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Domingo 9 de mayo de 2010


 

+ México: crisis 1995-2010 (16)

+ Adiós, Revolución Mexicana

 

Uno de los secretos mejor guardados y más explotados por el viejo régimen político priístas fue el de la cultura ideológica como aparato de dominación de masas. La apropiación por el PRI de la historia nacional se convirtió, así, en un mecanismo de control y de hegemonía. El PRI se erigió como el representante directo de las tres etapas históricas: Independencia, Reforma y Revolución Mexicana.

A lo largo de los años conflictivos y en proceso de perdida de legitimidad política, bastaba la invocación a la Revolución Mexicana para ofrecer una declaración de principios. Y no era para menos. El PRI era el partido del Estado. Por tanto, era considerado parte de la estructura orgánica de hegemonía política: PRI, Estado, gobierno y Constitución eran las partes de un todo. De ahí que a la oposición le costó trabajo demoler las instituciones ideológicas que sostenían el viejo régimen y que eran similares a las estatuas de Lenin del viejo régimen soviético y al Muro de Berlín como blindaje político difícil de penetrar.

Entre muchas otras, hubo cuando menos tres ocasiones significativas en que el viejo régimen priísta colocó su representatividad de la Revolución Mexicana para negarse a transitar a la democracia o cuando menos para abrir las exclusas del control político e ideológico:

1.- En 1976, el entonces presidente nacional del PRI, Porfirio Muñoz Ledo, hizo la maniobra de un fraude “al revés” para quitarle el triunfo en el Senado a un priísta y entregárselo al secretario general del Partido Popular Socialista, Jorge Cruikshank, entonces partido apéndice priísta y con ello evitar el reconocimiento de la victoria de Alejandro Gazcón Mercado por un partidor evolucionario de izquierda en Nayarit. La justificación de Muñoz Ledo fue que sólo se reconocería a la izquierda institucional. El PRI se negó a entregar el poder.

2.- En 1983 el historiador Enrique Krauze publicó en la revista Vuelta el ensayo “Por una democracia sin adjetivos” para pedir la democratización de México por la vía del voto libre y la necesidad de transitar a la democracia con el ejemplo español. Entre las respuestas oficiales estuvo la de Manuel Camacho Solís, entonces operador político de Miguel de la Madrid y operador político de Carlos Salinas. La negativa de Camacho al voto libre la resumió en su principal temor: significaba la entrega del poder a la derecha, cuando aún el PRI y la Revolución Mexicana tenían mucho que dar.

3.- En 1986, las elecciones para gobernador de Chihuahua fueron ganadas por el PRI a través de un fraude descomunal que provocó la unión de todos los grupos intelectuales pidiendo la repetición de las votaciones. El entonces secretario de Gobernación, Manuel Bartlett Díaz, se negó con el argumento histórico que se caracterizó como el “fraude patriótico”: hacer trampas en las urnas para no entregarle al poder a la derecha. Y menos en el estado de Chihuahua por su papel activo en la Revolución Mexicana.

El agotamiento de la Revolución Mexicana como factor de definición ideológica del régimen resistió hasta 1992. Y pudo haber durado más --aún pese a las etapas de represión que ensangrentaron a la oposición política-- de no haber sido por una decisión política avalada por el PRI: la exclusión del concepto de Revolución Mexicana de los documentos básicos del PRI por el temor internacional a la palabra revolución y por la globalización de la economía mexicana a través del tratado de comercio libre. La desaparición del concepto de Revolución Mexicana del PRI fue la muerte oficial de la definición política del régimen. Y ocho años después, sin factor de cohesión ideológica, política y cultural, el PRI perdió la presidencia de la república.

De todos modos, la muerte de la Revolución Mexicana fue siempre un referente analítico. El problema de la Revolución fue la negativa a transitar a una democracia pluripartidista. El PRI se hundió con la Revolución Mexicana como un lastre atado al cuello. La suerte del PRI estaba echada cuando acudió a la represión, el fraude y el autoritarismo de Estado para mantenerse en el poder en nombre de la Revolución Mexicana. Pero el tema del agotamiento del factor histórico de la Revolución Mexicana atravesó el siglo XX casi desde el momento de firmarse la Constitución como el programa político del PRI.

