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Domingo 21 de julio de 2013

+ Y viene enésima reforma electoral

+ Democracia no puede con partidos

 

Luego de una larga lista de reformas electorales y de dos alternancias que obligaban a reformas sistémicas, México se encuentra en el mismo lugar de siempre: la política se decide vía acuerdos secretos y no en votaciones populares. El caso de la gubernatura de Baja California ilustra el hecho de que la clase política en el poder y en la oposición le apuesta al corto plazo y a la entrega de cuentas inmediata y no al horizonte político de la transición de régimen, de sistema y de modos políticos.

Los procesos electorales recientes se vieron como los mismos del pasado priísta, aunque en los actuales haya partidos no priístas en el poder. Por tanto, se puede llegar a la conclusión de que el PRI sigue dominando las definiciones de la política y las prácticas electorales. La denuncia del PAN por el presunto uso de delegados federales ahora a favor del PRI recordó las elecciones presidenciales del 2012 cuando el PAN tenía la presidencia y los delegados federales panistas operaron a favor del PAN; inclusive, en plazas donde el PAN es gobierno estatal o municipal las elecciones del pasado 7 de julio fueron de apoyo oficial panista.

Las reformas electorales lograron cambiar algunos procedimientos en las votaciones; cuando menos tres fueron fundamentales: el IFE dejó de pertenecer al gobierno, las credenciales y boletas electorales ya no se hicieron en gobernación y se controlaron los gastos electorales para evitar financiamientos de Estado a favor de algunos candidatos. Pero como se ha visto, esas reformas no fueron suficientes: los partidos siguen operando en los resquicios dejados por las nuevas reglas y siguen con la vieja práctica de negociar en la mesa lo que no se ha podido acreditar en las urnas.

Las reformas políticas y las reformas electorales no han tocado la parte fundamental de las elecciones: los comportamientos políticos para ganar a toda costa y violentar las reglas democráticas y la pasividad de la sociedad al ser arrastrada a impugnaciones sin pruebas o para aceptar pasivamente los acuerdos cupulares. Un caso es digno de estudio: en el 2006 López Obrador instaló un plantón arbitrario desde el zócalo hasta el cruce de Reforma y periférico, afectó a la sociedad y generó un estado de ánimo crispación; seis años después, López Obrador ofreció una disculpa dejando entrever que ya no habría protestas pero luego de las elecciones del 2012 volvió a las andadas y acusó sin fundamento a personas y empresas para ocultar su derrota, dejando en el ambiente el dato de que nunca habrá elecciones limpias hasta que él no gane.

Ahí se localiza el límite de la democracia en México: una sociedad que se ve arrastrada por las pasiones de sus líderes políticos y una estructura electoral que carece de posibilidades de vigilar al absoluto los procesos de votaciones. En este contexto, las elecciones no han servido en México para ajustar equilibrios políticos y posicionar simpatías electorales, sino que, por el contrario, con un factor de inestabilidad social y desentendimiento político.

Baja California ha sido otro ejemplo de los acuerdos al margen de los electores. Ante una votación cerrada que pudiera haber cambiado en el recuento, el PAN amenazó con salirse del Pacto por México si el PRI no les entregaba la gubernatura, al margen de las cifras consolidadas. Si el PAN estaba seguro de la victoria, debió de haber dejado el recuento en libertad; y si hubiera perdido, el acto democrático no es otro que ceder la alternancia.

Los partidos políticos en México no son organismos creados para la competencia en procesos electorales sino que se han transformado, ante su carencia de militantes, en verdaderos grupos de presión. Las posiciones se ganan desde el poder o desde la calle o desde el grito. En el DF, por ejemplo, el PRD ha organizado verdaderas elecciones de Estado como las que le criticaba no hace mucho al PRI. Y el PAN quiere atrincherarse en espacios regionales también manejando procesos electorales como el PRI o agitando a la gente no con argumentos políticos sino con discursos de polarización social.

El origen del problema se localiza en el vicio priísta de asentar reglas, prácticas e instituciones políticas acreditadas a la historia y no a procedimientos democráticos. Durante decenios, el PRI se aferró al poder porque decía representar la herencia histórica de Hidalgo, Juárez y la Revolución Mexicana y no en relación al hecho de que era un partido político de una corriente determinada. Ahora el PAN y el PRD utilizan el mismo razonamiento. En la reciente campaña electoral, el PAN convocó a votar por los candidatos panistas para evitar el regreso del PRI, pero con el dato contradictorio que el PRI decía lo mismo.

El problema de la democracia en México se localiza en los partidos que no son democráticos y que quieren asentarse en el poder, en una sociedad que no exige democracia sino que participa de las pasiones partidistas y en reformas electorales que se han hecho a la medida de los partidos y no de la propia democracia. El detonador de una verdadera democratización sólo podrá venir cuando la sociedad convierta las elecciones en procesos de selección de gobernantes, no en luchas históricas de destino. Es decir, cuando la sociedad mexicana decida pasar de la sociedad del acarreo a la sociedad de voluntades expresadas individualmente.

Podrá venir otra reforma electoral, quizá alguna ambiciosa reforma política, está a debate una reforma de régimen, pero al final de cuentas la democracia como expresión de voluntades y no como reparto del poder sólo llegará cuando la sociedad decida ejercer el voto como una forma de mostrar la correlación de fuerzas políticas y no como una forma de definir el rumbo histórico de una nación. Ello se logrará cuando los partidos decidan, a su vez, ver a la sociedad como un ente orgánico vivo, no como una manada de votantes que lo mismo sale a ejercer el derecho al voto que a protestar contra presuntos fraudes electoral no probados.

Por lo pronto, esa reforma política de la sociedad no se ve posible con un PAN en la negociación con el PRI a base de amenazas y no de votos, con un PRD aliado al PAN por conveniencia pero sin un programa de transición del régimen priísta a un régimen democrático no identificado con un partido y a un PRI reconsolidado en el poder político regional y nacional y con una oposición aliada que apenas rasguña posiciones municipales.

Lo que salga en materia de reforma política-electoral-del poder del Pacto por México difícilmente modificará la actual estructura del poder. El país perdió la oportunidad de reforma con un PAN en la presidencia pero actuando como PRI y ahora con un PRI que obviamente quiere mantenerse más años en el poder.

 

www.grupotransición.com

carlosramirezh@hotmail.com

@carlosramirezh

 

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