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Domingo 23 de septiembre de 2012

+ AMLO, sólo llanero solitario

+ Costos políticos de separatismo

 

Si se lee bien el sentido de la separación de Andrés Manuel López Obrador para fundar su propio partido, el saldo se presenta como una mala noticia para la amplia coalición neopopulista centro-izquierda: cualquier intento de acuerdo para las reformas va a encontrar con el no recurrente del tabasqueño.

Pero lo que López Obrador no ha entendido hasta la fecha es el hecho de que su fraccionalismo le reduce margen de negociación a la coalición que representa casi un tercio del electorado reduciéndola a dos posiciones de poco más de un sexto de la base política --en el mejor de los casos 15% para el PRD y 15% para el Movimiento lopezobradorista--.

Como era previsible, López Obrador va a trabajar para su propia conveniencia y no para conformar un sólido frente centro-izquierda de cara a las reformas indispensables que inevitablemente el PRI de Enrique Peña Nieto tenderá que encarar para cuando menos darle un poco der impulso al crecimiento económico. Y de paso, el radicalismo neopopulista y priísta del viejo régimen de López Obrador para disminuirle movilidad al PRD para sumarse a las reformas estructurales.

El juego de tres partidos dominantes estaría conduciendo al sistema político a cuando menos tres alianzas estratégicas: PRI-PAN, PAN-PRD y PRI-PRD y a la alianza mayor PRI-PAN-PRD. La inclusión de del Movimiento de López Obrador como partido introducirá un nuevo jugador en el tablero, sólo que se trata de un jugador que no quiere jugar con los demás y que exige que se sumen a su proyecto.

Por lo pronto, el cuarto jugador no buscará definir su agenda y negociarla sino que se opondrá a las reformas que pudieran pactar los otros tres. Y lo de menos es que se ajuste a las condiciones del juego --mayorías construidas a base de entendimientos--, sino que desde su mayoría ocupará las calles para intentar frenar acuerdos de las otras tres fuerzas o cuando menos para desprestigiarlas. Lo malo es que las propuestas de reformas de López Obrador son otra que la restauración del viejo PRI populista de los tiempos de Echeverría y López Portillo y muy lejos del PRM del general Lázaro Cárdenas.

Lo que debe venir es la definición política del PRD, aún a costa de perder afiliados: con el modelo socialdemócrata que están impulsando Manuel Camacho y Marcelo Ebrard o seguir cargando con los radicalismos de López Obrador que alejaron al partido de las urnas y le dieron la victoria al PRI y que dejaron al PRD fuera de las negociaciones políticas durante doce años.

El PRD debe entender que López Obrador no es un jugador justo que compite para ganar o perder sino que asiste a las competencias para ganar o denunciar fraude y ensuciar los procesos e instituciones electorales. Y el PRD debe tener claro que López Obrador va a seguir siendo el centro político mientras le dure el ánimo político y será imposible hacerlo entrar en razones sobre la institucionalidad.

Pero en función del realismo político, el PRD debe buscar su propio espacio y olvidarse de complacer a López Obrador. Si no lo hace, el tabasqueño seguirá mandando en el partido aún desde fuera. De ahí que el dilema del PRD haya quedado claro: o el modelo de partido con un proyecto político claro o el cesarismo de un dirigente que impone decisiones a capricho y en función de objetivos personales.

 

AMLO, EL LLANERO SOLITARIO

 

Era inevitable que el PRD y Andrés Manuel López Obrador llegaran a ese punto contado por Borges como una historia de decisiones finales: el jardín de los senderos que se bifurcan. El PRD decidió irse por el camino de la lucha política en las instituciones y el tabasqueño prefirió el de la agitación social.

Los dos, a veces, suelen llegar al mismo lado; y los dos requieren de paciencia, organización y sobre todo tolerancia. Lo grave, sin embargo, radica en que una separación amistosa, anticlimática y diríase que hasta pactada, pero al final de cuentas una separación, el eterno lastre de la izquierda. Y si bien se entienden los objetivos finales, se trata de llegar al mismo lugar sólo que por rutas diferentes.

De 1968 a 1989, la izquierda avanzó hacia el objetivo de la unidad, a pesar de la imposibilidad que mentes pensantes y posiciones políticas activas aceptaran la disciplina de partido. Y de 1989 a 2012, la gran coalición neopopulista de centro-izquierda no hizo más que marcar sus diferencias y telescopiar su inevitable desagregación.

Cuando el Partido Comunista Mexicano solicitó su registro legal en 1978 con el discurso de su papel clave para frenar la derechización del régimen político priísta, el entonces secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, reviró diciendo que la derechización de la política era responsabilidad de la izquierda porque no había sabido hacer contrapeso.

La división de la coalición de centro-izquierda ha sido la mejor noticia para el PRI, aún por encima del dictamen final del Tribunal Federal Electoral para declarar presidente electo a Enrique Peña Nieto. El contrapeso del PRD-PT-MC será menor en el Congreso si López Obrador va a preferir las manifestaciones callejeras. En su papel de líder de masas, agitador social y caudillo de plazas llenas, López Obrador nunca entendió la lógica del poder político en el sistema mexicano: la legalización del PCM representó la posibilidad de que la izquierda llegara al poder institucional; el debilitamiento del PRD significará, al final del día, la reducción del margen de maniobra del perredismo para conquistar alguna vez la presidencia de la república.

La construcción del partido Morena, el fortalecimiento del liderazgo social de López Obrador y el reacomodo de bases a lo largo de los próximos seis años enviaron el mensaje de que la coalición centro-izquierda no llegará unida al 2018 y por tanto habría dos candidatos presidenciales: López Obrador-Morena y el del PRD. Con olfato político ya lo adelantó Manuel Camacho Solís: sería suicida la existencia de dos candidatos presidenciales de centro-izquierda en el PRD.

La decisión de López Obrador no implica una salida amistosa. Se trató de la separación de caminos para el mismo objetivo: la presidencia 2018. Pero con una coalición centro-izquierda dividas y la caída del PAN al tercer sitio electoral, el PRI tendrá cuando menos dos o tres sexenios para moverse con tranquilidad. Marcelo Ebrard tratará de quedarse con el PRD, pero tardará años en asentar el reacomodo de masas perredistas-morenistas.

López Obrador cabalgará desde ahora como el llanero solitario por las praderas de la política mexicana. Al final, el tabasqueño prefirió privilegiar su voluntarismo personal --el síndrome del niño caprichudo, diría Ortega y Gasset-- en lugar de la unidad de izquierdas que sería la única posibilidad de alcanzar el poder presidencial.

 

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carlosramirezh@hotmail.com

@carlosramirezh

 

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