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Miércoles 30 de mayo de 2012

+ Sicilia y sus besos de Judas

+ ¿Cuándo contra Chapo y el Lazca?

 

La reunión del movimiento del poeta Javier Sicilia con los cuatro candidatos presidenciales tuvo tres perfiles significativos:

1.- El silencio del movimiento de Sicilia sobre los capos de los cárteles de la droga, cuya violencia criminal obligó al gobierno a desarrollar la estrategia de combate contra el crimen organizado que se había apropiado de espacios territoriales de la soberanía del Estado.

2.- La negativa caprichosa de Sicilia a reconocer que el 90% de los miles de muertos corresponden a delincuentes y todos ellos caídos en enfrentamientos entre ellos, por lo que sólo la arrogancia de la intolerancia permite seguir refiriéndose a los muertos de Calderón. Sicilia sigue culpando al gobierno de la muerte de su hijo, cuando en realidad fue asesinado por miembros del cártel del pacífico Sur de los Beltrán Leyva.

3.- La reunión en el alcázar del Castillo fue una celada: luego del beso de Judas, Sicilia sentó a cada candidato para regañarlo, insultarlo, reclamarle obligarlos autoritariamente a asumir los criterios de Sicilia. Al final, Sicilia ha exigido a los candidatos y a los funcionarios que ofrezcan disculpas a las víctimas, pero de nuevo nada, pero absolutamente nada, le pide a  los capos que asesinan para vender droga en México.

Las reuniones del movimiento de Sicilia con funcionarios y candidatos no conducen a lugar alguno porque al final de cuentas el poeta practica la ideología del anarquismo católico, es decir, pugna por la desaparición del Estado. Por eso es que su discurso político --que ya no religioso ni de dolor-- se basa en la intención de doblegar al Estado, de cercenarle su tarea obligatoria de ejercicio del monopolio de la fuerza y de poner los sentimientos de ciudadanos individuales por encima de las tareas de gobierno. Por eso Sicilia llevó a miembros de Atenco, el grupo que rompió la estabilidad de la ciudad con sus marchas y sus machetes amenazantes y por eso Sicilia y los de Atenco reaccionaron como víctimas del uso de la fuerza.

Las intenciones del movimiento de Sicilia nada tienen que ver con la paz y la justicia sino que se reducen a detener la acción del gobierno en contra de las organizaciones del crimen organizado que han escalado situaciones de violencia entre sí. La violencia real de estos años ha sido primordialmente por la disputa de territorios entre cárteles de la droga; ahora mismo, por ejemplo, la zona noreste del país ha recalentado la violencia por la guerra --ahí sí-- entre el cártel de Sinaloa de Joaquín El Chapo Guzmán y sus aliados contra Los Zetas de Heriberto Lazcano El Lazca.

Y si en consecuencia los llamados a la paz debieran hacerse contra los cárteles que se protegen en la impunidad de la corrupción y usan los derechos humanos como escudos institucionales, el movimiento de Sicilia tiene el objetivo de detener la acción del Estado que, irónicamente, permitiría que los narcos regresaran a controlar las plazas con la complicidad de las policías, los funcionarios y la propia sociedad que prefiere la riqueza criminal a la crisis de empleo institucional.

Sicilia ha logrado organizar a familiares de afectados por la violencia del narcotráfico, algunos ellos por abusos gubernamentales; para ellos, la salida no sería la investigación y el castigo sino la finalización de la ofensiva estatal contra los cárteles; en cambio, son mucho mayores los ciudadanos y comunidades enteras que estaban bajo el yugo territorial de los cárteles y que fueron liberados con la intervención de las fuerzas federales de seguridad y de las fuerzas armadas y que no merecen el consuelo del Sicilia anarquista.

El silencio de Sicilia ante la violencia criminal de los cárteles y los capos y su conducta arrogante, intolerante y hasta ofensiva contra algunos funcionarios ha convertido al poeta en un fundamentalista de la paz que beneficia a los criminales y su movimiento lo ha llevado a buscar el estado de anarquía sin autoridad gubernamental. Al final, pareciera que la ideología de anarquista católico lleva a Sicilia a apelar a una situación en la que prefiere la presencia de los narcos que la de la autoridad. De ahí, por ejemplo, que el movimiento de Sicilia sea minoritario y no tenga el apoyo de los miles de ciudadanos cuyas comunidades han sido liberadas por la acción de seguridad del Estado y que piden la permanencia del ejército en sus comunidades.

El debate de fondo no radica en el autoritarismo con el que Sicilia quiere imponer sus puntos de vista y a partir de ahí, vía su discurso de reclamos irracionales, obligar a los candidatos a comprometerse con los postulados de su movimiento, sin preocuparse por las comunidades que aún siguen padeciendo la violencia criminal de los cárteles. El silencio de Sicilia ante la impunidad de los grandes capos del crimen organizado no significa un ejemplo de caridad cristiana sino, al final de cuentas, una complicidad por omisión, sin reconocer que justamente esa complicidad por omisión permitió el auge de las bandas criminales y los asesinatos como el de su hijo y sus amigos.

Sicilia no anda en busca de soluciones, sino de oportunidades para descargar con violencia verbal la bipolaridad de su propia corresponsabilidad en el asesinato de su hijo. Porque sólo ese crimen lo obligó a mirar la violencia criminal.

Además, opino que Javier Sicilia, su movimiento, el rector de la UNAM José Narro y los periodistas deben responsabilizar a los narcos de la violencia y los muertos, exigir sin dobleces la rendición incondicional de Joaquín El Chapo Guzmán, Ismael El Mayo Zambada, Heriberto Lazcano El Lazca, Servando Gómez La Tuta, Juan José El Azul Esparragoza, Vicente Carrillo Fuentes y otros capos y demandar la entrega de su arsenal de armas para ser juzgados como responsables de la violencia criminal en el tráfico de drogas y de varios de miles de muertos.

 

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carlosramirezh@hotmail.com

@carlosramirezh

 

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