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Domingo 30 de octubre de 2011

+ 2012: puras malas noticias

+ Las revueltas y la democracia

 

La peor mala noticia que se tiene sobre el proceso electoral de julio del 2012 que comenzó oficialmente el pasado viernes 7 de octubre radica en la falta de un árbitro electoral acreditado y con la confianza nacional. La crisis en el IFE no es sólo de imagen sino de funcionalidad y sobre todo de representatividad.

El enfrentamiento del IFE con las televisoras y las empresas radiofónicas por los intentos de censura, la falta de designación de tres candidatos porque los cargos de consejeros electorales son cuotas de los partidos políticos y algunas irregularidades internas que rayaron en la corrupción tienen al Instituto electoral disminuido en su credibilidad.

La crisis del IFE va más allá de las consideraciones personalizables. Se trata de la certeza de que el organismo electoral encara cuatro puntos negativos que le han restado autoridad política, electoral y moral para funcionar en procesos electorales competitivos:

1.- La regresión electoral. El IFE nació en 1990 como instrumento indirecto de control electoral por el Estado priísta pero la reforma de 1996 sacó definitivamente al gobierno de la estructura del IFE y el presidente del organismo quedó en manos del Congreso. Sin embargo, la reforma electoral de 2007 anuló la ciudadanización del Instituto y lo llevó a la partidización por el nombramiento de consejeros como cuotas de los partidos. La disputa por los tres cargos vacantes de consejeros radica justamente en ese reparto de cuotas.

2.- El gigantismo. Si se buscaba un organismo que sólo organizara elecciones, el IFE derivó en una institución tan grande como incontrolable: maneja asignación de gastos, supervisión de campañas, padrón de electores, credenciales de elector. Más que una oficina electoral, se asumió como un poder electoral. Pero su crecimiento lo hizo ya inmanejable y sobre todo excesivamente caro.

3.- El vicio del control electoral. Las reformas electorales han convertido al IFE no es un instrumento de la democracia sino en una especie de policía electoral. Y más que promover los procesos electorales como competencia de ofertas políticas y de gobierno y de asumir la democracia como un debate en el espacio público, el IFE se ha dedicado a sancionar competidores y a cerrarle a la sociedad los espacios de participación electoral.

4.- Y la partidización del Instituto. Los partidos tienen una sobrerrepresentación triple en el IFE: a través de los consejeros que son cuotas de los partidos, la presencia en el consejo general de representantes de los siete partidos políticos y la presencia en el consejo general de los representantes del legislativo que también representan a los siete partidos.

Las elecciones del 2012 serán las más competidas y por tanto requerirán de una instancia electoral promotora de la democracia y no una especie de Ministerio de la Virtud orwelliano. Los actuales funcionarios del IFE parecen no haber entendido que los procesos electorales son una forma de encontrar los verdaderos equilibrios políticos y las actuales correlaciones de fuerzas sociales.

La actual rigidez del Instituto y la mediocridad de sus funcionarios hacen prever que el modelo de autoridad electoral actual carece de operatividad y que no garantizará funcionalidad en julio del 2012. Lo de menos es suponer que después de las elecciones habrá que desaparecer el IFE y crear otra autoridad electoral. Lo importante es prever desde ahora que la elección presidencial se resolverá en tribunales por culpa del IFE.

 

REFORMAS EN EL VACIO

 

Con tantas iniciativas de reformas política, de Estado, del poder y de lo que haga falta, las élites políticas mexicanas sólo andan buscando la solución mágica a los problemas del país: la piedra filosofal para transformar los metales burdos en oro.

Ahora esas élites sacan del sombrero del mago no al conejo sino al gobierno de coalición. Y lo presentan como la respuesta a todas nuestras crisis y a todos los problemas de desarrollo, gobernabilidad y modernización. Sin embargo, los abajofirmantes del desplegado no explican lo elemental: un gobierno de coalición es para mantener/ganar el poder ejecutivo federal o para realizar reformas en el legislativo, no para salvar a una nación.

Pero si los tres principales partidos no son capaces de ponerse de acuerdo entre sus dirigentes, grupos dominantes o tribus, menos querrán una alianza negada por algunas de sus figuras. El problema del país no radica en una reforma que pudiera ser consensuada antes de presentarle. El conflicto es mayor: el proyecto nacional de desarrollo diseñado por el PRI en 1929 y consolidado en la Constitución ya no responde a las necesidades de un país de 110 millones de mexicanos.

Por tanto, como aquí se ha insistido hasta el cansancio, México necesita de un rediseño de su proyecto nacional de desarrollo en función de tres pivotes fundamentales: un nuevo sistema político, un nuevo modelo de desarrollo y un nuevo acuerdo constitucional. Es decir, para usar una referencia también establecida en estas páginas, de un Pacto de la Moncloa para México, a fin de reactivar el desarrollo mexicano, tener nuevos acuerdos sociales y modernizar el desarrollo.

