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Lunes 3 de junio de 2013

+ Sicilia, una confusión autoritaria

+ Estado político, no de sanación

 

Una de las principales confusiones en la propuesta de estrategia de seguridad de Javier Sicilia y su disuelto movimiento por la paz radica en el enfoque del Estado: el poeta de formación católica y anarquista apela a un Estado de sanación, en tanto que el sistema político asume el Estado como el garante de la estabilidad.

Eso sí, nada parece satisfacer a Sicilia. En su artículo de esta semana en la revista Proceso ofrece una imagen de sus contradicciones: por un lado, reconoce  que “en el orden de la justicia y seguridad cambió en discurso” del gobierno del presidente Peña Nieto, pero a renglón seguido afirma que “en el orden de la realidad todo sigue igual”.

Sicilia enlista los cambios en la estrategia del gobierno federal actual: Peña Nieto reconoció la deuda del Estado con las víctimas, publicó la Ley General de Víctimas que propuso el movimiento de Sicilia, inició un programa de reconstrucción del tejido social y un programa de atención a los derechos humanos. Pero si el gobierno cumplió con Sicilia y las cosas están igual en la realidad, entonces el problema radica en concluir si las propuestas del movimiento por la paz no resolvían el problema porque la realidad real --valga la paradoja y la reiteración-- era otra.

Luego de que el gobierno federal actual cumplió con sus compromisos con el movimiento de Sicilia e inclusive llegando al absurdo de aprobar una ley de víctimas que inmediatamente tuvo que reformarse por irreal, ahora resulta que la culpa no es de las propuestas de Sicilia sino de la realidad. Las decisiones del gobierno de Peña Nieto se asumieron aun cuando había opiniones racionales que afirmaban que esos compromisos no iban a beneficiar a la estrategia, y ahora resulta que Sicilia dice que fueron discursos y mediáticos. Y luego de que el nuevo gobierno federal priísta impulsó las propuestas de Sicilia y las incluyó en la estrategia de seguridad, ahora resulta que el poeta católico sale con que el actual es un “gobierno de simulación”.

Lo que Sicilia no quiere aceptar es que sus propuestas son parciales y obedecen al modelo del Estado anarquista católico y que él prefiere que la autoridad del Estado se repliegue aunque al costo de cederle la plaza a los cárteles y los narcos, sin olvidar que un aliado de Sicilia, el padre Alejandro Solalinde, asume a los criminales como almas abandonadas de Dios y por ello se ha referido al “hermano Zeta” y no al criminal que pertenece a la banda delincuencial que asesina periodistas y migrantes.

Por ello también Sicilia insistió en parar la estrategia de guerra contra el crimen organizado, pero ahora se queja que “pocos criminales han sido detenidos y procesados en relación (una correlación poco científica) a los sesenta mil muertos y los más de ocho mil en el sexenio”. La única correlación válida es la que existe entre la acción punitiva del Estado usando su fuerza contra los transgresores de la ley y el arresto y procesamiento de delincuentes. Si la acción de fuerza del Estado ha sido menor en este sexenio y los muertos siguen, entonces se puede derivar el hecho de que los muertos no son consecuencia de la política de seguridad del Estado.

En el fondo, la nueva estrategia de seguridad del gobierno de Peña Nieto --menos estridencia en comunicación, menos uso de la fuerza y operación sobre el contexto social en las zonas calientes-- ha cambiado la percepción sobre la inseguridad. Pero para Sicilia se trata del despropósito de una política nazi. Tanto exigió bajarle a la seguridad en términos policiacos y ahora que existen nuevas condiciones Sicilia quiere regresar al ambiente de calentamiento de las expectativas.

Lo que revela la argumentación religiosa-política-institucional de Sicilia es un debate sobre la caracterización del Estado. Para el poeta en su enfoque de “anarquista católico” conservador --condena el uso de controles natales como el condón--, el Estado no es una institución que tiene la obligación --desde Hobbes-- de asegurar la tranquilidad de la sociedad, sino que lo ve desde su cristal católico como un Estado de sanación, de exculpación de pecados, de perdón, un Estado-confesionario que gobierna desde el púlpito, no reconociendo intencionadamente que en la zonas de lucha criminal se da una disputa por el control territorial, político y de gobierno entre el Estado y los cárteles.

Y como para enredar más los razonamientos religiosos-anarquistas-políticos de Sicilia, la estrategia de seguridad del gobernó mexicano se parece más a la del presidente Barack Obama que a la de Felipe Calderón: enfocar el problema desde la educación, el consumo y la toma de conciencia y no desde la guerra de posiciones entre dos instancias que buscan el control de partes de la sociedad y el territorio del Estado. Pero el Estado mexicano no es un Estado de sanación sino un Estado-nación que se sostiene en tres pilares: autoridad, fuerza y poder, a decir del nuevo teórico del Estado Alejandro Passerin d’Entrèves.

Si a Sicilia le han cumplido todas sus exigencias y la crisis de seguridad continúa agravándose, entonces habrá que concluir que Sicilia sigue estando equivocado y tiene que darle otra lectura a la realidad. Aunque su estridenciae s del tamaño de sus despropósitos político-religiosos.

Además opino que Javier Sicilia, su movimiento por la paz, el rector de la UNAM José Narro, los periodistas, el Movimiento YoSoy132, la Corte Suprema de Justicia de la Nación y la prensa norteamericana deben responsabilizar directamente a los narcos de la violencia y los muertos, exigir sin dobleces la rendición incondicional de Joaquín El Chapo Guzmán, Ismael El Mayo Zambada, Servando Gómez La Tuta, Juan José El Azul Esparragoza, Vicente Carrillo Fuentes, el Z-40 y otros capos y demandar la entrega de su arsenal de armas para ser juzgados como responsables de la violencia criminal y la corrupción en el tráfico de drogas y de varios de miles de muertos en enfrentamientos entre cárteles.

 

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