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Martes 16 de octubre de 2012

+ Buendía: fuegos de artificio

+ Libro oportunista de Granados

 

SI algo destacó en el oficio periodístico de Manuel Buendía, el de la investigación a fondo fue el prioritario. Por eso decepciona quienes aprovechan materiales a medio redactar para beneficiar al autor y no al protagonista.

El libro Buendía: el primer asesinato de la narcopolítica en México, acreditado a textos que estaba trabajando Miguel Angel Granados Chapa antes de morir, frustra el intento de lo que se quiere imponer: la existencia en 1984 de la narcopolítica. Y no porque no existiera, sino porque el armado de los textos queda sólo en apuntes carentes de investigación periodística más allá de los recortes, los rumores y las intenciones ajenas a la denuncia profesional.

En todo caso y de manera paradójica, los textos de Granados que sus descendientes decidieron publicar sin el rigor periodístico sólo confirman que Buendía fue asesinado cuando comenzaba a publicar algunas informaciones sobre el narcotráfico en México pero sin probar la tesis de que el asesino fue José Antonio Zorrilla Pérez, entonces director de la Federal de Seguridad, la policía política del Estado dependiente del secretario de Gobernación y del presidente de la república.

Los datos de los textos de Granados parecen tener --tal cual fueron redactados-- la intención previa de incriminar a Zorrilla como el operador y único autor del crimen. Sin embargo, en los textos no existe ninguna investigación real, a fondo, propia, sino sólo el registro de versiones, muchas de ellas contradictorias. Extraña el hecho porque Granados era un periodista riguroso en la confirmación.

La parte central que trata el asesinato del columnista de Excelsior el 30 de mayo de 1984 se basa en páginas de los 57 tomos de las causas penales 104/889 y 107/89, redactado por Tomás Tenorio Galindo, periodista investigador de asuntos político-policiacos y funcionario público. El libro sólo incluye doce y media páginas de Granados sobre el asesinato, pero con conclusiones y ninguna indagación propia o razonamiento; son páginas que simplemente acusan a Zorrilla.

La parte de Tenorio Galindo --treinta y ocho y media páginas, el 13% del total-- mezcla los datos de los documentos de la causa penal con conclusiones propias, pero sin llegar a hacer siquiera algún razonamiento lógico; peor aún, ese resumen peca de inducciones tramposas que tratan de eludir las contradicciones en las declaraciones ministeriales. Por tanto, no se trata de un texto de periodismo analítico sino de una causa penal adicional basada sólo en el criterio original de que los datos oficiales tienen que probar que Zorrilla fue el único operador del asesinato de Buendía.

De ahí que el libro acreditado póstumamente a Granados Chapa --y que hoy martes se presentará públicamente-- no sea periodístico sino acusatorio, lo cual no se vería mal si no fuera porque los organizadores del material quisieron meterse de lleno --y de paso a Granados Chapa-- en la parafernalia periodística del ambiente del narcotráfico. Peor aún, el libro de Granados pudiera ser la simiente de un buen reportaje sobre el narco, la política y el periodismo, pero al final quedó en un libro de escándalo.

Lo malo fue que la fallida parte del narcotráfico oscurece la verdadera aportación periodística de Granados Chapa: la primera aproximación biográfica a uno de los periodistas más importantes del periodo 1970-1984 del México en crisis de transición y fundador del columnismo político de investigación. La parte biográfica de la carrera profesional de Buendía es apenas el primer esbozo para ofrecer la construcción de un periodista crítico. Los capítulos 2 al 7 parecen ser apenas los trazos de un análisis que ya Granados Chapa no pudo hacer porque el cáncer lo destruyó tempranamente.

En la parte de Tenorio Galindo hay contradicciones serias. Una de ellas es fundamental: la leyenda urbana dice que Zorrilla coordinó el asesinato de Buendía la tarde del 30 de mayo y lo hizo desde su oficina, donde dio órdenes personales a uno de sus comandantes, Juventino Prado, para matar al periodista. Sin embargo, investigaciones posteriores probaron que Zorrilla no estuvo en su oficina a la hora denunciada por Prado sino que comía en un restaurante. El redactor Tenorio Galindo resuelve el misterio con la conclusión propia de que las instrucciones del crimen las pudo haber dado Zorrilla desde su oficina “o desde el (restaurante) Champs Elysées”.

Luego narra la “confesión” de Rafael Moro Avila, el rockero y agente de la Federal de Seguridad que fue sentenciado como asesino material, pero resulta que hubo retractaciones de Moro y su propia confesión debió de haber quedado sin valor. Además, hay un misterio no resuelto: la policía hizo un muñeco de tamaño natural del asesino y su complexión es mucho menor a la de Moro. Asimismo, Tenorio resuelve a su modo otra contradicción: el color de la piel del asesino, según testigos: era oscura; por tanto, afirma Tenorio, Moro “iba maquillado con tono oscuro, seguramente para confundirse con El Chocorrol”, presunto cómplice de Moro pero más bajo, flaco y moreno.

Paradójicamente, la lectura del libro organizado por familiares y acreditado a Granados Chapa sólo confunde las versiones oficiales y deja la sospecha de que Zorrilla no asesinó a Buendía. Y lamentablemente el libro no cumple con el objetivo del título respecto a la narcopolítica, porque deja la conclusión de que Zorrilla habría actuado como asesino solitario pero sin contexto político.

 

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carlosramirezh@hotmail.com

@carlosramirezh

 

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