Un gobierno de coalición tiene tres objetivos: ganar/mantener el poder, definir un programa de gobierno conjunto o alguna reforma o preparar la fusión de fuerzas coincidentes en lo ideológico y lo político. Asimismo, hay dos tipos de coaliciones: de gobierno con reparto de carteras ministeriales o legislativas para conformar mayorías en el congreso en la aprobación de reformas. Y hay acuerdos políticos entre partidos --alianzas en candidaturas específicas-- con/sin programas de gobierno. España experimentó el modelo de los Pactos de la Moncloa, Italia firmó pero no operó el compromiso histórico para aliar a comunistas con democristianos y en Francia existió el programa común para la candidatura de Mitterrand por la fórmula comunistas-socialistas.

Las propuestas de reforma del Estado, reforma política, acuerdos sobre iniciativas y ahora gobierno de coalición sólo busca posponer la decisión fundamental que México eludió después de lograr la transición democrática en el 2000 con la alternancia partidista en la presidencia de la república: el  nuevo proyecto nacional de desarrollo vía la instauración de la democracia. El gobierno de coalición propuesto se agotaría en pocas reformas y de poco contenido porque es imposible que PAN, PRI y PRD se pongan de acuerdo en algo.

En todo caso, la propuesta del gobierno de coalición es el recordatorio de que el país podría haber agotado el bono social de la democracia y que el posible regreso del PRI a la presidencia de la república tendría a la oposición de antes --el PAN y el PRD-- como los responsables del fracaso de la alternancia. El problema es que discutir ahora un gobierno de coalición sería otra coartada para los que no quieren reactivar la urgencia der que México complete el ciclo de la transición con la instauración de un nuevo proyecto de nación.

 

LAS REVUELTAS SOCIALES

 

Los efectos sociales de la crisis económica se han convertido en un cargo de conciencia. Pero nada más. Por eso existe una especie de sentimentalismo solidario con la protesta de los grupos identificados como indignados, una clase media pequeño-burguesa que ha salido perdido en las caídas del PIB y que está engrosando el ejército laboral de reserva que representan los desempleados.

La indignación como forma de protesta es igual a… protesta. Es decir, a lo mismo. Las exhibiciones de los jóvenes afectados por la crisis se resumen a plantarse en las calles, insultar a los ricos, quejarse de la falta de empleo y, paradójicamente, utilizar a veces con imaginación su inteligencia pero para la protesta, en lugar de orientarla a crear nuevas formas de empleo y de organización social o a diseñar una propuesta alternativa al neoliberalismo en crisis.

Lo que la crisis necesita no son enojos ni choques con la policía sino la organización de bases sociales para definir un nuevo modelo de desarrollo. En Chile, por ejemplo, los estudiantes están en paro y no pasa día sin que haya choques violentos con la policía; la exigencia es sólo una: educación gratuita en todos los niveles. Pero no hay participación estudiantil para redefinir el modelo productivo, para impulsar la creación de ciencia y tecnología o para sugerir formas de producción estudiantil. Nada de eso: sólo subsidios con los mismos programas de estudio que han generado legiones de profesionistas desempleados. Y eso que los estudiantes están liderados por la secretaria de la juventud comunista, una izquierda de protesta no de propuesta.

En España y en los EU los indignados se conforman con carteles ingeniosos, con aplastarse en zonas frente a empresas financieras y a resistir la intervención de la policía. En España se trata de una pequeña burguesía afectada por la crisis, con un desempleo que les quitó su bienestar y su punto de referencia en la vida. Por eso su acción se reduce a protestar, a gritar, a aplastarse en la Plaza del Sol y no han propuesto ni una sola idea contra la crisis. Más aún: hay indignados que han resultado buenos para la organización social pero sólo quieren su empleo en el sector privado o en el sector público, no una verdadera revolución social.

Las protestas de los indignados no representan una revolución política, ni en España, los Estados Unidos, Chile, Italia, pocos en México y hasta las movilizaciones en el medio oriente. En España piden democracia ya, pero resulta que viven en una democracia con instrumentos e instituciones para el cambio político. En el medio oriente las movilizaciones están acotadas por las creencias religiosas. Y en Chile sólo quieren subsidio, pero en un Estado en profunda crisis fiscal.

Ahora todo se centra en cobrarles impuestos a los ricos. La idea es tardía pero no resuelve el problema fiscal. Y un impuesto a los ricos sin cambiar el sistema capitalista es un clavado al vacío porque la riqueza, con todo, se convierte en inversión productiva. Por tanto, no todos los ricos son malos.

Más que una revolución o que una movilización social, se trata de una revuelta, es decir, de manifestaciones de protesta de sectores afectados por la crisis. Al grito de “acabemos con los ricos”, grupos radicales en los EU se asentaron en Wall Street. ¿Y luego? Quién sabe. Ahí se están quedando, a la espera que alguien --¿Obama?-- le dé sentido a su protesta.

Al final, el capitalismo va a reactivarse y todo volverá a ser como antes.

 

www.grupotransición.com

carlosramirezh@hotmail.com

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