionador de la historia oficial casi como mitología griega impedían el libre ejercicio del pensamiento crítico y forjaban las mentes juveniles en la ideología priísta. Romper con el cerco histórico-educativo formaba parte, pues, de los mecanismos de liberación política.

El peso histórico de la representatividad priísta del movimiento histórico nacional --Independencia, Reforma, Revolución-- acotaba el debate sobre la democracia. En nombre de los valores de la Revolución Mexicana, por ejemplo, el gobierno había reprimido las demandas de democracia sindical para imponer el charrismo controlado corporativamente por el Estado, había impulsado un modelo de desarrollo concentrador del ingreso pero para encumbrar a una nueva oligarquía expoliadora, había impedido la existencia de un sistema electoral y de un juego de partidos democráticos para dejar todo el poder en el presidente de la república, había justificado los acuerdos secretos de entendimiento con los sectores oligárquicos enemigos del pasado y había encumbrado en el poder a una élite cohesionada por la corrupción. Todo se permitía… en nombre de los valores de la Revolución Mexicana.

La historia del sistema político priísta se movía en dos escenarios: de un lado, el que se explotaba internacionalmente basado en una supuesta estabilidad que había permitido tránsitos sexenales sin guerras civiles y hacia la segunda mitad del siglo con tasas de crecimiento económico anual de 6%; de otro lado, la necesidad de construir un discurso político de justificación basado en la apropiación del discurso histórico de la Revolución Mexicana pero de la mano de constantes represiones.

En realidad, el sistema político priísta nunca tuvo tranquilidad: nació del crimen del sonorense Alvaro Obregón para impedirle regresar a la presidencia de la república y terminó con el asesinato del sonorense Luis Donaldo Colosio para impedirle acceder a la presidencia de la república. En medio de los años 1928 y 1994, hubo una larga serie de conflictos: el fraude electoral a balazos de 1929, el intento de asesinato del presidente Pascual Ortiz Rubio y luego su renuncia a los dos años, la expulsión de Plutarco Elías Calles ordenada por el presidente Lázaro Cárdenas, el enfrentamiento violento de las compañías petroleras con el gobierno, la reconciliación con la iglesia después de la guerra cristera, las disidencias con las candidaturas presidenciales de Miguel Henríquez Guzmán y Juan Andreu Almazán, las protestas callejeras de sindicatos, campesinos, estudiantes, maestros y comunistas, el ejercicio absolutista de la represión contra la disidencia, el asesinato del líder campesino Rubén Jaramillo, el movimiento de protesta de los médicos de hospitales públicos en 1964, las protestas estudiantiles de los sesenta, el movimiento estudiantil-popular de 1968, el halconazo de 1971, la crisis económica de 1963, la insurrección empresarial de 1976, la legalización del Partido Comunista Mexicano en 1978 y su irrupción en el Congreso para romper con la hegemonía priísta, el colapso devaluatorio de 1982, la ruptura en el PRI en 1987 con la salida del PRI de Cuauhtémoc Cárdenas, la insurrección electoral de 1988, la insurrección indígena zapatista de 1994, la anarquía de 1994, la quiebra económica de 1995, la pérdida del DF y del congreso en 1997 y finalmente la alternancia partidista en la presidencia de la república en el 2000.

En 1972 Daniel Cosío Villegas señalaba, generosamente, que México había sorprendido al mundo con cambios sexenales sin conflictos civiles. Pero tardó en reconocer que esa imagen respondía más bien al ejercicio autoritario del poder. Dos años antes, con Posdata, Octavio Paz había corrido el velo tenue que impedía ver la realidad de México y en menos de 150 páginas logró resumir, con el talento del poeta que dominaba el significado de las palabras, el México del emperador desnudo: crisis, represión, pobreza, falta de democracia y --diría muchos años después Hans Magnus Enzensberger-- “guerras civiles moleculares”. El llamado “milagro mexicano” y el mapa de la república mexicana como el cuerno de la abundancia formaron parte de la propaganda nacionalista, porque al final ya para finales de los sesenta México presentaba los datos de polarización de riqueza y pobreza y una enorme y creciente desigualdad social producto de un modelo de desarrollo estrecho y concentrador de la riqueza.

