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Domingo 8 de julio de 2012

+ Conflicto pos-pos-pos-pos electoral

+ Lucha por el poder, no democracia

 

Aunque todos lo esperaban, no deja de llamar la atención el conflicto poselectoral de López Obrador, ahora en medios y no en las calles. Sin que PRI o PAN salgan a debatir las acusaciones sobre el origen de los votos, el candidato perdedor del PRD sabe que será casi imposible revertir su desventaja de 3.3 millones de votos y por eso ha escogido la estrategia de ensuciar la elección.

Al final, el IFE y el TRIFE tienen funciones específicas respecto a las irregularidades en la elección y ninguna de ella podría anular el proceso electoral. De ahí que el enfoque de López Obrador sea endosarle desde ahora a Enrique Peña Nieto su epíteto de ilegítimo y con ello salvar la derrota presidencial perredista.

El debate en la política es otro: los espacios de poder del PRI.

La finalización del proceso electoral del 2012 y los resultados sujetos a validación final en septiembre en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación ha dejado una sensación de que el círculo no se cierra. En efecto, lo que viene ahora es el gran dilema: el candidato ganador se va a quedar con su parcela de poder o tendrá la dimensión del estadista para hacer un diagnóstico crítico y severo del agotamiento del proyecto nacional de desarrollo y buscará un acuerdo para encontrar un nuevo modelo productivo que atienda los rezagos de pobreza.

El poder tiene dos dimensiones: la capacidad de dominar al adversario y someterlo a la voluntad o el ejercicio de las instituciones para atender las demandas de una sociedad marcada por la desigualdad y la marginación. Hay que repetir y repetir el argumento central: el actual modelo de desarrollo sólo tiene capacidad para ofrecerle bienestar real al 45% de los mexicanos; es decir, que el aparato productor de riqueza se hizo chiquito o la sociedad creció demasiado.

Las elecciones del 2012 cumplieron, a jalones y estirones y con denuncias de supuestas o reales irregularidades cometidas por todos los partidos políticos, con la fase procedimental, de cumplimiento de la ley. De nueva cuenta, como ha ocurrido desde 1988, el partido ganador no cuenta con una mayoría absoluta ni con el control del Congreso. Por tanto, carecerá de los instrumentos reales para promover las reformas del modelo de desarrollo.

Lo que viene será la gran decisión del candidato ganador Enrique Peña Nieto y del PRI: administrar su precaria mayoría otro sexenio y remar contra la corriente y la mezquindad de algunas fuerzas políticas o lanzar la gran propuesta de un acuerdo de desarrollo suscrito entre todas las fuerzas políticas, económicas y sociales para rediseñar el proyecto nacional e desarrollo sin los atavismos del pasado. El país bien puede perder otro sexenio en la falta de iniciativa del poder ejecutivo y en el regateo de la oposición, pero el costo será la acumulación de desigualdades, la posposición de reformas y el ir jalando la carreta hasta las próximas elecciones presidenciales del 2018, aunque aumentando la pobreza, la marginación y el desempleo crónico.

Los estadistas se perciben a tiempo o se construyen en la adversidad. Las crisis forjan a los estadistas. Y la visión abierta de los gobernantes abre las posibilidades para las transiciones de una nación en crisis a un país con posibilidades de desarrollo social. Peña Nieto habló de reformas, como todos los candidatos de esta contienda y los del pasado; pero pocos realmente han hecho el esfuerzo de transformar la crisis en despegue.

La democracia es un procedimiento para la elección de los gobernantes, pero éstos se miden por sus propuestas y sobre todo por sus resultados. Peña Nieto ya cerró una etapa, la oposición tiene tiempo no para bloquear al ganador sino para entrarle al debate del futuro nacional. Lo peor que le puede pasar a un país es consolidar la democracia electoral pero pasarse seis años lamiéndose las heridas. México ya vivió un larguísimo conflicto poselectoral de seis años que nada resolvió y que pospuso la agenda del desarrollo.

La elección ya terminó; ahora son tiempos de definir qué país queremos ser o qué nación no vamos a llegar a ser.

 

RESTAURACIÓN O MODERNIZACIÓN

 

En los resultados electorales mexicanos del 2012 la púnica sorpresa fue que no hubo sorpresas; si acaso, el hecho de que la ventaja entre Peña Nieto y López Obrador no fue de 14 puntos que perfilaban las encuestas, sino la mitad.

Las encuestadoras no tuvieron la culpa de haber fallado. Como siempre ocurre, existe un voto oculto que se conoce en la boca de la urna, además de que existió alrededor de un 15%-20% de votantes indecisos que decidieron su voto en el momento de cruzar la boleta. Y en los saldos finales se registró el efecto de la movilización política contra el PRI y contra Peña Nieto.

Pero lo central está lejos de encontrar a quién echarle la culpa de los fracasos electorales. Lo fundamental es tratar de indagar qué escenario se le plantea al país: ¿la restauración del viejo régimen en una realidad política más competitiva o la modernización que exige una sociedad que no encuentra en el actual modelo de desarrollo los satisfactores?

El PRI tiene que haber un esfuerzo doble para redinamizar las expectativas: primero, para definir a sus fuerzas sociales que van a asumir el gobierno federal; y segundo, para establecer las alianzas con otras fuerzas políticas en la lógica de que la base político-electoral del próximo gobierno será de 40% y sin mayoría absoluta en el Congreso.

El punto de partida es complejo: el PRI carece de suficiente fuerza política y enfrenta contrapesos de poder equilibradores como para intentar el regreso al México del 2000; asimismo, el próximo sexenio priísta tendrá que lidiar con una oposición activa y con presencia en todo el país; y también el gobierno priísta va a negociar con poderes no políticos que tienen suficiente fuerza como para contener absolutismos del pasado. De ahí que a pesar de las tentaciones de la victoria, la restauración estaría más lejana de lo que pudiera suponer el entusiasmo priísta.

En todo caso, viendo el asunto desde otro enfoque, los equilibrios políticos y de poder estarían más funcionales para pactar ahora sí acuerdos para la transformación del viejo régimen en un sistema de gobierno más democrático. La demanda de empleo, bienestar y capacidad productiva es más prioritaria que cualquier tentación restauradora.

Los partidos deben entender el mensaje de alternancia de la sociedad: ahora más que nunca la sociedad tiene el poder del voto para poner y quitar gobiernos y partidos. El PAN no pensó en ello y sólo duró dos sexenios. A ver ahora si el PRI entendió los mensajes sociales del 2000 y del 2012.

 

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carlosramirezh@hotmail.com

@carlosramirezh

 

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