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Lunes 23 de Mayo de 2011

+ España: derrota de izquierda

+ Y revive el fascismo juvenil

 

La protesta juvenil española que se instaló masivamente en la Plaza del Sol de Madrid es apenas la punta de iceberg de una crisis mayor: el colapso de la democracia, el fracaso de la izquierda y la reactivación del fermento del fascismo.

A lo largo de cuatro años, el gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero se negó a reconocer la dimensión de la crisis y llegó ayer domingo a las elecciones municipales y autonómicas con cinco millones de desempleados. Lo peor de todo fue que el huracán de la crisis sin control liquidó electoralmente la propuesta socialista: el Partido Socialista Obrero Español redujo sus propuestas a aguantar el vendaval, iniciar una contrarreforma laboral con el apoyo de los sindicatos socialista y comunista y a maquiavelizar su discurso.

El colapso político español fue producto de una mala gestión económica socialista y contribuyó a desprestigiar al Estado. La etapa socialista de Zapatero destruyó la fortaleza de la economía española postransición y la consolidación de la modernización en los ciclos socialista de Felipe González y conservador de José María Aznar. Pero Zapatero perdió el rumbo político, ideológico y de gobierno y el saldo electoral de ayer domingo derrumbó a la izquierda.

La protesta juvenil de la Plaza del Sol está conformada por un reclamo a la izquierda, al Estado de bienestar que fue mal gestionado y peor administrado por Zapatero y a la democracia que no genera empleo ni bienestar. La protesta de los jóvenes dejó entrever peligrosamente el fermento del fascismo: no importa la democracia sino el salario. La izquierda socialista española se encontró abruptamente con el espejo de su propio fracaso político: le apostó al bienestar sin ideología y la crisis desmoronó las dos variables.

El enfoque político de la movilización juvenil en la Plaza del Sol de Madrid adelanta una ruptura institucional. A los jóvenes no les importa la política ni los partidos ni las instituciones, sino que quieren trabajo e ingresos. Se trataría de un escenario típico de la derecha fascista europea, pero en España expresada por una juventud en un país gobernado por la izquierda socialista. La mezcla es explosiva: jóvenes, socialistas y desempleados.

Lo que fracasó en España no fue el Estado sino la gestión política y gubernamental del Estado. Zapatero hizo avanzar el Estado de bienestar y ante la crisis comenzó a destruir las bases del pacto laboral del Estado de bienestar. Por tanto, el socialismo español perdió la brújula por la ambición de seguir en el poder. Zapatero debió de haber adelantado desde cuándo las elecciones generales, pero se aferró al poder, quiso aplicar las recetas de la derecha y se quedó sin cuerpo ideológico.

El problema de España fue la crisis económica. El colapso inmobiliario provocó quiebras en cadena. El principal daño fue en el empleo. Pero el gobierno de Zapatero confundió los escenarios y acreditó la crisis del empleo no a las condiciones de la economía sino a los contratos laborales: metió al país a un debate sobre el aumento de la edad en retiro, con lo que tapó un hoyo en cuanto al personal pensionado sin trabajar, pero abrió el boquete --que estalló en colapso social en la Plaza del Sol de Madrid-- de disminuir las contrataciones de jóvenes.

España dio el salto cualitativo en desarrollo después de la muerte de Franco y en el escenario de la transición a la democracia. La clave del despegue se localizó en los Pactos de la Moncloa, un acuerdo pluripartidista --con la mezquindad del PSOE-- para rediseñar el modelo de desarrollo; esta negociación modernizó España y la convirtió en la economía más dinámica de Europa.

En la crisis, el PSOE de Zapatero volvió a eludir el bulto de la negociación pluripartidista. El economista Ramón Tamames, quien como representante del Partido Comunista en 1977 corredactó el texto final de los Pactos de la Moncloa, se encontró en el 2009 con Zapatero y le dijo:

--Presidente: no podemos seguir así. Tenéis que cambiar el modelo económico y realizar reformas estructurales. En ese sentido, la idea de los Pactos de la Moncloa es aplicable hoy, ciertamente en un contexto diferente. Hace falta un impulso psicológico global para que la gente piense que todo el arco político está por la labor. Yo viví aquella época y se promovió con entusiasmo, no como ahora.

Zapatero, ajeno a la realidad, contestó con displicencia:

--Mira, Ramón, no os enteráis. Somos (España) los que menos estamos sufriendo la crisis y los que antes vamos a salir. Los indicadores de paro y déficit se van a resolver y no sufrirán los más débiles”.

La realidad se encargó de desmentir a Zapatero: recesión y cinco millones de desempleados. Pero lo grave es el discurso desideologizado de los grupos que protestan. Tres corrientes se han aglutinado en torno a la protesta: los desempleados, lo desalojados por no pagar hipotecas y la “juventud precaria”. Es decir, los perdedores en la crisis, el fermento del fascismo.

En sus manifiestos señalan el hartazgo político:

--Nosotros los desempleados, los mal remunerados, los subcontratados, los precarios, los jóvenes… queremos un cambio y un futuro digno. Estamos hartos de reformas antisociales, de que nos dejen en el paro, de que los bancos que han provocado la crisis nos suban las hipotecas o se queden con nuestras viviendas, de que nos impongan leyes que limitan nuestra libertad en beneficio de los poderosos. Acusamos a los poderes políticos y económicos de nuestra precaria situación y exigimos un cambio de rumbo.

--Somos apartidistas y asindicales… Creemos que otro sistema es posible y por eso, con independencia de la ideología que tengamos, de las creencias... estamos indignados y no vamos a soportar más mentiras de la cloaca gubernamental que padecemos.

La protesta social contra todo y la individualización del sufrimiento es el huevo de la serpiente del fascismo.

 

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carlosramirezh@hotmail.com

 

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