La crisis de 1968 fue producto de una implosión del sistema político priísta. Pero también de una ruptura de los consensos. Y sobre todo, consecuencia del agotamiento del modelo político y social de la Revolución Mexicana. El movimiento estudiantil aglutinó todas las contradicciones, pero de manera sobresaliente la fundamental: el consenso político e ideológico alrededor del Estado, del PRI y de la Revolución Mexicana. La movilización estudiantil comenzó como una protesta contra la represión, luego se extendió a un reclamo político contra los pasivos sociales de la Revolución Mexicana, también involucró la desarticulación de la UNAM y los jóvenes como cuadros del Estado priísta y se dinamizó por el factor político de la Revolución Cubana. Demasiados objetivos como para encontrar una agenda concreta. Al final, la verdadera agenda del 68 se resumió en el pliego petitorio de seis puntos que se resumían en uno: el fin de la represión como bandera a favor de la democratización. Este tema fue el fundamental: dialécticamente evidenciar la tendencia al endurecimiento político como consecuencia de la pérdida de legitimidad social del sistema.

La crisis de 1968 resumía toda la trayectoria de la represión del sistema político priísta para sobrevivir. El recuento 1951-1968 lo hizo Raúl Jardón: Huelga y caravana de mineros de Nueva Rosita, Cloete y Palau en 1951, represión del primero de mayo de 1952, aplastamiento de los henriquistas en 1952, asalto militar al internado del Politécnico en 1956, represiones contra el movimiento ferrocarrilero en 1958-59, represión contra el movimiento magisterial de 1956-60, asesinato de Rubén Jaramillo y su familia en 1962, matanzas contra el movimiento cívico en Guerrero en 1960-1962, aplastamiento del movimiento de los médicos en 1965, ocupación militar de la Universidad Nicolaíta en 1966, toma militar de la Universidad de Sonora en 1967, masacre de copreros en Acapulco en 1967, matanza de Atoyac en 1967. El sistema político había ido perdiendo su legitimidad social.

Así, la crisis de 1968 fue la summa de muchas crisis: de empleo, de marginación, de pérdida de sentido social en el crecimiento económico, de escalafón en el PRI y generacional. El discurso político del PRI se hizo viejo y para viejos, frente a la liberación generacional de jóvenes ante la música, los padres y la droga, sin que necesariamente la droga haya sido de consumo generalizado. La cultura hippie irrumpió en las élites sociales. El discurso de la Revolución Mexicana había perdido su magnetismo y en ese momento se trataba de imponer el ejemplo socialista y antiimperialista de la Revolución Cubana. El socialismo se había metido de lleno en las universidades públicas, convirtiendo al Partido Comunista Mexicano en un factor de cohesión ideológica, a pesar del fracaso del PCM en la conducción de sindicatos.

En efecto, como lo escribió Octavio Paz en su ensayo Posdata, el movimiento estudiantil de 1968 significó el fin de una etapa. El fin de un ciclo. El sistema político priísta se mostraba excluyente, parcial, autoritario, condicionante y sin respuesta para las nuevas generaciones. No era la primera vez que ocurría en su existencia pero sí la primera vez que las élites del sistema carecían de respuestas. En el pasado la represión era selectiva y como respuesta al endurecimiento de sectores radicales agresivos. En lugar de explorar entendimientos, el sistema político en 1968 le dio prioridad al principio de autoridad. La doctrina Díaz Ordaz de exigir disciplina en función de los Supremos Intereses de la Patria. Por ello un enfrentamiento callejero entre dos escuelas condujo en pocos meses, de julio a octubre, a la represión que le hizo perder legitimidad al sistema político priísta. En el pasado, las represiones consolidaban el poder del sistema; la de 1968 llevó al sistema a una larga cadena de justificaciones y aperturas hasta desembocar en la pérdida electoral de la presidencia de la república.

¿Por qué la crisis de 1968 marcó el principio del fin, una caída en cámara lenta, del sistema político priísta? Por la dimensión del 2 de octubre, aún en la confusión de las provocaciones. Y sobre todo por la ruptura en las élites: el presidente Luis Echeverría, que había sido el secretario de Gobernación en 1968, abrió el régimen, radicalizó a la izquierda su lenguaje político y le quitó justificaciones a Díaz Ordaz. Como ex presidente, Díaz Ordaz decía que diariamente se veía al espejo al afeitarse y se decía a sí mismo: “¡pendejo, pendejo, pendejo!” por haber dejado a Echeverría como su sucesor. Sin embargo, la sucesión de 1970 había cumplido una de las reglas del juego del poder: la complicidad, ahora de la sangre.

