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Domingo 17 de noviembre de 2013

+ Oposición sin agenda de reformas

 

Si el Pacto por México pudo haber funcionado como un gobierno de coalición informal --en versión del líder legislativo priísta Manlio Fabio Beltrones--, en realidad se ha visto que el PAN y el PRD han estado demasiado lejos de estos juegos estratégicos de poder. El PRD encontró en el Pacto la manera de ir incluyendo en las reformas algunas de sus propias propuestas y el PAN entró al Pacto sólo por no quedarse afuera y ahora lo usa como instrumento de chantaje. Pero el Pacto era otra cosa.

Como oposición, el PAN y el PRD no ven más allá de sus posiciones minoritarias; y han utilizado el Pacto para irle recortando espacios de movilidad al PRI. El PRI, a su vez, también vio al Pacto para el corto plazo sin buscar una mejor capitalización de su bono político-electoral de julio del 2012 y la derrota del candidato presidencial de la coalición neopopulista Andrés Manuel López Obrador. El PRI definió primero la lista de sus reformas, las cruzó con el PRD para una agenda legislativa adelantada y el PRD respondió con la creación de un grupo partidista para encontrar el término medio a las reformas.

Ahí se dieron los dos principales obstáculos del Pacto:

·         El ingreso del PAN a una agenda de reformas neopopulistas.

·         La exclusión original de las bancadas legislativas cuando el espacio de decisiones estaría justamente en el congreso.

Si hoy el diputado priísta Beltrones ve al Pacto como un gobierno de coalición, en su momento sólo fue asumido como una lista de coincidencias de agendas legislativas entre los tres principales partidos. Pero en ese nuevo esquema de toma de decisiones --un subsistema funcional en determinado escenario político-- se ignoró la redistribución del poder político en la élite:

·         Los espacios de autonomía entre los líderes políticos, sus partidos y sus jefaturas de bancadas, tres instancias que conforman la coalición dominante en cada organización.

·         La pérdida de hegemonía del sistema presidencialista en el último sexenio del PRI y los dos sexenios panistas, pero sin redistribución de poder sino sólo disolución de la autoridad.

·         La pérdida de poder político del PRI, entendido el poder en su concepción weberiana: la coerción para la obtención de una dominación sobre otras instancias políticas.

Ante la inminencia de su victoria, el candidato priísta Enrique Peña Nieto delineó el decálogo de la “presidencia democrática”; los puntos no ofrecían en realidad una democratización política, sino sólo reconocían la existencia de otras instancias de poder. El punto central radicaba en el reconocimiento de una nueva realidad: la inoperatividad del instrumento autoritario de la presidencia de la república por la existencia de equilibrios de poder en un sistema político abierto.

En este contexto, el PRI efectivamente se percató que su regreso a la presidencia de la república carecía de una sólida mayoría y ya no tenía los instrumentos de coerción del pasado no muy lejano. Pero a pesar de ello, el PRI y el grupo gobernante no alcanzaron a delinear los nuevos instrumentos de autoridad, como si el PRI efectivamente no pudiera establecer una hegemonía sin represión política y social. De ahí la imagen nada científica pero muy certera de que el PRI y su instrumento presidencialista se quedaron como perrito en el periférico; rodeado de autos veloces, sin saber hacia dónde correr.

Lo malo del escenario político radicó en el hecho de que la oposición andaba por las mismas: el PAN perdió su ritmo político con dos presidencias fallidas, con fracturas internas en las elecciones presidenciales del 2012 y con la derrota del año pasado pasando al tercer sitio político; sin legado político, sin discurso de poder y sin un liderazgo para explicar lo bueno y lo malo del largo periodo 2000-2012, el panismo entró a una disputa por los despojos, una depuración que achicó al partido al volumen de militancia de sus peores tiempos y al agotamiento de su propuesta política porque no pudo convertirla en programa de gobierno.

La ruptura de Fox, la distancia de Calderón hacia la candidata panista Josefina Vázquez Mota, la caótica campaña presidencial operada de manera incoherente y los resentimientos que suelen dominar las pasiones políticas de la derecha llevaron al PAN a un reajuste interno que hizo emerger liderazgos lillipuitenses, más pequeños que los que mostró en sus dos sexenios en la presidencia de la república. El PAN entró inevitablemente en el pasadizo tipo perredista de las facciones y tribus dominantes e irreconciliables, así continuará en el 2014 en la lucha por la dirección nacional del partido y sin duda que así llegará a las elecciones legislativas federales del 2015. No se trata de una situación nueva: el PRI pasó por la misma etapa después de la derrota presidencial del 2000 y la declinación de Roberto Madrazo en el 2006 y sólo se salvó por la ventaja mediática en las encuestas que logró el entonces gobernador mexiquense Peña Nieto.

El PRD nació dividido, sin oferta programática y sin ideología de izquierda y así seguirá. La salida de López Obrador, el dominio de la corriente de Los Chuchos y el posible e inminente regreso de Cuauhtémoc Cárdenas, aunado a la fractura política interna por la reforma energética que ha enfrentado a pragmáticos con herederos cardenistas, ha colocado al PRD en la peor situación interna, aunque en muy buena posición externa porque el PRI necesita de aliados coincidentes, como se vio en la reforma hacendaria con impuestos incluidos a petición perredista.

El asunto de largo plazo es que el Pacto fue la oportunidad para la instauración de una nueva democracia y de un nuevo modelo de desarrollo, pero el PAN y el PRD como oposición no consolidaron su propuesta nacional y quedaron atrapados en sus mezquindades internas. El PRI, en efecto, puede ir negociando una parte con uno y otra parte con otro, pero ya sin el objetivo de la gran reforma del modelo de desarrollo. Parafraseando a Jesús Reyes Heroles, hoy se puede decir que la consolidación de un proyecto no deseable para el país es responsabilidad de la oposición.

La gran perdedora fue la nación. Se esperaba que una sociedad política de tres tercios obligaba a un acuerdo nacional para salir de la crisis, pero se encontró con tres mezquindades inflexibles.

 

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