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Domingo 14 de marzo de 2010


 

+ México: crisis 1995-2010 (10)

+ Izquierda intelectual con PRI

 

El año de 1971 fue de desconciertos pero también de definiciones. La represión de 1968 había llevado al régimen priísta a un dilema de fondo: continuar con la línea dura o despresurizar el conflicto. Díaz Ordaz había optado por dejar a Luis Echeverría como su sucesor no porque lo hubiera engañado sino por la complicidad de la sangre derramada. El sexenio 1971-76 sería el de la fractura política que abrió el paso a la generación de los tecnócratas.

México estaba deslumbrando con claroscuros. La represión en Tlatelolco había evidenciado al mundo que el milagro económico sólo podía sostenerse por la vía de la fuerza, pero la elección presidencial de 1970 había transcurrido en paz y con la victoria sin protestas del candidato del PRI. ¿Quién podía analizar una realidad tan compleja y contradictoria? Y más aún: la generación de los intelectuales críticos que apoyaron a los estudiantes y se deslumbraron con los primeros años de la Revolución Cubana y que protestaron duramente contra la masacre de Tlatelolco se convirtieron en apoyadores entusiastas del gobierno priísta de Echeverría.

¿Quién podría explicar estos estilos de la política cotidiana en México? ¿Cómo pudo el 68 estudiantil despertar tantas pasiones populares festivas a favor de la democracia y luego aplacarlas sólo con la represión sin demasiadas protestas? ¿De qué manera entender que intelectuales de izquierda salieran a defender a Echeverría, luego de haber criticado tan dura y perentoriamente al sistema priísta? ¿Cómo abordar con seriedad la crítica política si sus intelectuales críticos cargaban duramente contra el régimen pero inmediatamente después avalaban a sus titulares? ¿Cómo el responsable directo de la represión en Tlatelolco, por el cargo de secretario de Gobernación, se había convertido casi en el héroe existencial de los intelectuales de izquierda? ¿Hasta dónde la fuerza del verbo en México suplantaba a la racionalidad política y el populismo discursivo tercermundista hacía olvidar uno de los episodios de presión que marcaron el periodo revolucionario mexicano?

La explicación la dio, a destiempo pero con certeza, el escritor peruano Mario Vargas Llosa en 1990 en una mesa redonda después de la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989. México era la dictadura perfecta. Y lo era porque los críticos del poder trabajaban en el poder. En Desafíos de la libertad (editorial Aguilar, México, 1994), Vargas Llosa incluye un texto que recuerda justamente esa caracterización: “para todos los efectos prácticos, México es ahora el PRI, y lo que no es el PRI, incluidos sus más enérgicos críticos e impugnadores, también sirve, de una manera misteriosa, genial y horripilante, a perpetuar el control del PRI sobre la vida política y la sociedad mexicana.”

Y agrega: “a favor del sistema priísta suele señalarse la política del régimen con los intelectuales, a los que siempre ha sabido reclutar y poner a su servicio, sin exigirles a cambio la cortesanía o el servilismo abyectos que un Fidel Castro o un Kim el Sung piden a los suyos. Por el contrario, dentro del exquisito maquiavelismo del sistema, al intelectual le compete un rol que, a la vez que sirve para eternizar el embauque de que México es una democracia pluralista y de que reina en ella la libertad, a aquél lo libera de escrúpulos y le da buena conciencia: el de criticar al PRI. ¿Alguien ha conocido a un intelectual mexicano que defienda al PRI? Yo, nunca. Todos lo critican y, sobre todo, todos viven de él, como diplomáticos, funcionarios, editores, periodistas, académicos o usufructuando cargos fantasmas creados por el régimen para subsidiarlos. Sólo en casos de díscolos extremos, como el de un José Revueltas, se resigna a mandarlos a la cárcel”.

El caso de caso de Revueltas era significativo: el intelectual marxista más lúcido. Pero trabajaba en las oficinas de cine del gobierno. En 1968, al regresar de un viaje a La Habana para apoyar a la Revolución Cubana, fue hostigado en el aeropuerto a pesar de haberse identificado como funcionario mexicano. Molesto, Revueltas le envió su carta de renuncia al secretario de Educación del gobierno de Díaz Ordaz, Agustín Yáñez. En marzo, Revueltas se fue a trabajar a la oficina de prensa del Comité Olímpico Mexicano. En julio, Revueltas renunció y se incorporó de tiempo completo al movimiento estudiantil y trabajó en el comité de lucha de Filosofía y Letras aportando elementos teóricos para una aportación intelectual al movimiento: la autogestión universitaria. En noviembre fue detenido, encarcelado y acusado de ser el “autor intelectual” del movimiento. En 1971 fue liberado por Echeverría, el presidente que como secretario de Gobernación lo había enviado a prisión.