En este contexto tiene su valor el libro ¿Ha muerto la Revolución Mexicana? --primera edición en inglés en 1966, primera edición en español en 1972--, una recopilación no muy rigurosa del historiados Stanley R. Ross, de la Universidad de Austin, Texas. Se trata de la recopilación de treinta estudios, discursos y ensayos acreditados a figuras históricas de México: el propio Ross, Luis Cabrera, dos de Daniel Cosío Villegas, José Iturriaga, Jesús Silva Herzog, José R. Colín, Alberto Morales Jiménez, Antonio Díaz Soto y Gama, Leopoldo Zea, José Revueltas, el general Heriberto Jara, Manuel Germán Parra, Vicente Lombardo Toledano, Adolfo López Mateos, Moisés González Navarro, Gilberto Loyo, Frank Tannebaum, José Vera Estañol, Pablo González Casanova, Frank Brandenburg, Octavio Paz, Gustavo Díaz Ordaz, Manuel Moreno Sánchez, dos de Luis Echeverría, Jesús Reyes Heroles, Víctor L. Urquidi y Jospe López Portillo.

Aún con sus ausencias y sobrerrepresentaciones, el panorama daba una visión pesimista de la Revolución Mexicana. Por ejemplo, se incluye un texto de Luis Cabrera de 1916 pero no el que habla, pocos años después, de las traiciones al ejemplo de la Revolución. Luis Cabrera, antes de terminar los años veinte, ya daba por muerta y agotada la Revolución. Pero el texto que abrió el fuego contra la Revolución fue el ensayo “La crisis de México”, escrito por el economista Daniel Cosío Villegas. Su tesis era simple: las metas de la Revolución se han agotado, al grado de que el término Revolución carece de sentido.

Este ensayo produjo un revuelo. Más que agotadas, las metas de la Revolución se habían desviado o, mejor dicho, traicionado. En 1947 México había pasado ya la etapa crítica del asesinato de Obregón, la fase brillante de la fundación del Partido Nacional Revolucionario y el radicalismo del cardenismo que le dio otro sentido histórico a la política de masas, pero al mismo tiempo había bastado un sexenio para que el país se perdiera en los extraños rumbos de la institucionalización y la corrupción. En 1946 se fundó el PRI y arrancó el sexenio de Miguel Alemán, una administración en la que los gobiernos de la Revolución se bajaron del caballo parea subirse a los Cadillac. Fue la etapa del inicio de la desigualdad social y la concentración de la riqueza en pocas manos.

De las respuestas que hicieron historia fue la del escritor y ensayista marxista José Revueltas, quien detectó que el texto de Cosío carecía de sustento histórico y el propio Revueltas dio lecciones de su dialéctica histórica. Cuenta la leyenda urbana que Cosío quedó tan impresionado que abandonó la economía y el derecho y se metió de lleno a la historia, al grado de dirigir y escribir las partes fundamentales de Historia Moderna de México, una revisión de la República Restaurada con Juárez hasta el inicio de la Revolución Mexicana.

La respuesta de Revueltas fijó el criterio de que la Revolución Mexicana era rescatable, pero condicionaba sus posibilidades a un replanteamiento político de alianzas, objetivos y sobre todo metas de equidad y justicia, así como la reorganización productiva. Inclusive, en su lenguaje dialéctico, Revueltas decía que la misión implícita de la Revolución Mexicana se debería convertir en una misión explícita, es decir, dar el paso hacia conciencia histórica. Y el tema era muy claro: regresar a los compromisos de clase de la Revolución y a sus objetivos de representar los intereses populares.

