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Miércoles 26 de septiembre de 2012

+ Sindicatos y fin de sistema-PRI

+ De estabilidad social a estorbo

 

Más que la intervención en la vida interna de los sindicatos, la iniciativa de reforma laboral del presidente Calderón debe debatir el fin del modelo histórico de relación de sindicatos con el Estado que se firmó en la Revolución Mexicana y en los hechos completa la reforma neoliberal del gobierno de Carlos Salinas.

Y lo que los sindicatos no han entendido es que la reforma laboral sería una consecuencia lógica de la reforma económica que inició Salinas en 1982 en la Secretaría de Programación y Presupuesto al colocar al mercado por encima del Estado y al asumir el salario y el bienestar de los trabajadores como una variable estabilizadora y no como un objetivo de justicia social.

Por tanto, la reforma laboral de Calderón se localiza más en la reforma del Estado que inició Salinas y que privatizó el ejido, disminuyó el papel del Estado, privatizó las empresas públicas, reconoció los derechos de la iglesia católica e integró la economía a las necesidades de la producción estadunidense.

En este contexto, la reforma laboral de Calderón afecta más al PRI que a los sindicatos y a los trabajadores porque simplemente reconoce legalmente que el sistema político priísta ya no necesita de los sindicatos y trabajadores como elementos de la estabilidad social. Se trataría, en consecuencia, de completar el gran salto modernizador del sistema político dándole al Estado la oportunidad planteada por Salinas en su proyecto de modernización política: la autonomía relativa del Estado con respecto a las clases en pugna.

La gran decisión de la reforma laboral pasó del espacio del PAN a los dominios del PRI. De hecho, el PAN debió de haber colocado la reforma laboral, luego de la modernización neoliberal salinista en el periodo 1980-2000, como la prioritaria en el 2000 para meterse en la alternancia de sistema político-productivo. Sin embargo, Vicente Fox prefirió la comodidad de entenderse con el PRI que responder al desafío de la transición. Al terminado el ciclo panista de dos sexenios presidenciales, el PAN lanza la iniciativa de reforma laboral para obligar a la definición de modelo de desarrollo del PRI.

Los sindicatos tienen poco que hacer. Su historia ha estado llena de derrotas: primero fueron peones del Estado para consolidar la Revolución, luego aceptaron convertirse en sector cardenista más como instrumento de control social y como ariete contra los empresarios que por afanes de justicia, más tarde aceptaron su charrización con el proceso de líderes charros controlados por el PRI y por el presidente, también guardaron silencio ante la represión priísta de finales de los cincuenta y los sesenta, nada hicieron ante el liderazgo férreo de Fidel Velázquez como el eterno líder sindical del Estado priísta, en 1981 salieron derrotados en su disputa por la nación con la victoria del neoliberalismo de Salinas, en 1989 vieron con pavor el quinazo de Salinas contra los sindicatos petrolero y magisterial y callaron con la reforma salinista de declinación del Estado y el auge del mercado.

La gran derrota funcional de los sindicatos ocurrió cuando aceptaron el argumento salinista de que el salario era una variable y no un compromiso histórico; ahora la decisión de romper con la estructura de poder sindical es una decisión inevitable ante la corrupción política, moral y ética de los líderes sindicales como explotadores de los trabajadores por el manejo de las cuotas. Los líderes sindicales que hoy toman calles son los mismos que aceptaron el modelo neoliberal de Salinas.

El PRD ha caído en la trampa del oportunismo vulgar al salir en defensa no de los trabajadores sino de los líderes sindicales enquistados en los sindicatos. Ahí está el neoperredista Francisco Hernández Juárez como el Fidel Velázquez del sindicalismo “progresista”: en 1976 derrocó al líder telefonista Salustio Salgado por eternizarse en el poder y lleva 36 años de líder telefonista y ahora el jefe de jefes del cártel de sindicatos revolucionarios y jefe sindical funcional al PRD.

Los sindicatos fueron poderosos cuando garantizaban la estabilidad del Estado y del PRI; hoy que el sistema productivo es de mercado, los sindicatos son un estorbo productivo. En 1981 los sindicatos percibieron que carecían de fuerza cuando lanzaron una iniciativa política --documentada con precisión por Carlos Tello y Rolando Cordera en su ensayo México: la disputa por la nación-- para tratar de imponer el proyecto popular de nación ante el proyecto neoliberal, pero a la larga la victoria la consiguió Salinas.

La gran oportunidad para los sindicatos radica en acomodarse al nuevo sistema productivo. La gran alianza histórica del Estado con los trabajadores terminó en 1982 con el arribo de los tecnócratas al poder priísta y a la presidencia de la república. El sindicalismo controlado por el PRI vía la estructura corporativa creada por Lázaro Cárdenas se va a someter a los intereses del gobierno priísta; y el sindicalismo de oposición carece de líderes carismáticos y honestos.

Al final, la decisión de reforma laboral ya no será del PAN sino del PRI que regresa a Los Pinos y que necesita, como Salinas en 1989, tirar lastre corporativo por el alto costo económico y productivo del modelo de organización sindical. No será una novedad: Benito Juárez como presidente de origen indígena puro fue el encargado de reprimir a los indígenas autonomistas --la segunda conquista-- y sólo así, con el ejército, instaurar las bases del capitalismo democrático que representó el liberalismo social.

Paradójicamente, el PRD y el movimiento juvenil YoSoy132 han quedado como defensores del sindicalismo del viejo PRI, del sindicalismo al estilo Fidel Velázquez.

 

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carlosramirezh@hotmail.com

@carlosramirezh

 

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