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Lunes 9 de julio de 2012

+ AMLO: esconder malas cuentas

+ Ni modo: fue derrota, no fraude

 

Lo paradójico del conflicto poselectoral instrumentado por Andrés Manuel López Obrador es que enarbola la bandera de la democracia para desconocer el ejercicio democrático del proceso electoral.

El problema del tabasqueño radica en cómo explicar que les mintió a sus seguidores, que carecía de información científica para anunciar desde antes que ya había ganado y que pese a sus errores en la colocación del voto oculto y de los indecisos la mayoría de las encuestas sí previeron el orden de llegada y que toda la ofensiva contra Enrique Peña Nieto detrás del mediático YoSoy132 no dio resultado.

Como sabe que legalmente será imposible anular las elecciones y que la compra de votos --que el mismo López Obrador utilizó en el DF y en varias entidades de la república-- será castigadas pero sin afectará el resultado electoral, entonces el gran problema para el liderazgo de López Obrador es convencer a sus 15.8 millones de seguidores de que perdió las elecciones, que no ganó y que el PRI tuvo 3.3 millones más votos que el “rayo de esperanza”.

La estrategia de López Obrador, por tanto, depende de ensuciar la elección, de acusar a todos de corruptos menos él, de imponer el discurso del fraude sin probarlo y de concluir que ganó pero le robaron --¡otra vez!-- las elecciones.

Para legitimarse como líder de la oposición callejera, de marchas que llenan plazas pero no llenan urnas, López Obrador necesita deslegitimar la elección presidencial. Lo hizo en el 2006 cuando perdió las elecciones pero manipuló al PRD para tratar inútilmente de impedir la toma de posesión de Calderón y provocar una crisis constitucional y para desconocer a la institución presidencial. El objetivo hoy es el mismo: fincar su legitimidad en la ilegitimidad de los demás. Sólo que hoy carece de la salida de hace seis años: organizarse su propia toma de posesión, autoerigirse en “presidente legítimo”, designar a su “gabinete”, sentarse en su silla gestatoria del águila, ponerse la mítica banda presidencial, levantar el brazo y jurar como “presidente legítimo” ante la gritos de sus seguidores. En aquella ocasión le faltó su Palacio Nacional de juguete.

Lo malo es que López Obrador, como en el 2006, está metiendo al PRD en problemas: al ensuciar las elecciones, con ello también dejó claro que los votos por el PRD --que fueron muchos-- también están sucios. Por tanto, habría que repetir las elecciones también de gobernador en Tabasco y Morelos, de senadores en donde el PRD pasará de 23 a 29, de diputados donde subirá de 69 a 140 y del DF donde apabulló --en elecciones sucias, usando el lenguaje del propio López Obrador-- a la oposición.

De nueva cuenta López Obrador ha probado que participa en competencias pero no sabe perder. El berrinche poselectoral del 2012 es exactamente igual al del 2006, sólo que ahora con 3.3 millones de votos de ventaja para el PRI. Como hace seis años, el candidato derrotado quiere que las autoridades electorales violenten la ley, tiren a la basura los procedimientos legales, hagan a un lado las actas y las urnas y simplemente le alcen la mano como triunfador.

La denuncia de irregularidades en la compra de votos debe seguir adelante, debe probar los mecanismos usados por el PRI para garantizar votos a cambio de beneficios y debe de conducir a reformas legales que impidan su repetición. Pero también esas investigaciones deben de indagar la forma en que el en DF y en entidades perredistas se usó el padrón de beneficiarios de programas asistencialistas para condicionar el voto; por ejemplo, los beneficiarios de la tercera edad en el DF son acarreados a mítines para agradecerle a López Obrador su pensión de menos de un salario mínimo mensual. En eso de comprometer el voto el PRI y el PRD han sido iguales, sin duda porque provienen del mismo venero populista.

López Obrador tiene un perfil sicológico --siguiendo a Ortega y Gasset-- del “niño berrinchudo” que todo lo quiere sin pasar por las reglas sociales. Por eso va a seguir promoviendo marchas de protestas que no conducirán a nada pero que sí difundirán al mundo la insatisfacción electoral y sus frases cargadas de rencor pero carentes de pruebas concretas y legales.

Por eso es que en sus conferencias de prensa López Obrador sólo hace insinuaciones pero no prueba: “procederá”, “testimonios de observadores” anónimos, “muchos lugares”, “vamos a proceder legalmente”, “usará todos los recursos legales”, “limpiar la elección”, “cuento con información”, “compra de millones de votos”, “reuniones secretas” para ordenar compra de votos, “se presentarán todas las pruebas”, y así por el estilo, pero nada concreto.

Ahora se trata de ocupar las calles con gritos y protestas, aunque apenas una treintena se junte en Nueva York y se quiera vender como la “internacionalización” del conflicto. Lo paradójico es que los chavos del 132 que se han querido apropiar del concepto de democracia y democratización ahora con sus amenazas de estallar una revolución --pese al regaño del EPR por esa frivolidad-- quieren desconocer el proceso electoral democrático; si ellos tiene  pruebas de que no fue un proceso democrático, entonces hay canales institucionales; y si no están satisfechos, hay procesos democráticos para reformarlos. Pero con su discurso autoritario y violento para impedir el funcionamiento de las autoridades electorales los chavos del 132 están a un paso de convertirse en fascios.

López Obrador sabe que no puede anular la elección pero igual va a abrir ese debate. Y cuando haya cumplido todos los procedimientos legales, entonces se relegirá como “presidente legítimo” otra vez en el zócalo y volverá a recorrer el país para amarrar su candidatura presidencial en el 1028. Y así por los siglos de los siglos…

 

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@carlosramirezh

 

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