Y ante el temor de Cosío Villegas --como lo había escrito Mariano Otero un siglo antes-- de que la salida de la crisis mexicana fuera la de echarse en los brazos de los Estados Unidos, Revueltas señalaba con claridad el papel enajenante del factor externo y decía que no habría salida si seguía existiendo el imperialismo norteamericano como el factor que ataba el perfil social y popular de la Revolución Mexicana. Y para que no quedara duda, Revueltas le decía a Cosío Villegas que los males encontrados por el economista no habían aparecido como si nada más, sino que esos males habían nacido con la misma Revolución, una tesis novedosa que lamentablemente después ya no profundizó.

Pero el tema quedó sembrado. En 1949 el economista y colaborador de Lázaro Cárdenas en la expropiación petrolera Jesús Silva Herzog publicó un ensayo con muchos retrueques: “La Revolución Mexicana es ya un hecho histórico”, aceptando el fin inevitable de la Revolución pero dejándolo inserto en la historia. Su ensayo comienza con un recordatorio: en 1943 escribió un texto que señalaba que la Revolución atravesaba por “una crisis moral e ideológica de suma gravedad”. Eran, entonces, los primeros años de Manuel Avila Camacho, el presidente de las contrarreformas revolucionarias.

El libro deja entrever un debate no directo pero si en textos sobre la Revolución Mexicana. Por ejemplo, publica discursos de López Mateos, Díaz Ordaz, Echeverría y López Portillo, de de todos sólo destaca el de Díaz Ordaz porque es un fragmento del mensaje político de su cuarto informe de gobierno en 1969, donde pasa revista --desde su óptica-- del conflicto estudiantil y de la represión en Tlatelolco. Los demás son discursos plagados de demagogia.

La Revolución Mexicana quedó en un discurso político no inclinado a aceptar el debate. Todo pronunciamiento político del poder pasaba por colocar al movimiento de 1910 en el centro de las definiciones. Pero era un hecho histórico, no una dialéctica. Aún falta el estudio científico del discurso histórico de la Revolución Mexicana. Porque en su nombre se hicieron las grandes reformas sociales --la protección del trabajador, la política de seguridad social, la política exterior solidaria con las causas populares, la educación popular, laica y científica y sobre todo la política agraria que se agotó en el paternalismo y no pudo cuajar en una estrategia de modernización productiva del campo--, pero también en su nombre se cometieron tropelías, represiones y sobre todo conductas de Estado antidemocráticas. La Revolución Mexicana se convirtió en el tema central del comportamiento público, con todo lo bueno y lo malo, aunque más lo segundo que lo primero. En lugar de que las reformas ayudaran a transitar a nuevas formas de relaciones sociales con el poder, la Revolución Mexicana se convirtió en un Muro de Berlín o en una estatua de Lenin del autoritarismo antidemocrático.

El problema de la hegemonía de la Revolución Mexicana se sustentó en cuando men os tres pilares fundamentales:

--Autoritarismo de partido ante las oleadas de pluralismo. El PRI se negó a aceptar la pluralidad real de partidos, hasta que la guerrilla de izquierda le impidió al gobierno a gobernar. La reforma política de 1978 enfrentó al PRI a sus espacios reducidos. Y la alternancia partidista en la presidencia de la república fue inevitable, lenta pero segura.

--Autoritarismo de Estado, al colocar a la Revolución Mexicana como hecho histórico nacional como propiedad casi exclusiva del PRI y del gobierno. Ello impidió un debate político, ideológico, académico e histórico sobre el proceso histórico.

--Y las cifras de desarrollo económico le permitieron al Estado, al gobierno y al PRI dar resultados en materia social, lo que consolidó la hegemonía de la Revolución Mexicana. La gran crisis ideológica de la Revolución Mexicana estalló cuando el populismo desequilibró las finanzas públicas, condujo a la devaluación del tipo de cambio, metió al país en el pozo petrolero y se hizo añicos con la crisis de 1982. Por eso López Portillo dijo, ya fuera de la presidencia de la república que había sido “el último presidente de la Revolución Mexicana”.