El otro lado del espejo de Revueltas fue Carlos Fuentes, un escritor exitoso, autor de novelas y cuentos que revitalizaron la literatura mexicana y fundaron el salto cualitativo de lo rural a lo urbano, con un activismo personal sorprendente para fijar la movilidad social de los escritores, cosmopolita, conquistador de estrellas norteamericanas de cine, creador de un espacio intelectual conocido como el de la Mafia. Fuentes había participado directamente en los grupos El Espectador y la revista Política y en 1971 había colaborado con Heberto Castillo y Octavio Paz en la exploración de la posibilidad de crear un nuevo partido de izquierda, socialista democrático, popular. Socialista, cardenista, apoyador de la Revolución Cubana, defensor de la izquierda y con inclinaciones marxistas, Fuentes logró cuajar en un libro las contradicciones del momento histórico de los intelectuales mexicanos: Tiempo Mexicano (cuadernos de Joaquín Mortiz, 1971, México).

En ese libro de ensayos, Fuentes resumía dramáticamente el caso de los intelectuales mexicanos dibujado por Vargas Llosa: parte del aparato de dominación ideológica del régimen. Fuentes incluyó textos de severa crítica al sistema político priísta , y uno mostrando su fascinación por Lázaro Cárdenas durante una gira, una severa denuncia contra el asesinato del líder agrario Rubén Jaramillo por fuerzas enviadas por el presidente López Mateos y una crónica sobre la vida política durante 1953-1963. En esas cuartillas, Fuentes planteó una visión crítica sobre la vida política en México bajo el PRI, llegando inclusive al desenmascaramiento. Sin embargo, el texto final “La disyuntiva mexicana” resultó no tanto un ensayo crítico sino un posicionamiento personal de Fuentes frente al problema de la represión a estudiantes, sobre todo en Tlatelolco en 1968 y en San Cosme en 1971. El hilo conductor no es tanto la condena a la represión sino el aspecto político que involucraba a un personaje presente en las dos fechas significativas: Luis Echeverría, secretario de Gobernación en 1968 y presidente de la república en 1971.

La sociedad crítica mexicana no ha sabido lidiar con los conflictos históricos: la gran represión contra los trabajadores fue asumida desde el enfoque de la victimización, Tlatelolco quedó atrapada en las contradicciones de sus liderazgos masivos y el halconazo no pudo derivar en acusaciones concretas. Pero lo más grave de todo fue la actitud anti dialéctica de algunos intelectuales críticos. El punto nebuloso radicó en el punto crítico que no ha sido analizado por académicos e historiadores: la represión no tanto como respuesta autoritaria del sistema contra presiones democratizadoras, sino como un ajuste de cuentas interno entre grupos disidentes que respondían más bien a la conformación tribal de grupos del mismo sistema político: la represión obrera no se ha estudiando como una forma de avance del Partido Comunista Mexicano en la clase obrera sino como movilizaciones proletarias alentadas desde dentro del sistema. Tlatelolco se ha evaluado como parte de la lucha por la sucesión presidencial de 1970 entre dos precandidatos. Y el halconazo se determinó como la reacción de un grupo disidente derecha del sistema contra el discurso populista de Echeverría.

Ahí han naufragado las posibilidades de la transición, en esas conductas contradictorias de los intelectuales ante las grandes definiciones. Aunque también han servido para deslindar posiciones: la crisis de Tlatelolco permitió el surgimiento de una crítica liberal, encabezada por Octavio Paz, frente a la crítica desde dentro de Fuentes y grupos articulados. Los dos grupos polarizaron las posiciones intelectuales e impidieron una mayor pluralidad de posicionamientos. El fondo de la disputa ha sido el camino a la democratización: Paz se pronunció por la democracia y Fuentes por la recuperación de los compromisos sociales de la Revolución Mexicana. Aunque el destino final era el mismo, las diferencias en la vía llevaron al país al desgaste en las polémicas deterministas.