Díaz Ordaz, en realidad, conocía a fondo a Echeverría. El problema fue la ruptura de las complicidades. Cuando estalló en 1954 la primera fase del conflicto magisterial, el presidente Adolfo Ruiz Cortines le encargó el asunto al secretario del Trabajo, Adolfo López Mateos --su sucesor--, y éste operó directamente con el oficial mayor de la Secretaría de Gobernación, Gustavo Díaz Ordaz, y el oficial mayor de la Secretaría de Educación Pública, Luis Echeverría. Díaz Ordaz y Echeverría utilizaron al entonces jefe del control político de la Dirección Federal de Seguridad, Fernando Gutiérrez Barrios, para enfrentar la disidencia magisterial y aplastarla. Los tres se siguieron como un grupo compacto encargado de encarar con dureza la disidencia: López Mateos designó a Díaz Ordaz como secretario de Gobernación y éste nombró a Echeverría como subsecretario y los dos escalaron posiciones a Gutiérrez Barrios hasta llevarlo a la dirección general de la DFS.

La crisis de 1968 obligó al sucesor de Díaz Ordaz a encarar dos opciones: continuar la represión hasta romper los consensos básicos o abrir la llave de presión. Al final, Echeverría salvó al sistema a costa de sacrificar a Díaz Ordaz. Eran, por lo demás, las reglas del sistema político.

En este contexto escribió Octavio Paz su ensayo. Ciertamente que había una indignación personal: Paz renunció al cargo de embajador de México en la India con una carta de protesta contra la represión. Paz había tenido una formación política radical, revolucionaria por herencia familiar de la Reforma y la Revolución y luego nutrida con su apoyo a la República Española. En 1951 había escrito Paz su ensayo El laberinto de la soledad como una indagación de lo mexicano. Y su ensayo Posdata era un agregado. Así, Posdata fue un intento certero de explicación de lo ocurrido en 1968: el agotamiento del modelo político, social, económico y de desarrollo del sistema político priísta y la argumentación de la falta de democracia. De hecho, Paz había roto con la izquierda en 1952 con sus críticas severa a los campos de adoctrinamiento comunista en la Unión Soviética y su distancia de las expresiones de represión a disidentes en Cuba. Por ello en Posdata hizo una crítica al endurecimiento del PRI en el poder como si fuera espejo de Cuba y la URSS.

Paz lo dijo en una frase al encontrar relación entre Rusia y México: “sin democracia, el desarrollo económico carece de sentido, aunque éste haya sido gigantesco en el primero y muchísimo más modesto pero proporcionalmente no menos apreciable en el segundo”. La dictadura, agregaba, inhibía el desarrollo al coartar la actividad de los agentes productivos. “Toda dictadura, sea de un hombre o de un partido, desemboca en las dos formas predilectas de la esquizofrenia: el monólogo y el mausoleo. México y Moscú están llenos de gente con mordaza y de monumentos a la Revolución”. Aquí se concentraba la crítica de Paz al modelo priísta: la concentración de poder impedía el desarrollo porque lo subordinaba a caprichos de las élites dirigentes. Por tanto, la crisis de 1968 había sido la última llamada de atención al sistema priísta para optar por la democracia.

En Posdata había adelantado Paz algunos elementos de su posterior crítica al sistema político priísta en sus ensayos aglutinados en el libro El ogro filantrópico: el carácter del Estado como élite de poder. Por ello Paz resumió el dilema del Estado y de la clase gobernante en 1968: democracia o dictadura. Al final, no fue ninguna de las dos. Las élites priístas prefirieron el control de daños, el fortalecimiento del Estado, el mantenimiento de la capacidad represora y apenas la apertura democrática en el discurso pero no en las decisiones. Echeverría prefirió convertirse en un líder de la izquierda reclamatoria y no rehacer el sistema en función de la decisión de democratizar el PRI y luego el sistema. Por ello radicalizó su discurso hacia la izquierda, acercando a México a Chile y a Cuba. Pero el país necesitaba un sistema democrático para refundar su modelo de desarrollo. Desprestigiado en la izquierda socialista y radical, Echeverría se enemistó con la derecha. Y el PRI no le alcanzó para superar las contradicciones. La política económica populista derivó en la devaluación del peso después de veintidós años de estabilidad cambiaria. Y la crisis económica se instaló en México. Las concesiones políticas de 1977 a 1997 condujeron, en medio de crisis económicas permanentes, a la pérdida de las elecciones presidenciales en el 2000.