En efecto, la peor fase de la crisis vino después de la gran crisis económica. El libro coordinado por Ross cierra en 1977, el país metido ya en la dinámica de la crisis. La conducción política de la Revolución Mexicana, a través de los presidentes de la república, completaba su círculo: primero fueron los generales que hicieron la Revolución, luego los políticos que los asesoraron, más tarde los burócratas que la metieron en el charco de la corrupción, le siguieron los tecnócratas y finalmente los neoliberales terminaron por quitarle legitimidad histórica. López Portillo le dejó la presidencia a su alumno Miguel de la Madrid y con ellos llegaron los neoliberales que dieron por terminado el ciclo revolucionario.

De la Madrid le cedió el poder a Carlos Salinas en 1988 y con éste el país entró en la lógica de las grandes contrarreformas de los principales postulados de la Revolución Mexicana que encarnaba el PRI, operaba el gobierno y eran el blindaje del Estado: la exclusión de la iglesia católica, la privatización del ejido, la declinación de la hegemonía del Estado, el papel central traspasado al mercado y la desaparición de la Revolución Mexicana de los documentos básicos del PRI para sustituirlos por el concepto de “liberalismo social” del siglo XIX pero en su noción más mercantilista que de objetivos sociales y populares. En 1992 terminó su ciclo la Revolución Mexicana.

¿Qué le falló a la Revolución Mexicana? Se convirtió en un ícono autoritario, perdió su nobleza vivía y acunó a los peores gobiernos. Asimismo, fue la justificación para represiones y fraudes electorales. Con ello, la Revolución pasó a formar parte ideológica del PRI, pero de un PRI que a su vez había extraviado el rumbo de su papel político. Curiosamente en 1928 el presidente Calles anunció la fundación del Partido Nacional Revolucionario, pero con dos espacios abiertos: que la derecha creara sus propios partidos y que el país debería ser gobernado por las instituciones. Paradójicamente Calles se convirtió en el más personalista de los caudillos, al grado de autonombrarse el “jefe máximo” de la Revolución Mexicana, hasta que el presidente Cárdenas lo subió a un avió y lo mandó al exilio forzado.

Pero Cárdenas tampoco exploró la democracia. Reformó al PNR para convertirlo en el Partido de la Revolución Mexicana, con lo que violaba cualquier obstáculo sensato en la formación de partidos. Lamentablemente por esos tiempos no hubo algún partido que se llamara Partido de la Reforma de Juárez, quizá porque no le hubieran otorgado registro. Pero lo de menos fue el nombre. La astucia de Cárdenas se localizó en la conformación de un partido corporativo, formado por las cuatro principales columnas políticas del sistema oficial: los campesinos, los obreros, las clases medias y los militares. Y no sólo eso, sino que articuló esos sectores como parte sustancial del Estado, llegando al absurdo de que los sindicatos campesinos del PRM eran simultáneamente partes oficiales de la representación del Estado. Es decir, el PRM se fusionó al Estado.

Lo que fue una virtud operativa del Estado y el PRI se convirtió en el peor lastre para ambos. Los defectos del PRI dañaron al Estado y los endurecimientos del Estado le quitaron paulatinamente legitimidad al PRI. Los textos del libro ¿Ha muerto la Revolución Mexicana? alcanzan a dibujar la crisis progresiva del PRI. Por ejemplo, incluyen varios artículos engarzados de Manuel Moreno Sánchez, ex senador priísta, miembro del Grupo de López Mateos y sacrificado por la sucesión presidencial de 1964, quien había abierto fuego contra el sistema priísta con su libro La crisis de México. Moreno Sánchez tuvo la virtud de haber corrido el velo de misterio del sistema político priísta y mostrarlo en toda su crudeza. Si la primera gran crisis del PRI estaba anotada en el periodo 1940-1950, la segunda fue al comenzar los setenta. El milagro mexicano en realidad no existía porque detrás de las cifras espectaculares de estabilidad macroeconómica, de alto crecimiento del PIB, de baja inflación y de tipo de cambio estable y fijo se encontraba el México cde los pobres que el cine mexicano nunca dejó de exhibir.

