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Martes 4 de septiembre de 2012

+ Desafío PRD: polarización sexenal

+ Congreso: dos facciones perredistas

 

El dato más revelador de los posicionamientos de las bancadas legislativas y la dirección nacional del PRD arrojaría el primer saldo de una fractura de largo plazo: las pejebancadas enfiladas hacia el bloqueo al PRI y el grupo reformista abriendo espacios de negociación.

El fondo del asunto radica en la identificación de dos enfoques políticos en las propuestas en activo, independientemente de que algunas otras viejas tribus carezcan de dinamismo:

1.- La neocardenista-neopopulista que ahora encabeza López Obrador, aunque cada vez más alejada del cardenismo de la segunda mitad de los años cuarenta del siglo pasado y más dominada por el neopopulismo asistencialista con sectores del lumpen. Este grupo se mueve en la nostalgia de la Revolución Mexicana, cuando la sociología de las clases sociales es otra en el siglo XXI.

2.- Y la socialdemócrata conservadora que tratan de estructurar Manuel Camacho y Marcelo Ebrard, pero sin tener bases perredistas sólidas y sólo operando en algunas élites. Carentes de una ideología formal, colocados más en el sentido de la oportunidad política, temerosos de crear un consenso alrededor de la socialdemocracia, los miembros de este grupo han tenido dificultades para fijar una idea-fuerza y lamentablemente para ellos han tenido que colocarse en el furgón de cola del imparable tren lopezobradorista.

En medio de ambas van a seguir pululando, a la caza de beneficios circunstanciales de algunas de las dos corrientes, los grupos de presión sin control, anarquistas, sin propuestas coherentes y más orientados a la movilización callejera contra el capote rojo de las reformas inevitables que como diseñadores de alternativas: lo mismo ese viejo sindicalismo fidelvelasquista del SME, que los violentos PanchosVillas, los atencos protegidos por López Obrador y los jóvenes-viejos del YoSoy132 ahora controlados y dominados por las corrientes antisistémicas de la UNAM.

Los principales problemas que enfrentan ambas corrientes perredistas, la neocardenista-neopopulista y la socialdemócrata, son principalmente dos: el estilo priísta mesiánico y caudillista de López Obrador y la ausencia de un verdadero partido político de la izquierda y de la clase trabajadora. Estos dos obstáculos han impedido que la oposición centro-progresista fije rumbo, de ideas y de conquista de sectores sociales activos y productivos. Al final, el PRD ha tenido que someterse al funcionamiento caudillista-cesarista de López Obrador.

Y el problema de López Obrador radica en su ambición de poder, en su incapacidad para convertirse en un verdadero líder de una oposición centro-progresista y derivar en un Caudillo dominado por la pasión del centralismo político. En el sexenio 2000-2006 usó los recursos públicos del gobierno del DF para construir su candidatura, en el sexenio 2006-2012 instauró una patética “presidencia legítima” para fortalecer su liderazgo personal y para el sexenio 2012-2018 prepara una corriente de confrontación a Peña Nieto para obstaculizar acuerdos políticos.

El PRD enfrenta el peor de los mundos, no sólo por el dominio caudillista en sus direcciones políticas desde su fundación en 1989: la ausencia de definiciones doctrinarias. La mediocridad de las direcciones partidistas de Jesús Ortega y ahora de Jesús Zambrano ha sido producto de la ausencia de debates ideológicos internos y del uso de las posiciones burocráticas para afianzar grupúsculos en el poder partidista. Desde los primeros posicionamientos de Cuauhtémoc Cárdenas en el periodo 1985-1994, el PRD ha carecido de agitación ideológica interna.

En lugar de cohesionar al partido en las derrotas de 1994, 2000, 2006 y 2012 y en vez de catapultar las victorias de 1997 en el Congreso y del gobierno del DF en el 2000, 2006 y 2012, el PRD aparece arrastrado a las corrientes de los rápidos del cualquier río salvaje. El radicalismo de López Obrador del 2000 al 2012 ha creado un liderazgo autoritario en el PRD pero a costa de divisiones internas y de la imposibilidad de definir un proyecto coherente de propuestas políticas, además de que ha alejado de las simpatías a la clase media que ha anhelado el cambio político, que le apostó a una alternancia conservadora durante dos sexenios y que finalmente decidió regresar al PRI no en función de esperanzas democráticas sino de alguna política social más articulada.

La primera aparición política del PRD en función del sexenio 2012-2018 --la instalación del nuevo Congreso general-- mostró a un perredismo oscilando entre la vieja y desgastante oposición estridente, marcada por el odio y sin posibilidad de diálogo, y una facción más estable que prefirió pasar a la discreción que seguir las pasiones lopezobradoristas del resentimiento. Pero el PRD tendrá que decantarse en función de las reformas estructurales que se avecinan y que encarar, si quiere tener resultados, los viejos dogmas populistas del PRI ahora magnificados por el neopopulismo lopezobradorista.

Los primeros indicios de lo que viene en el PRD los ha dibujado López Obrador al tener la percepción de que la única forma de mantener la cohesión de sus seguidores es la oposición antisistémica por otros seis años, bloqueando cualquier reforma. Con ello López Obrador sigue demostrando que no es un estadista sino un agitador social, un opositor por único camino y no un constructor. Y lo paradójico es que López Obrador es un adorador del viejo PRI populista que el PRI que le apostó al neoliberalismo cuando no vio puertas de salida presupuestal a su vieja ideología social.

Si el PRD se vuelve a paralizar entre las corrientes neocardenista-neopopulista y socialdemócrata, sus posibilidades electorales serán mucho menores para el 2018, aunque siga avanzando a nivel legislativo y regional. Por lo pronto, es de esperarse que López Obrador anuncie su reelección como presidente legítimo el próximo domingo en el zócalo.

 

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carlosramirezh@hotmail.com

@carlosramirezh

 

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