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Domingo 13 de marzo 2011


 

+ Reforma electoral a fondo

+ Y desorden en el desorden

 

A pesar de haber vivido una transición y de estar obligados a una instauración de la democracia, las ambiciones de poder de los partidos y de sus élites oligárquicas han llevado a construir estructuras políticas y electorales verdaderamente kafkianas. Sin embargo, la democracia como modelo procedimental es bastante más sencilla.

Para evitar los conflictos con los dedazos, los candidatos trapecistas, las alianzas que se basa en el pirateo de candidatos destripados y los candidatos pluripartidistas que llegan al poder sin identidad propia y con pugnas entre los grupos internos, el sistema electoral tiene como salida la incorporación de las elecciones primarias. Con ellas, los candidatos saldrían de procesos electorales y no de luchas de intereses entre las élites partidistas.

El mecanismo de las elecciones primarias, con las que el sistema político y electoral de los Estados Unidos ha evitado crisis políticas, es sencillo: los aspirantes a cargos de elección popular se inscriben para competir en unas elecciones especiales abiertas por partidos. El que gane las elecciones primarias es el candidato. Así, la capacidad de designación ya no la tiene el líder del partido, el presidente de la nación o los grupos de interés. Las elecciones son organizadas por la autoridad electoral.

Los partidos, entonces, ya no funcionan como aparatos de poder o de coalición de intereses oscuros. Las dirigencias de los partidos ya no son las oligarquías que defienden intereses de grupo; es la sociedad la que directamente decide por votaciones quiénes deben de ser los candidatos. En todo caso, los partidos funcionan como comités de organización política territorial y sus tareas son las de ser los canales de participación-comunicación-relación entre el gobernante de un partido y los ciudadanos. Y por tanto, los candidatos que ganan adquieren desde el principio un compromiso con los electores y no con las oligarquías de los partidos o del poder.

Por ejemplo, en los Estados Unidos Hillary Clinton era la representante de la oligarquía que sostuvo a Bill Clinton durante sus ocho años de presidente; pero a la hora de las votaciones primarias, la ciudadanía decidió en unas primarias que el candidato del Partido Demócrata era Barack Obama. Al final, las primarias son el ejercicio directo de la democracia electoral.

La implantación del mecanismo de las elecciones primarias terminaría por la fase antidemocrática de designación de candidatos por dedazos, imposiciones de grupos de interés o exclusiones, además de liquidar la fase también antidemocrática de convertir a los partidos en franquicias al servicio de aspirantes destripados en un partido y cachados por otro. Asimismo, las primarias reafirmarían la militancia partidista porque un aspirante a candidato derrotado en las urnas ya no estaría chapulineando a otro partido a sorprender a incautos.

Con las primarias, los ciudadanos ya no dependerían de los intereses de las oligarquías partidistas que deciden por sus ventajas y podrían tener candidatos que realmente respondan a una presencia pública real. Por ello es que la reforma electoral que necesita el país debe de reivindicar la hegemonía del ciudadano, no los compromisos de las élites dirigentes de los partidos.

 

PREGUNTAS SIN RESPÚESTAS

 

1.- Se ha dicho que la reforma electoral de 2007 es contradictoria, ¿en qué términos se le puede considerar así?

La contradicción es de filosofía: se vendió como una idea de fomentar la democracia pero quedó en una reforma de consolidación del modelo político de partidocracia. El paso histórico que dio la estructura electoral fue cuando el Instituto Federal Electoral se hizo autónomo y dejó de ser un apéndice del gobierno federal. La reforma del 2007 dio marcha atrás a ese principio y excluyó a la sociedad. Pero como hemos visto en la experiencia del control partidista, las elecciones son demasiado importantes como para dejarlas en manos de los partidos. El proceso electoral debe regresar a los ciudadanos, sacar a los partidos del IFE y abrirle espacios en la participación de ideas y opiniones.

2.- ¿Qué sucedería en caso de que la Corte resolviera que es legal la reforma constitucional en materia electoral? ¿Qué mensaje estaría dando México como país?

El problema de fondo es que la Corte se enfrenta a un gran dilema que hasta ahora no ha podido resolver, a pesar de su creciente independencia: resolver conforme a derecho democrático o resolver conforme a derecho político. El primero atiende a la causa final de justicia y ésta vista como principio de equidad social. El segundo, el derecho político, se fija en las conveniencias de la coyuntura, los intereses en pugnar y los costos. Lo peor que le puede pasar al derecho es padecer el principio de causalidad.