El libro citado fue autorizado a publicarse personalmente por el presidente Luis Echeverría en su deseo de abrir la crítica a los abusos de poder, pero luego se salió de control: la crisis económica del milagro mexicano estalló en 1973 con el aumento de precios de petróleo para la cerrada economía mexicana y luego el aumento sin control del gasto público llevó al país a un déficit presupuestal explosivo que a su vez disparó la inflación y la desentonó de la de los Estados Unidos, con lo que metió al país en el largo ciclo de devaluaciones. Sólo como dato estadístico: el tipo de cambio pasó de 12.50 pesos por dólar en 1975 a 13 mil 500 pesos en el 2010.

La crisis política que prohijó la alternancia fue producto de los errores en el discurso histórico de la Revolución Mexicana, en el cierre de puertas del sistema político priísta y en las rupturas internas. En 1988, quince años después de la edición del libro de Ross, el PRI se fracturó severamente, el PAN saltó a primera fuerza política y la izquierda del PRI se fusionó con la izquierda socialista y comunista. Y el PRI perdió la mayoría, luego parcelas de poder y finalmente la presidencia de la república. El libro de Ross estaba muy lejos de suponer este escenario de descomposición política. Pero el principio del fin ocurrió con la crisis económica y la incapacidad del PRI y del sistema de atender las demandas de las mayorías marginadas.

A lo largo de siete décadas, la herencia de la Revolución Mexicana puede resumirse en tres pasivos históricos: la represión, la corrupción y la pobreza. Al perder los mexicanos la expectativa --o el llamado salario de la esperanza-- de mejoramiento por parte de un régimen que estaba en el centro de sus penurias, el apoyo social a la Revolución Mexicana se fue reduciendo prácticamente a cero. Se ve, por ejemplo, en el hecho de que llama más el interés del bicentenario de la Independencia que el centenario de la Revolución Mexicana, quizá porque ésta está aún demasiado fresca en los orígenes de la gran crisis nacional.

El problema de la Revolución Mexicana radicó en su incapacidad para encabezar las grandes reformas políticas. Ni el PRI ni los gobiernos de la Revolución Mexicana quisieron caminar por el sendero de la transición democrática. Por eso el desmoronamiento del PRI fue simultáneo al de la Revolución Mexicana. O el fin histórico de la Revolución preparó la alternancia partidista en la presidencia de la república. Al final de cuentas, el orden de los factores no altera el producto. Lo que queda es el hecho de que la Revolución Mexicana fue unas de las grandes hazañas de la lucha social, pero terminó subordinada a los intereses del PRI y --peor aún-- del presidente de la república en turno.

El libro de Ross fue el aviso principal de que el ejemplo de la Revolución Mexicana había perdido la batalla histórica y que ese hecho histórico no supo evolucionar para alejarse de la contaminación del ejercicio del poder. El PRI desgastó a la Revolución Mexicana como hecho histórico. Y cuando vino la apertura inevitable a la crítica política, la Revolución Mexicana fue arrastrada por el tsunami del ajuste de cuentas de la sociedad con sus males. No se culpaba al PRI sino a la Revolución Mexicana.

Los gobernantes y dirigentes priístas no supieron entender la lógica de la historia. Supusieron, como decía Fidel Velázquez, que el PRI --y, por ende, la Revolución Mexicana-- no era inmortal sino inmorible. Pero la lógica de la historia y las leyes del desarrollo político son imparables. Al aferrarse a la propiedad de un hecho histórico y social de los mexicanos, los priístas se quedaron sin Revolución Mexicana… y sin el poder presidencial. Hablar hoy de Revolución Mexicana con los priístas es una pérdida de tiempo o una tortura porque se nota inmediatamente que no han entendido lo que ocurrió y que obviamente tampoco han leído el libro de Ross. Eso sí, los priístas han entendido que el discurso de la Revolución Mexicana no genera votos, por lo que han preferido las promesas de asistencialismo vulgar.

El saldo final es que en este año de 2010 la Revolución Mexicana será la menos celebrada. Por algo será.

 

www.indicadorpolitico.com.mx

carlosramirezh@hotmail.com

 

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