Fuentes tuvo la posibilidad de fijar espacios para la democratización, pero cayó en el garlito del sistema: la crítica desde dentro. En su ensayo sobre el 68 francés, que le tocó vivir in situ, Fuentes introduce la metodología marxista del análisis. Pero en la evaluación de Tlatelolco 68, su alcance es menor y superficial. Inclusive, Fuentes contribuyó a obstaculizar la democratización que se daba en función de la dialéctica movilizaciones-represión con su posicionamiento a favor de una salida interna del sistema con un Luis Echeverría populista. Fuentes planteó a su modo el dilema: “la disyuntiva era clara. Mientras el gobierno saliente de Díaz Ordaz abocaba al país a una política de fuerza, represión y fascismo nativo, el país mismo, objetivamente, revelaba una multitud de fuerzas nuevas que sólo podrían encontrar una salida en una democracia mexicana. ¿Represión o democratización? Esta era la disyuntiva nacional a la cual debería enfrentarse el sucesor de Díaz Ordaz, Luis Echeverría Alvarez”.

La identificación del momento histórico fue certera. Sin embargo, Fuentes le apostó a una solución dentro del mismo sistema. Es decir, optar por una transición paulatina, con las reglas priístas del juego, con los ritmos de la misma dialéctica y sobre todo con prácticamente los mismos personajes. Por lo tanto, se trataría de una fórmula evolucionista, calibrando posibilidades en función de tiempos políticos. Echeverría, en realidad, no era un transicionista sino un político formado en la ideología pendular del sistema como factor de estabilización y equilibrio: a un gobierno conservador debería seguir uno progresista. En consecuencia, las posibilidades de la democratización eran gradualistas, en función del reposicionamiento de las diferentes fuerzas del sistema, en lucha permanente. Sin embargo, el diagnóstico que hizo Fuentes en sus ensayos dejaba entrever el agotamiento del sistema y la necesidad de transitar a un nuevo modelo de desarrollo. Y por la dinámica de las fuerzas encontradas dentro del sistema, las posibilidades de Echeverría eran mínimas por tres razones: cargaba el fardo del 68, el PRI se había anquilosado y el sistema priísta era incapaz de establecer alianzas con las fuerzas democratizadoras. El punto central radicaba en el hecho --probado mucho después-- de que la democratización llevaría inevitablemente a la alternancia partidista.

Fuentes quedó deslumbrado --mejor: lampareado-- por Echeverría. Asumió como “camino de la democratización” el tono crítico como candidato presidencial en contra del sistema, la liberación de presos políticos que el propio Echeverría había encarcelado, sus giras agotadoras, el aumento del gasto público, el paternalismo con  campesinos, la incorporación de jóvenes al gobierno, todo ello, ciertamente, sin modificar las estructuras de dominación autoritaria del PRI y del sistema. Es decir, la liberalización política fue selectiva y no sistémica. La única queja de Fuentes que la permanencia del aparato de represión del sistema. Fuentes nunca quiso entender que Echeverría había formado parte estructural de ese sistema represión. Para Fuentes, ese aparato de represión habría sido utilizado por grupos diazordacistas en San Cosme para arrinconar a Echeverría y por tanto el halconazo era hijo del tlatelolcazo de Díaz Ordaz.

En ese ensayo, Fuentes dedica largos párrafos para explicar el cambio que venía con Echeverría. Y terminaba el texto con una apostilla --ya el libro en prensas-- sobre la agudización de la lucha política: un informe presidencial tibio y el secuestro de Julio Hirschfeld, secretario de Turismo. Para Fuentes, las fuerzas oscuras del sistema priísta estaban obligando a Echeverría a reprimir, aunque la dinámica del conflicto apuntaba más bien a las fuerzas mismas del sistema. La salida que vio Fuentes para Echeverría era la consolidación del sector progresista. El compromiso de Fuentes con Echeverría cuajó en una frase: “es un crimen histórico que los intelectuales no apoyen a Echeverría”. O la frase de Benítez: “Echeverría o el fascismo”.

El debate se centró en la postura de los intelectuales, cuando en realidad debía haber sido sobre los espacios de democratización que exigían los mexicanos. El alcance de la democratización de Echeverría se percibió cuando condujo al país a una severa crisis económica con devaluación y a una ruptura política de los consensos internos. La decisión de Echeverría de imponer a José López Portillo como sucesor fue casi similar a la de Cárdenas en 1940 al optar por Manuel Avila Camacho: la tranquilización de los extremos. Al final, la democratización de Echeverría fue personal, de decisiones en la élite, de populismo económico y de consolidación de los viejos sectores corporativos del sistema. El PRI no logró la democratización, a pesar de los esfuerzos personales de Jesús Reyes Heroles. Fuentes fue hecho embajador de México en Francia y ello lo llevó a participar en los espacios gelatinosos de militancia no formal en el PRI y en actos priístas de la campaña de López Portillo. La luna de miel terminó en abril de 1977 cuando el presidente López Portillo designó al ex presidente Díaz Ordaz como embajador en España y Fuentes renunció a su cargo diplomático en Francia y se retiró de la política burocrática.

