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Miércoles 13 de abril 2011


 

+ Morelos: perfil de no-sociedad

+ El Chapo y Zambada, de fiesta

 

 

Una estrategia mediática parece haber envuelto el conflicto de seguridad en Morelos para responsabilizar a los gobiernos federal y estatal y excluir al crimen organizado, a los cárteles de la droga y a los anteriores gobiernos priístas.

El crimen organizado se asentó en Morelos, sobre todo en Cuernavaca, bajo el gobierno de Jorge Carrillo Olea, responsable de áreas de seguridad, inteligencia y narcotráfico durante el gobierno de Carlos Salinas. En 1998 tuvo que renunciar cuando la sociedad se movilizó ante hechos contundentes: el procurador, el jefe judicial y el comandante antisecuestros de Carrillo Olea controlaban a las bandas de secuestradores locales.

Hoy el sobrecalentamiento de las protestas contra la inseguridad se ha enfocado contra el gobierno del presidente Calderón y como parte de la estrategia de polarización de grupos organizados alrededor de Andrés Manuel López Obrador. Las protestas por el asesinato del hijo del poeta y activista Javier Sicilia han ignorado a los cárteles de la droga.

En las marchas recientes no hubo ninguna pancarta dirigida contra El Chapo Guzmán o contra Ismael El Mayo Zambada, dos de los capos de la droga que son corresponsables de la violencia criminal. Los actos criminales en su mayoría han respondido a disputas por el mercado de consumo interno y por el control de las rutas de trasiego de droga hacia los Estados Unidos.

Lo que ha demostrado la respuesta social ante los crímenes en Cuernavaca ha sido la desorganización de la sociedad, la tendencia a la estridencia y su incapacidad para construir espacios de observación, seguimiento y evaluación de las políticas de seguridad. La sociedad agraviada debería de construir mecanismos de coadyuvancia y de vigilancia de las políticas oficiales de seguridad, sobre todo en lo referente a la supervisión de la limpieza de los cuerpos de seguridad. Asimismo, la sociedad ha dejado pasar tiempos de oportunidad para la participación directa en el diseño, aplicación y evaluación de las políticas de seguridad pública.

En lugar de una sociedad organizada, en México se ha visto la consolidación de una sociedad-masa, anónima y al mismo tiempo acumulativa. La protesta excita pero no encauza. La estridencia sustituye la organización. En el caso de los jóvenes de Cuernavaca hay una correspondencia mediática con el de los jóvenes de Ciudad Juárez acribillados: importa la salvaguarda de la personalidad y no la explicación del contexto.

La crisis de seguridad se localiza no en los resultados por debajo de las cifras de violencia sino la exigencia a detener la ofensiva para buscar un pacto de entendimiento con los delincuentes. Pero un pacto significa no sólo una redistribución del poder social y político sino el reconocimiento social a los delincuentes. En un pacto los delincuentes pasan a ser parte de la sociedad. Y por tanto, a exigir los beneficios implícitos.

La sociedad-masa entra en pánico porque ha visto violado su espacio de singularidad, de individualidad. Por eso la sociedad-masa se oculta en lo multitudinario, escribe Elías Canetti en Masa y poder. El tema del acuerdo gobierno-delincuentes no tiene el referente de los delitos sino el de la recuperación de una tranquilidad acotada: es preferible que los delitos le ocurran a los otros que a uno y mejor si en un pacto de convivencia se alejan las zonas francas a los territorios de pobreza, como en el pasado.

La sociedad-masa no analiza: se comporta. Por eso no quiere que le expliquen las razones del aumento de la delincuencia, ni se quiere enterar por qué se dispararon los delitos cuando el PRI perdió el poder presidencial y los hilos del control social quedaron sueltos. Ha olvidado que el sistema político se construyó a partir de la criminalidad del poder. Y que por tanto no podía ser democrático. ¿No fue acaso la represión a la disidencia un acto de criminalidad del poder? ¿No hay una explicación racional al hecho de que las principales policías del poder priísta --la Federal de Seguridad y la Judicial Federal y la de Prevención de la Delincuencia en el DF-- hayan derivado en cómplices de los capos del crimen?

¿Dónde están los intelectuales en esta crisis de seguridad?, se pregunta el escritor Héctor de Mauleón en El Universal. La respuesta no es difícil de encontrar: en la sociedad-masa. ¿Dónde está la razón como antídoto a la violencia criminal? No es casual que el grito de “estamos hasta la madre” ilustre la mediocridad de la protesta. Como en la película Juana Gallo, a María Félix le dicen que se acabaron las balas y ella contesta: “miéntenles la madre que también duele”. No hay organización sino mentadas.

La sociedad-masa es producto del colapso de los cuerpos intermedios: partidos, élites, medios, liderazgos sociales, grupos de presión y ONG´s creadas para la coacción mediática y no para la conformación de instancias de observación, supervisión y hasta calificación de funciones públicas. ¿Dónde estuvo el Congreso en las horas posteriores a los asesinatos en Cuernavaca? ¿Dónde estuvieron los debates legislativos para la conformación de nuevas leyes contra la inseguridad? ¿Dónde se perdieron los partidos para operar una transición de a deveras que pudiera impedir que los hilos de poder criminal quedaran sueltos?

Ciudad Juárez se perdió en una sociedad-masa polarizada y en un sistema político desarticulado. Tamaulipas se des-socializó. La zona metropolitana de Monterrey cayó en las garras de la delincuencia a pesar de las advertencias a tiempo. Ahora fue Cuernavaca, donde la criminalidad fue producto de las complicidades del gobierno priísta de Carrillo Olea. El DF se acerca a esa ingobernabilidad criminal producto de la ausencia de una política de seguridad pública, y luego de los secuestros y asesinatos de Fernando Martí y Hugo Alberto Wallace.

Al final, la sociedad-masa ha dominado a la sociedad participante.

 

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carlosramirezh@hotmail.com

 

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