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Martes 27 de noviembre de 2012

+ Peña 2012-2018: tres herencias (2)

+ Y tres grandes reformas pendientes

 

El regreso del PRI a la presidencia se va a mover entre dos grandes escenarios: el colapso del PAN y del PRD cuando menos durante dos sexenios más y la necesidad de ofrecer resultados en materia de bienestar y democracia.

En este contexto, la presidencia de Enrique Peña Nieto oscilará en los pantanos del pasado y los rápidos de los ríos del presente; del primero el PRI aún le debe al país una revisión crítica de las tres herencias malditas que se colapsaron en el 2000: la represión, la corrupción y la pobreza; en la segunda se localizan los tres desafíos de la modernización: las reformas del sistema político, del modelo de desarrollo y del pacto constitucional.

Pese al bono democrático de Peña Nieto, el PRI podría ser el principal problema, como lo fue en una de las grandes modernizaciones productivas recientes: la de Carlos Salinas de Gortari, cuya experiencia terminó, aún sin tenerse las pruebas de un asunto de poder o de asesino solitario, con el asesinato del candidato presidencial priísta Luis Donaldo Colosio en marzo de 1994.

La división de la izquierda y el desmoronamiento del centro-derecha podrían ser la oportunidad para que el PRI le entre de lleno a la modernización como partido o la coartada para en realidad no hacer nada y dedicarse a consolidarse en el poder. Por lo pronto, Peña Nieto se impuso su marco de referencia político: el compromiso de “la presidencia democrática”.

Lo fundamental de ese discurso, pronunciado el 21 de mayo del 2012 después de los incidentes en la Universidad Iberoamericana, fue el reconocimiento a la nueva dinámica social y política de la república y a las conquistas ciudadanas de libertad, muchas de las cuales habían sido arrancadas al PRI antes de la derrota del 2000. Y el desafío no es menor, por ejemplo, por el cruce del compromiso democrático público con la reorganización del sistema de seguridad y por la existencia de una oposición estridente en la izquierda y complaciente en la derecha.

El gobierno de Peña Nieto y el PRI tendrán que moverse en medio de una sociedad no partidista que ganó espacios de democratización y a la que no se podrá acallar con los viejos métodos de represión del pasado. Y peor aún, tendrán que auto controlarse por la ineficacia del PRD y del PAN en eso de los controles democráticos y la tendencia de ambas formaciones políticas hacia el escándalo y la denuncia sin comprobaciones.

La novedad en el escenario político del sexenio de Peña Nieto se localiza en los medios de comunicación escritos y radiofónicos y no pocos en la televisión abierta. El viejo presidencialismo se forjó a través del control de la comunicación que tenía en el poder centralizado las formas de coerción; pero en los sexenios de Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo los medios saltaron a la política crítica y demolieron las bases autoritarias del sistema político, como el propio Peña Nieto lo sufrió en la campaña con informaciones no sólo críticas sino agresivas.

Este nuevo escenario político obligará a Peña Nieto y al PRI a construir nuevas bases de relaciones de poder y nuevas formas de ejercicio de la política. Como nunca antes, la configuración de una doctrina de derechos humanos en la Constitución ha fijado un muro de contención de prácticas autoritarias a las que el viejo PRI no estaba acostumbrado.

La peor noticia para los avances políticos la constituyen la división de la izquierda neopopulista por el fundamentalismo de Andrés Manuel López Obrador y la orfandad ideológica del PRD surgido de las cenizas del viejo PRI populista y la fractura del PAN por su incapacidad para modernizar sus ideas políticas y la disputa por el poder muy al estilo perredista. Sin acotamientos a ambos lados, el PRI podrá tener la tentación de intentar reconstruir su pasado.

La salida del PRI radica en tomar la iniciativa para la reconfiguración del régimen político que ya no le funciona para sus planes de consolidación en el poder ni para construir una nueva clase política gobernante. Peña Nieto tendrá que lidiar con el PRI y con los cacicazgos regionales, aunque sin regresar al centralismo presidencialista. Al final de cuentas, el saldo sexenal de Peña Nieto no se medirá por el nivel de control político sino por la salida de México de la crisis estructural de desarrollo que mantiene los altos niveles de pobreza.

En su discurso oficial de comienzo de sexenio tendrá que basar Peña Nieto su nuevo consenso político nacional. Los temores al regreso de los viejos vicios del PRI deben erradicarse con compromisos en los tres temas fundamentales que crearon el periodo modernización impulsado por la Revolución Mexicana: el modelo de desarrollo, el sistema político y el pacto constitucional. Por primera vez el PRI necesita abandonar los discursos del continuismo o del pasado, por mucho que alguna parte importante de la votación de julio haya sido por el regreso de la experiencia priísta en el ejercicio del gobierno.

En 1994 el entonces diputado electo y jefe de la bancada priísta que tomaría posesión en septiembre, José Francisco Ruiz Massieu, afirmó que “las transiciones las hacen los dinosaurios”, como había ocurrido en España, la Unión Soviética, Portugal y otras experiencias democratizadoras. Tres sexenios después el PRI en la presidencia enfrenta el mismo escenario desafiante: o la modernización nacional o el hundimiento del país en la decadencia y la mediocridad.

Ahí se localiza el dilema del PRI: aferrarse al poder con los viejos métodos o construir una salida modernizadora que el salinismo neoliberal no pudo completar por los rezagos políticos y laborales o presentar vía Peña Nieto un nuevo modelo de desarrollo que genere su propias correlaciones de fuerzas sociales, políticas y productivas. En el sexenio que comienza el próximo sábado no habrá términos medios.

 

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carlosramirezh@hotmail.com

@carlosramirezh

 

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