La verdadera autonomía de la Corte se verá cuando decida en función del derecho, sin atender a los grupos en pugna.

3.- ¿Cómo reaccionarían las organizaciones civiles, los periodistas, intelectuales y el ciudadano en común en el supuesto de que la Corte avale la reforma electoral?

Habría una decepción y quedaría el mensaje de que la transición democrática del 2000 se seguirá quedando sin instauración de una democracia verdadera. La reafirmación de la reforma del 2007 sería la señal de que en el país seguirá prevaleciendo el interés de los partidos.

Lo grave de todo es que hay una presión social por salirse de los cauces institucionales, algo que el politólogo César Cansino ha caracterizado como una “revuelta silenciosa” de la sociedad para hacer política en el espacio público y casi siempre contra partidos e instituciones. Ya las redes sociales cibernéticas han rebasado a los partidos. Basta leer las opiniones de la sociedad cuando la dicen directamente: la revuelta podría convertirse en una rebelión política. El mundo está demostrando que en las calles estará la protesta que no tiene cauces políticos e institucionales.

Las reformas legales no pueden seguir excluyendo a la sociedad. Si lo hacen, habrá una ilegitimidad de facto que ciertamente no será violenta pero que dejará a los partidos y a sus instituciones en minoría.

La decisión de la Corte sobre la reforma electoral del 2007 aclarará el dilema: darle marcha atrás para obligar a los partidos a legislar con democracia o refrendar el desatino de excluir la voz de la sociedad y legitimar la partidocracia.

 

DESORDEN EN EL DESORDEN

 

Aunque se esperaba un inicio apretado, los dos primeros meses del año han estado determinados por la falta de una agenda política y por el desorden en la comunicación. Los asuntos saltan de escándalo en escándalo y el desorden se multiplica en las redes sociales donde las opiniones personales se convierten en temas de debate.

Nadie ha logrado establecer una agenda: al gobierno federal panista le urgen las reformas pero carece de orden en la definición de temas y ritmos de negociación. El PRI debiera estar urgido de definir la agenda del nuevo partido pero a la hora de los jaloneos es el mismo de siempre. Y el PRD sería el más interesado en ordenar su entorno pero su organización tribal lo ha llevado a una disputa por el poder en las páginas de los medios.

El año de 2011 será decisivo para las posibilidades del corto plazo. Bueno, debiera serlo. Pero resulta que no, que el año de 2011 ha estado movido por el desorden en el desorden. Un escándalo estalla para desplazar de la opinión pública a otro escándalo y la sociedad le entra con ganas cuando los escándalos se superponen uno sobre otro.

La crisis del país tiene tres escenarios: el agotamiento del régimen político, el colapso del modelo de desarrollo y la inutilidad del pacto constitucional que nadie respeta. Es decir, las evidencias de que las derrotas presidenciales priístas del 2000 y el 2006 dejaron sin movilidad ni eficacia los instrumentos del poder. Por eso el gobierno panista se encuentra paralizado.

El espacio del debate público por excelencia es el Congreso pero ahí no hay una democracia deliberativa sino guerrerista, casi llegando a los golpes. Las reformas no sólo están estancadas sino que no tienen ninguna posibilidad de llevarse a la negociación. Lo absurdo es que el Congreso --cuyo nacimiento como parlamento en Inglaterra fue sólo para bajar impuestos-- es el que aumenta los impuestos y las contribuciones. Y en lugar de debatir proyectos de nación, en las plenarias de las dos cámaras se desarrollan batallas campales como si fueran sucursales de la Arena México y la lucha libre triple A.

Pero la realidad es implacable: o los partidos, las élites y las organizaciones se desperezan y se sientan a redefinir el proyecto de nación y el modelo de desarrollo o el país seguirá hundiéndose en la mediocridad social y política, con batallas de trincheras por espacios minúsculos de poder. El tiempo apremia, aunque todo indica que en las élites políticas y gobernantes no hay conciencia histórica de las oportunidades del cambio.

 

www.grupotransición.com

carlosramirezh@hotmail.com

 

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