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Domingo 25 de agosto de 2013

+ Lázaro Cárdenas: mitos y realidades

+ El problema de los tiempos históricos

 

La figura de Lázaro Cárdenas como eje político de la reforma energética del presidente Peña Nieto fue considerada con una forma de control adelantado de daños. A lo largo de casi tres cuartos de siglo, el presidente 1934-1940 ha sido el más venerado por la cultura histórica y la cultura política oficiales y de oposición y la base teórica del nacionalismo revolucionario del PRI casi como la esencia de la Revolución Mexicana, lo que quiso ser, lo que fue y lo que dejó para hacer.

Pero a pesar de la dominación cultural de la figura de Lázaro Cárdenas y la existencia de un cardenismo como movimiento político-ideológico, el periodo de gobierno de Cárdenas, con sus tensiones, avances y retrocesos, ha sido de los menos estudiados y analizados, aunque sí de los más celebrados como mito histórico. A Cárdenas se le recuerda como el creador del ejido, el gran repartidor de tierras, el constructor del sindicalismo proletario y el expropiador de las empresas petroleras, además del transformador del Partido Nacional Revolucionario en Partido de la Revolución Mexicana en 1938.

El jalón revolucionario real fue justamente el de Cárdenas: el PNR fue fundado por Plutarco Elías Calles en 1929 a raíz del asesinato político de Álvaro Obregón en 1928 y como una forma de reaglutinar a los jefes de los grupos revolucionarios que habían sobrevivido a las purgas en la élite y que estuvieron a punto de desarrollar una nueva lucha por el poder; y aunque el motivo central del PNR fue el de impulsar el movimiento revolucionario y plasmar las promesas revolucionarias en acciones de gobierno, los primeros años del PNR fueron de acomodamiento de grupos de poder: el callismo como la jefatura máxima revolucionaria, las disidencias armadas, la renuncia de Ortiz Rubio y la gestión de Abelardo Rodríguez sin ideas revolucionarias y el ascenso de Cárdenas a la presidencia en 1934 y su posterior lucha por el poder contra Elías Calles en 1936.

De 1929 a 1936, la acción revolucionaria de las élites fue casi nula, los jefes políticos con rangos militares se dedicaron a los negocios y el país perdió el rumbo. Cárdenas fue la única opción de Elías Calles para la sucesión de 1934. El arranque del cardenismo fue disciplinado, tolerante con el caudillo. La crisis Cárdenas-Elías Calles en 1935-1936 fue provocada por la intervención de Elías Calles en el ambiente político con declaraciones contra las huelgas y la política obrera de Cárdenas. La reacción de Cárdenas fue de poder, de imposición de la jerarquía del cargo --igual que en la expropiación petrolera--, de desarrollo de una estrategia de reorganización política y de clases en torno a la necesidad de construir una autoridad hegemónica del Estado. Si bien Cárdenas tuvo un lenguaje socialista, sus acciones difirieron del modelo típico del marxismo con el objetivo del comunismo o una sociedad sin clases y sin empresa privada. Cárdenas, en efecto, consolidó al Estado, lo metió al proceso productivo y colocó al partido como el espacio de acción política de las clases populares, pero permitió la existencia de la empresa privada.

El modelo cardenista lo resumió con claridad el sociólogo brasileño Octavio Ianni en su libro El Estado capitalista en la época de Cárdenas: “bajo ese gobierno (de Cárdenas), la formación social capitalista adquiere los contornos y movimientos que le confieren la singularidad de un Estado de compromiso, pero burgués y estructurado con el fin de propiciar la acumulación capitalista de capital; formación social en la cual el Estado burgués ejerce una actividad no sólo generalizada sino también constitutiva del subsistema capitalista mexicano”. Así, la acción económica y de organización de clases de Cárdenas se orientó a un modelo de capitalismo monopolista de Estado, aunque con capacidad de promoción de empresas privadas. El objetivo final de Cárdenas fue el de un Estado gestor de la organización de masas, administrador del sistema productivo y regulador de la distribución de la riqueza.

Pero a Cárdenas no le alcanzó el tiempo para consolidar su proyecto, no supo administrar la lucha de clases y la élite política dirigente falló en eficacia; hacia el final de su sexenio, dinamizadas las fuerzas conservadoras por el efecto político de la expropiación petrolera, Cárdenas tuvo que frenar su proyecto y, peor aún, darle un giro a la derecha. La decisión cardenista de facilitar la candidatura presidencial del conservador general Manuel Ávila Camacho en lugar de la del radical general Francisco J. Mújica fue una de las señales más importantes de declinación del movimiento revolucionario, como lo revela el historiador priísta Vicente Fuentes Díaz en un libro poco conocido pero esclarecedor del periodo 1938-1942: Ascenso y descenso revolucionarios bajo Cárdenas. La capacidad de organización de la derecha fue mayor a la del progresismo cardenista, quizá por la forma autoritaria de organización y funcionamiento de los grupos políticos cardenistas.

Fuentes Díaz incluye un fragmento del discurso de Cárdenas en marzo de 1961, en el que dio respuesta a las críticas por haber dejado a Ávila Camacho en la presidencia y no a Mújica: “no lo hice (…) porque había problemas de carácter internacional que lo impedían y, también, porque creí que los elementos intelectuales de México actuarían”. Cárdenas tenía una visión optimista de la organización social y política estructurada en el PRM, pero en la realidad esa estructura de poder sólo funcionaba bajo la conducción y liderazgo del Estado y de una figura revolucionaria con iniciativas radicales. Del lado contrario, la derecha operaba bajo la conducción de un rechazo a la dirección revolucionaria. En este contexto, la decisión por Ávila Camacho fue inteligente: llevar el conservadurismo dentro del grupo revolucionario para hacer las concesiones.

El radicalismo de Cárdenas amainó al final de su sexenio: su decisión más importante y de línea de definición fue disminuir el dominio del Estado en el petróleo, pero reafirmando la propiedad nacional del recurso, y la apertura al sector privado vía contratos, justamente el modelo reactivado por la iniciativa de reforma energética del presidente Peña Nieto. Y ahí la oposición del cardenismo perredista y del neocardenismo lopezobradorista carece de argumentos sólidos del pasado cardenista para impedir algunas de las reformas estructurales. La revisión crítica del cardenismo estaría en el escenario adverso al PRD y a López Obrador.

El problema con Lázaro Cárdenas fue su ascensión a Santo de la liturgia política del PRI y a Tótem de la historia; la iniciativa de reforma de Peña Nieto llevará a la revisión crítica del cardenismo y a la pérdida de una de las figuras dominantes de la historia oficial.

 

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