Así, 1968 planteó el otro dilema histórico del país: la transición a la democracia o el refortalecimiento del PRI. El PRI, como siempre, encontró una tercera vía: las adecuaciones circunstanciales. La reforma política de 1978 legalizó al Partido Comunista y rompió la hegemonía absoluta del PRI en el Congreso, la reforma electoral de 1990 le quitó al gobierno el control de las elecciones y la crisis económica de 1995 provocó el hartazgo nacional contra el PRI y llevó a la alternancia partidista en la presidencia de la república en el 2000.

Lo malo de todo no era el camino del agotamiento del sistema político priísta sino la ausencia de liderazgo del PRI para entender la lógica de las crisis políticas y la necesidad de haber adelantado la transición a un sistema democrático en lugar de esperar la pérdida del poder. En Posdata, Octavio Paz escribió sobre la necesidad de transitar hacia la democratización. Al no ver voluntad política en el PRI, Paz llegaría a la conclusión en 1985 que había llegado la hora del fin del PRI. Su ensayo PRI: hora cumplida cantaba el fin histórico del partido en el poder y la urgencia de una democracia real. Pero el PRI aún hizo el esfuerzo de encarar las olas democráticas y en 1988 se volvió a negar a pactar la democracia, quizá con el espejismo de 1991 cuando el PRI recuperó lo perdido tres años antes. Pero el colapso de 1994 --no tanto el alzamiento zapatista sino el asesinato del candidato presidencial priísta Luis Donaldo Colosio-- mostró que ya no había salidas y que el camino sería el de la insurrección electoral de la oposición.

La crisis de 1968 fue, sin duda, la mejor oportunidad que tuvo el PRI para pensar la transición mexicana a la democracia. El ensayo Posdata fue el más lúcido y profundo, sobre todo por venir del pensamiento crítico liberal, no radical. La tercera parte del ensayo, “Crítica a la pirámide”, fue un sobresaliente enfoque histórico de los errores de México originados desde los tiempos prehispánicos. “¿Por qué hemos buscado entre las ruinas prehispánicas el arquetipo de México?” Contesta: “hay un puente que va del tlatoani al virrey y del virrey al presidente. La glorificación de México-Tenochtitlán en el Museo de Antropología es una exaltación de la imagen de la pirámide azteca (…) El régimen se ve, transfigurado, en el mundo azteca. Al contemplarse, se afirma. Por eso la crítica de Tlatelolco, el Zócalo y el Palacio Nacional --la crítica política, social y moral del México moderno-- pasa por el Museo de Antropología y es asimismo una crítica histórica”.

La historia ha llevado a los regímenes, de la Independencia al 2012, a la exaltación de sí mismos y no a responder a la lógica del desarrollo político. La Independencia condujo a la invasión francesa y ésta prohijó la República Restaurada, pero ella a su vez devino en la dictadura porfirista que por evolución dio a luz a la Revolución Mexicana. Y en su ciclo último, la crisis de la Revolución Mexicana produjo la alternancia y ésta, sin referentes históricos, se quedó en el centro del simbólico Lago de Texcoco tratando de prefigurar, de nueva cuenta, al águila devorando a la serpiente.

La crisis de 1968 y la larga evolución política hasta el 2000 demostraron que México ha carecido de una verdadera cultura democrática, quizá porque la democracia fue apropiada por el PRI y subordinada a los dictados de la historia oficial. El sistema político no supo leer el trasfondo del movimiento estudiantil: no el derrocamiento del PRI sino la urgencia de un sistema democrático que permitiera una reformulación del desarrollo en función de la lógica de la producción y no de los compromisos del régimen. La historia nacional ha estado plagada de oportunidades perdidas para transitar a un sistema democrático o de oportunidades frustradas --los gobiernos de Fox y Calderón-- para convertir la alternancia en posibilidades de construcciones democráticas.

Al final, la crisis de 1968 no fue --como escribiera Salvador Hernández en su ensayo El PRI y el movimiento estudiantil de 1968-- la oportunidad para conducir a México al socialismo, sino --en el enfoque de Octavio Paz en Posdata-- para resolver el dilema nacional de democracia o dictadura. Lo malo de estas oportunidades ha sido la ausencia de una sociedad activa capaz de obligar a las élites a pensar en el desarrollo político democrático y no en la conservación del poder. En este contexto, 1968 quedó como una marca y un recordatorio. El sistema liberó sus propias formas de regeneración y todavía duró una generación.

 

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