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Viernes 7 de septiembre de 2012

+ AMLO: anarquismo aniquilador

+ El mejor gobierno no gobierna

 

Derrotado porque las instituciones electorales no aceptaron sus argumentos para invalidar las elecciones presidenciales y luego de desconocer los resultados de los organismos acreditados constitucionalmente para calificar elecciones, Andrés Manuel López Obrador dará el domingo un paso hacia el abismo político.

Arropado por las masas que lo han seguido en su camino hacia la rebeldía político-electoral, el tabasqueño convocará a la desobediencia civil aunque no contra el IFE ni el Tribunal Electoral federal sino contra el Estado. Pero lo que hasta ahora no ha entendido López Obrador es que la desobediencia civil es una estrategia anarquista y por tanto conservadora porque sobrepone al individuo por encima del pacto social del Estado.

El individualismo anarquista de la desobediencia civil apuesta a la ruptura de la convivencia social. El ideólogo de la desobediencia civil, Henry David Thoreau (1817-1862), partió de dos principios:

--“El mejor gobierno es el que menos gobierna”.

--El mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto”.

Y si el Estado es el contrato social para otorgarle poder a una institución a fin de regular la convivencia con reglas y convenciones y se creó en la doctrina de Hobbes para evitar la guerra de todos contra todos, la eliminación del Estado y la falta de acatamiento de las reglas establecidas regresaría a la sociedad al individualismo del “estado de naturaleza”.

Por tanto, la desobediencia civil de las leyes del Estado implica la anulación del Estado para regresar también a la anarquía. Y tan se trata de una doctrina conservadora en términos ideológicos, que la estrategia de la desobediencia civil fue privilegiada por el PAN en los setenta y los ochenta en contra del autoritarismo del PRI, pero en un sistema de representación política con una mayoría aplastante del priísmo.

En este contexto, la desobediencia civil o el desconocimiento de la autoridad del Estado como un contrato social para regular la convivencia entre los individuos implicaría el peor regreso a los tiempos del conservadurismo que privilegiaron las monarquías para gobernar sin el pueblo. En todo caso, las oposiciones han fracasado en México para construir instituciones electorales que garanticen la representación plural de la sociedad.

El anarquismo antiestatista privilegia el individualismo como partición de los hombres pero deriva, como es obvio, en despotismo y absolutismo de los líderes. López Obrador no reconoció los resultados electorales dictaminados por autoridades constitucionalmente designadas y menos aún reconoció lo que probaron esas autoridades sobre la fragilidad de las pruebas presentadas. El individualismo absolutista de López Obrador exigió que las autoridades aceptaran las pruebas no en función de lo que las leyes exigen para su consideración sino a capricho del denunciante.

Cuando fue sometido a un proceso de desafuero por violar un amparo, López Obrador estableció el principio de definición del anarquismo individualista: aceptar las leyes que el afectado considere viables, no las leyes por sí mismas. Hoy repite la dosis: el candidato perredista derrotado exigió que el Tribunal Electoral aceptara las pruebas de la coalición neopopulista no por cumplir con requisitos sino como un acto de fe, le quitara cinco millones de votos a Peña Nieto, no tomara en cuenta las pruebas de compras de votos y tráfico de dinero para elecciones que realizaron empresas ligadas a López Obrador y por consiguiente decretara la victoria perredista por dos millones de votos a su favor.

La desobediencia civil como doctrina anarquista de protesta conservadora será ahora la salida de emergencia de López Obrador. Pero se trata de una propuesta reaccionaria y, peor aún, dictatorial. Lo señaló el propio Thoreau porque el pueblo en el poder gobernará no por ser mejor sino más fuerte:

“A final de cuentas, una vez que el poder está en manos del pueblo, la razón práctica por la cual se permite que una mayoría mande, y por mucho tiempo, no es porque ésta tienda más a estar en la correcto ni porque esto parezca más justo a la minoría, sino porque físicamente es más fuerte”.

El anarquismo de Thoreau fue radical porque incluso aceptó la desaparición del pueblo, referido a su oposición a la guerra contra México a mediados del siglo XIX: “el pueblo tiene que cesar de tener esclavos y de hacer la guerra a México, aunque le cueste su existencia como pueblo”. Los liderazgos anarquistas derivan en sociedades comunales controladas por caudillos.

Asimismo, del sistema de representación política se sustituye por las sociedades tribales dominadas por el más fuerte y el más fuerte no necesariamente es el que domina físicamente a los demás sino el que acaudilla las protestas. En lugar de que la minoría se convierta en contrapeso de la mayoría para acceder al sistema de toma de decisiones, esa minoría prefiere renegar del Estado y pugnar por su desaparición para regresar al absolutismo del más fuerte que siempre es el que más fuerte grita.

 Por tanto, el modelo de desobediencia civil de López Obrador no es el del Estado sino el del individualismo dirigente, no la democracia representativa para crear instituciones en función de la pluralidad de la sociedad sino la democracia directa donde la minoría activa y su Caudillo aplastan a la mayoría democrática.

 

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carlosramirezh@hotmail.com

@carlosramirezh

 

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