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Miércoles 5 de diciembre de 2012

+ Ebrard; el Uruchurtu del perredismo

+ Autoritarismo sin noción de ciudad

 

A caballo de un discurso que es más demagogia que realidad, el PRD ha gastado ya quince años de controlar el Distrito Federal pero sin tener un concepto de ciudad. Marcelo Ebrard termina hoy su sexenio capitalino dejando una ciudad con los mismos problemas de siempre.

Cuando ha gobernado capitales de países importantes, la izquierda ha partido del hecho de que el gobierno es un concepto de cultura política, además de espacio público siempre en disputa e instrumento de ejercicio del poder. La barbarie del sábado primero de diciembre reveló que el DF es rehén de grupos de dominación urbana sin control.

El saldo real de la gestión de Ebrard no debe agotarse en las obras de relumbrón que paradójicamente multiplicaron los problemas de circulación vial sino en el hecho de que esas obras faraónicas se olvidaron del DF como espacio público social. Por ejemplo, en una ciudad restringida por la movilidad urbana ya de su desordenada y dominante, Ebrard le agregó nuevos confinamientos para bicicletas sin que hasta ahora este medio sea realmente masivo aunque sí cortándole vialidad a los pocos espacios para automotores.

La gestión de Ebrard en el gobierno de la ciudad de México tiene más parecidos a la gestión autoritaria del general Ernesto P. Uruchurtu que al modelo de ciudad-Estado, ciudad-política, ciudad-ciudadana que apenas pudo cuando menos delinear Manuel Camacho en la primera mitad de los noventa. Uruchurtu estaba obsesionado con sus gladiolas en los parques, mientras usaba la fuerza pública para desalojar ciudades perdidas que ocupaban terrenos ya vendidos para zonas comerciales y habitacionales. El esquema de Ebrard fue atender una parte de la ciudad para los ricos, pero sin cambiar realidades de marginación en las zonas populares: el Centro Histórico comercializado para negocios frente al abandono de Iztapalapa.

El afán de la autodenominada izquierda para legitimar su ejercicio del poder llevó al PRD a modernizar la ciudad para las capas de altos ingresos, sin tener otro programa de atención de los pobres que los presupuestos asistencialistas que han otorgado liquidez mínima a esos sectores pero sin cambiar la clasificación de clases.

El problema del PRD en el ejercicio del poder en el DF ha radicado en la confusión de la dialéctica atención a pobres/embellecimiento de la ciudad. Sin embargo, la ciudad es, ante todo, un concepto cultural. Y la izquierda, por ejemplo, en Madrid o Roma acudió al rescate del ciudadano. En el DF, vía el control corporativo del PRD, el ciudadano se transformó en masa, un vicio impuesto por Andrés Manuel López Obrador en su gestión populista y la movilización de las masas para su apoyo político.

La ciudad de México es hoy más caótica que el sexenio anterior, y ello a pesar de las grandes obras de segundos pisos en un crecimiento hacia arriba. El programa de obras viales se hizo sin tener un diagnóstico del problema del traslado como una herencia acumulada de desorganización productiva. Hoy existen segundos pisos que concluyen inevitablemente en tapones de circulación. Y a ello se agregó la decisión autoritaria de decretar confinamientos viales exclusivos para el Metrobús y luego para los ciclistas.

El error estratégico de Ebrard fue el mismo que terminó con la carrera política de Uruchurtu: el autoritarismo. Sus decisiones fueron impuestas por la fuerza y sin mediar estudios sociológicos sobre las que tenían que ver con la vialidad, porque al final la reorganización de la vialidad derivó en lo que se quería resolver: más dificultades para el traslado. Carlos Hank González abrió los ejes viales para desahogar la circulación y Ebrard les metió confinamiento de Metrobús para reducir la velocidad de traslado.

El problema de Ebrard fue la ausencia de un concepto de ciudad. La ciudad es la aglomeración de ciudadanos, pero también se convierte en un espacio de convivencia social y por lo tanto exige un reparto equitativo del espacio público. Ebrard inventó un nuevo transporte público y lo supuso masivo, el de las bicicletas, pero sin que hubiera de por medio campañas de educación sobre el uso de ese medio o sobre la definición de rutas especiales de traslado. Hoy los ciclistas se han convertido en una plaga en las calles y carecen de protección porque no se educó al ciudadano de su utilidad.

Más que ciudad, el DF ha sido visto como un trampolín hacia la presidencia de la república, aunque hasta ahora ningún jefe político de gobierno lo ha logrado. Cuauhtémoc Cárdenas abandonó la primera jefatura electa de gobierno para ser candidato, López Obrador usó los recursos para su carrera presidencial y Ebrard al final no se decidió enfrentar al tabasqueño aunque gobernó justamente para ese mismo objetivo. El problema no radica en las ambiciones de los gobernantes, sino en la utilización de la ciudad para fines de carrera personal y no para el desarrollo de la ciudad.

La ciudad de México es una polis, el asentamiento de una civilización y los gobernantes debieran administrar recursos pero también coordinar voluntades porque viven ciudadanos y no súbditos. La autodenominada izquierda perredista debiera de saberlo así, pero al final ven la ciudad como un escalafón. Miguel Angel Mancera podría ser el primer gobernante que pudiera llegar al gobierno del DF no como tránsito hacia la candidatura presidencial sino para rehacer la ciudad, a menos que pronto le ganen las tentaciones del poder presidencial y en cinco años se vea metido en la disputa por la candidatura presidencial perredista.

Al final, la elección de gobernantes del DF se hizo para escoger a administradores de la ciudad y no a políticos de paso hacia la presidencia de la república. Y Ebrard no fue la excepción: sus obras no fueron para mejorar la ciudad sino para darle lustre a su frustrada precandidatura presidencial.

 

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