¿Fue Echeverría la oportunidad de una transición a la democracia? En realidad, no. Echeverría abrió las exclusas de la democracia controlada sólo para obtener margen de maniobra, sobre todo por el fardo de Tlatelolco 68 que podía haberle disminuido sus posibilidades sexenales. El país ciertamente que en 1968-1970 ofrecía el escenario de la exigencia de la democracia, pero debía de ir de la mano de un nuevo modelo de desarrollo. Echeverría mantuvo la misma política económica y el aumento del gasto público condujo al colapso de las finanzas públicas, a la inflación y a la devaluación. La democratización de Echeverría se redujo sólo a la apertura sólo de espacios en el sistema priísta, pero sin modificar las estructuras de poder corporativas que se habían convertido en el obstáculo real a la democracia. Por tanto, la crisis de 1976 estaba casi cantada: las fuerzas políticas de la democracia iban a chocar con el muro del autoritarismo presidencial y Echeverría no iba a meter las manos.

Fuentes perfiló el papel del intelectual orgánico del sistema político priísta. Sus críticas pugnando por una democratización sólo lo acercaron al sistema priísta pero no a la conformación de una coalición crítica a favor de alguna agenda por la democracia. Por lo demás, Fuentes carecía en realidad de una propuesta alternativa o de una propuesta por la transición. Para Fuentes, la democratización se sustentaba en dos tesis: el autoritarismo era producto del olvido de los intereses populares en las decisiones del gobierno y el país iba a resolver las protestas democráticas con el regreso a las demandas originales de la Revolución Mexicana. Sin embargo, la crisis política mexicana obedecía más bien al agotamiento del modelo político de los gobiernos de la Revolución Mexicana y del dominio hegemónico del PRI. La insatisfacción contra las limitadas aperturas de Echeverría explotó en grupos guerrilleros que pasaron a la violencia política armada y por tanto a la profundización del autoritarismo. Se trataba de la dialéctica de la sangre.

La crisis del 68 fue la última oportunidad que la realidad le ofreció al sistema priísta para la creación de un verdadero sistema político democrático. Pero las élites intelectuales incorporadas al sistema fueron incapaces de conducir a las dirigencias a una democratización. En 1975, en la declinación del tiempo sexenal de Echeverría, el gobierno mexicano entró en contacto con la experiencia de la transición de España a la democracia. La Junta Democrática de España que lideraba Santiago Carrillo como secretario general del Partido Comunista vino a México invitada por Reyes Heroles y el PRI y se reunió con Echeverría. Pero no hubo la sensibilidad para entender la lógica de la transición: el PRI no era Franco, fue la tesis. Y por tanto, México abanicó la experiencia española.

Los intelectuales mexicanos del sistema priísta cayeron en la misma lógica. En el fondo, las élites leyeron mal la realidad: pensaron que la democracia que exigían los mexicanos se reducía a una oferta de desarrollo sin cambiar la estructura productiva y que inclusive la crisis del 68 había sido del desarrollo. Fuentes se quedó estacionado ahí y Paz fue al fondo para vincular democracia y desarrollo. Al final de cuentas, el peso mediático de Fuentes y aliados, en un sistema controlado por el aparato de poder, impidió el debate a fondo. La democratización fue asumida, como lo confesaría Manuel Camacho Solís en 1983 en una polémica con Enrique Krauze, como una especie de “cesión” del poder por parte del PRI. Por tanto, no se trataba de entregar el poder sino de crear condiciones de despresurización del autoritarismo y siempre bajo la conducción inflexible del PRI.

La crisis 1968-1971 fue la última llamada para transitar al país de un sistema unipartidista a una democracia plural. Es decir, sacar al país de la dependencia histórica de la Revolución Mexicana. Todo indicaba que la Revolución Mexicana se había hecho para fundar el PRI y mantener el dominio hegemónico Revolución Mexicana-PRI por los siglos de los siglos. El régimen de la Revolución Mexicana pasar la oportunidad de mantener la vigencia de la Revolución pero en un sistema democrático y se negó a la transición hasta perder la presidencia en las urnas y con ello liquidar inclusive el proyecto histórico de la Revolución. Los intelectuales orgánicos del sistema priísta nunca pudieron reflexionar la realidad en función de la sociedad y se quedaron en los análisis desde la lógica del poder.

 

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