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Miércoles 9 de marzo 2011


 

+ Edomex: pregunta para el 2012

+ Compromiso histórico región 4

 

 

Más que una estrategia de alianzas en pos de un salto democrático cualitativo, el acuerdo electoral PAN-PRD ha quedado en un afán antipriísta. Después del resultado en Oaxaca, Puebla y Sinaloa, la alianza opositora en el Estado de México podría terminar también en una asociación oportunista, sin destino histórico y sin objetivos transicionistas.

La derrota del PRI no implica de suyo un avance democrático, como se ha visto en la conformación priísta de los gobiernos aliancistas. La encuesta PAN-PRD sobre la alianza mexiquense introduce una cuña novedosa pero tampoco explicada: “un programa de gobierno común”. Por tanto, más que centrar el debate en la alianza en sí, el PAN y el PRD deberían de mostrar primero el contenido del programa común para que los mexiquenses sepan la razón de apoyar o no la alianza.

La alianza mexiquense tiene tres puntos que en nada refieren a un programa común: la reserva de votos, el posicionamiento del gobernador Peña Nieto al frente de las encuestas presidenciales y quebrar la federalización priísta. Son puntos de coyuntura, no de estructura.

Las alianzas extremas han tenido experiencias históricas: entre izquierdas y de la izquierda con la derecha. La primera fue en 1972 en Francia con el “programa común” entre el Partido Socialista y el Partido Comunista; en 1977 se rompió el acuerdo; y en 1981 arribó al poder el socialista François Mitterrand con sus “110 propuestas” en segunda vuelta y el apoyo comunista; Mitterrand le entregó dos carteras ministeriales al comunismo pero luego aplicó un programa de derecha.

En Italia, el compromesso storico alió a la izquierda --Partido Comunista-- con la derecha --Partido Demócrata Cristiano--. La razón era el estancamiento político: el PCI tenía un tercio de la votación, pero no podía ser mayoría. La DC aceptó cambios democráticos y los dos encontraron un espacio de alianza en el centro reformador. El sospechoso secuestro y asesinato del líder democristiano Aldo Moro rompió la alianza.

Las alianzas PAN-PRD han sido sin acuerdo, sin programa y con candidatos priístas que ya en el poder sólo han reforzado el sistema político priísta. Por tanto, no han sido alianzas por la transición sino para derrotar al PRI oficial. Sin embargo, el PAN y el PRD no han logrado vencer al PRI en lo que hoy es su base electoral: el priísmo como modo de vida. En algunas plazas, el PAN y el PRD en el poder son iguales al PRI sólo que con panistas y perredistas y (ex) priístas.

Las alianzas deben mirar al 2012 pero no nada más para mantener evitar el regreso de los priístas sino para completar la alternancia con un programa de construcción de la democracia. De poco le servirá al país un PAN gobernando como PRI.

Si deveras hay voluntad política en el PAN y en el PRD para la alianza en el Estado de México, entonces hay tiempo para difundir primero el “programa de gobierno común”. Los ciudadanos mexiquenses no deben de votar a ciegas por una alianza con un programa común desconocido. Y los ciudadanos mexiquenses tampoco tienen el aliciente de las alianzas pasadas porque en Oaxaca, Puebla y Sinaloa persiste el sistema político priísta.

Las alianzas PAN-PRD no han servido al país para construir una verdadera democracia. Por tanto, el debate sobre las alianzas debe centrarse en dos temas fundamentales: sólo derrotar al PRI o entrar a la fase de construcción de la democracia. Hasta ahora, e inclusive la mexiquense, las alianzas se han centrado en el primer tema. Pero derrotar al PRI como aparato electoral no ha sentado las bases de una nueva democracia. Al contrario, la oposición en el poder se ha convertido en una nueva oligarquía, con los mismos vicios del PRI.

El PAN parece agobiado por su falta de expectativas. Vicente Fox tuvo el suficiente bono democrático para consolidar la transición a la democracia y avanzar a la fase de instauración de una nueva democracia, pero le ganó la frivolidad y su incapacidad para ser estadista y por ello buscó el acuerdo con el PRI para administrar el viejo sistema político priísta. Calderón llegó al poder con una victoria muy apretada, con un PRI hundido y con la ceguera de la oposición perredista. El fracaso de López Obrador fue haber reaccionado como candidato derrotado y no como estadista: en el 2006 se pudo haber logrado el pacto PAN-PRD por la transición para darle el golpe de gracia al PRI.

En el 2012 el país tendrá su última oportunidad para apostarle a la construcción de la democracia. El PAN debe reactivar los dos escenarios para sus alianzas: derrotar al PRI o construir la democracia. El primero descansa en un dividido y pragmático PRD de (ex) priístas y estará condicionado a que López Obrador no fracture el voto perredista, como ya lo está haciendo en el Estado de México. El segundo es más audaz pero implica una jugada histórica: alianza del PAN con el PRI en base a un programa de construcción de la democracia, con nuevas reglas electorales. Pero ni en el PAN ni en el PRI hay conciencia histórica de las oportunidades.

Al final, el país ya no puede aguantar un sistema político priísta parchado, resanado, exhausto, ineficiente y en crisis estructural. De ahí la importancia de las alianzas en un país partido en tres partes. La alianza de las izquierdas fracasó con el PRD por los vicios priístas intrínsecos; la alianza PAN-PRI sería todo un desafío histórico.

La transición sin construcción democrática mantendría vigente el sistema político priísta. La transición exige que los partidos acuerden la construcción de un nuevo sistema político, un nuevo régimen de gobierno y un nuevo pacto constitucional.

 

www.grupotransicion.com.mx

carlosramirezh@hotmail.com

 

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