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Viernes 8 de octubre 2010


 

 

+ Droga legal no es democracia

+ Fracaso por corrupción oficial

 

 

Basada sólo en los saldos de violencia y vinculada a la votación el próximo martes 19 sobre la legalización o no de la marihuana en California, una oleada intelectual ha comenzado a proponer para México la legalización de todas las drogas como una salida al círculo vicioso de la criminalidad.

Sin embargo, en el fondo la legalización de las drogas sería contraria al interés social de construir una democracia basada en la libertad, el bienestar y la salud. La tesis de la legalización se apoya en dos argumentos: el neoliberal de Milton Friedman de que el mercado se regula solo y la histórica por la experiencia de Chicago en los años veinte y treinta de que la prohibición de venta de alcohol --ley Volstead-- produjo la violencia encarnada en Al Capone.

Los promotores de la legalización ofrecen un tendencioso análisis de Capone. En su vigente texto La balada de Al Capone, el ensayista alemán H.M. Enzensberger exhibe que el poder de Capone no nació automáticamente de la prohibición ni Capone fue en sí mismo un criminal porque se asumía como empresario en el mercado. En realidad, la revisión histórica del Chicago de los años veinte y treinta revela cuando menos tres condiciones reales que vincularon la prohibición con la violencia: la corrupción de alcaldes, policías y jueces, la demanda creciente de alcohol por parte de la sociedad y el colapso del puritanismo de los EU como sociedad religiosa y la ruptura de los valores morales. Capone llegó a controlar al 80% de los jueces.

El resultado de la legalización del alcohol, en un horizonte histórico, está a la vista: el alto grado de muertes provocada por el alcoholismo y las crecientes restricciones que se han impuesto a la comercialización de licores en una fase de prohibición también creciente del consumo de ese producto. Intelectuales como Carlos Fuentes han reducido el asunto al absurdo: “hay más borrachos pero menos gánsteres”.

Y ahí se localiza justamente la contradicción entre legalización de la droga y la democracia. Por definición, la democracia es el sistema político que debe garantizar equidad de oportunidades, bienestar personal y hegemonía de las mayorías. Si a algún sistema de gobierno se hermana la estructura de producción y comercialización de la droga es al capitalismo. Y el capitalismo es, diría Alan Wolfe en 1977 en Los límites de la legitimidad, lo contrario de la democracia porque funciona por el dominio de una élite beneficiaria del sistema productivo contra los intereses de la mayoría.

La legalización de la droga provocaría una nueva élite política en la superestructura del poder, la de los productores y comercializadores. En los EU, la esencia del capitalismo lo representan las empresas productoras de bebidas alcohólicas. Las cerveceras, por ejemplo, controlan el deporte y los espectáculos. El poder de los productores de droga se va a convertir en un nuevo factor de poder hegemónico, casi como el de la televisión, al fin que los dos van directo a la conciencia del ciudadano.

Asimismo, al surgir de una era de violencia, los productores y comerciantes de droga sólo podrán funcionar en una sociedad política dominada por la violencia política y la corrupción. Así ocurrió en Chicago: en la legalización los mafiosos operaron del mismo modo, con violencia, para construir monopolios que por la fuerza excluyeron la competencia, además de que las mafias se convirtieron en aliadas del Estado en la lucha contra el comunismo. Charlie Lucky Luciano salió de la cárcel para operar los sindicatos en los puertos contra barcos alemanes e italianos.

La droga estupidiza como el alcohol y daña como el cigarro. Y por la violencia se construyen mercados negros para abaratar las mercancías, como ocurre, por ejemplo, con la industria de los licores adulterados que ya funciona en México. Por si fuera poco, los mafiosos, explica Enzensberger, han dejado de ser la figura de la violencia que rompe piernas, pero como burguesía opera de la misma manera: la corrupción y la violencia.

Por tanto, la legalización es vendida artificialmente como una solución a un problema que es más complejo y representa un desafío ideológico y de gobierno. Los que proponen la legalización debieran de hablar con las madres de los adictos para entender el infierno que representa el consumo de droga. Y en este punto, los Estados Unidos --California y Nueva York como los grandes centros consumidores-- han creado zonas francas para el consumo --una forma de legalizar a trasmano-- en las áreas pobres como un instrumento de control social: prefieren a las minorías pachecas por el consumo de drogas e inmovilizadas para la protesta, que movilizadas contra el sistema productivo del capitalismo. Por eso es que el consumo crece en sectores depauperados.

En este contexto, la legalización de la droga en México sería un mecanismo de control social, de desmovilización ideológica, de marginación popular y de represión política. Y no se pueden en México acentuar por un lado las restricciones al consumo de alcohol y tabaco y facilitar el consumo de droga con la legalización. Las raíces de la violencia en México son las mismas que en Chicago: corrupción, estupidización de las masas --sobre todo, sorpresa, de los jóvenes-- y ejércitos privados que disputan el monopolio del poder al Estado como ya ocurre con los poderes fácticos que dominan el sistema de toma de decisiones.

Le legalización de las drogas en México alejaría al país de la democracia y el bienestar.

 

www.grupotransicion.com.mx

carlosramirezh@hotmail.com

 

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