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Domingo 16 de febrero de 2014

+ JEP a los 50 y a los 70

 

Conocí a José Emilio Pacheco cuando yo trabajaba en Proceso. En 1982 el poeta Marco Antonio Campos organizó un homenaje a Pacheco a propósito de sus veinticinco años como escritor y nos convocó a trece periodistas y escritores. Luego, al celebrar sus setenta años, me encontré con Pacheco en un restaurante y recordamos aquel 1982. Además de preparar un trabajo más largo y coherente, escribí dos textos de Pacheco, uno cuando cumplió cincuenta años y otros en sus setenta.

50 años: La Vida es un Inventario

El periodismo es el oficio más solitario del mundo. Pero José Emilio Pacheco exagera. Hay quien piensa que JEP no existe y que es un invento de la computadora If. Otros lo encarnan como un proyecto de periodismo cultural a cargo de un grupo multidisciplinario que maneja un programa de base de datos propio y conectado a otros sistemas. No faltan los que suponen que es el hombre-libro de Canetti que anda por las calles con su biblioteca a cuestas. Muchos creen que es un mito inventado por alguna mafia cultural. El caso es que el autor de Inventario es un rostro plagado de letras y un enigma que desconcierta: nunca ha dado una entrevista, nadie lo ha visto en cocteles o presentaciones de libros y todos hablan de él como si hubieran conversado con él esa misma mañana.

JEP es una indispensable presencia intangible. Es una sucesión de cuartillas que se acumulan en el tiempo como producto de un oficio solitario. Aparece como una voz que nadie sabe de dónde sale exactamente. Desde una especie de anonimato manifiesta muchas voces de una sociedad que tiene miedo de quedarse muda. Dice, induce, influye, crea, indaga, rebate, propone, critica y habla… y sigue tan campante. Ha convertido su oficio periodístico en una expresión de la misantropía dentro de un vagón del Metro Pino Suárez a las 8:30 de la mañana.

Es como si se inventara la vida todos los días en las hojas de papel periódico de la historia.

José Emilio es siempre una sorpresa periodística. Comienza con la sorpresa de encontrarse con alguien que ha leído todos los libros que se publica, que conoce todos los nombres de la literatura y de la vida cotidiana y termina con la sorpresa de leer a alguien que se dedica a contar esas peripecias con un acabado, elegante y singular estilo periodístico. Es el resultado de alguien que ha logrado una unidad acabada entre el oficio del lector con el oficio del escritor. En este contexto, el espacio de Inventario aparece –además de una lección cotidiana de periodismo-- como una forma de vivir la vida con sentido.

¿Qué se puede decir de José Emilio Pacheco? No hay mejor elogio para el oficio periodístico que el señalar que sus textos son imprescindibles para soportar la vida cotidiana. En medio del smog, de los embotellamientos, de las purgas en el poder, del redescubrimiento de un país corroído por la corrupción o en medio del lento transcurrir de las horas provincianas, no podía entenderse la vida si los inventarios de Inventario. Lenguaje depurado y estilo, información que raya en una erudición que se agradece por su humildad, manejo de estructuras narrativas modernas y una imaginación inagotable convierten a José Emilio en un poeta del periodismo –sin desmerecer su imponente obra poética ni si ficción impecable—para leerse junto a la página 3 de Ovaciones o para comentarse en la charla del café de Filosofía y Letras.

Inventario es parte indispensable de la historia de este país. Todo lo bueno y todo lo malo, todo lo que pasó o todo lo que va a pasar —If tiene un programa prospectivo que ya quisiera el gabinete económico a la hora de revisar los pactos satánicos--, encuentran espacio de reflexión y registro en un ejercicio del periodismo estricto y social. El tema de la cultura se convierte en fundamental mientras se queja uno de los precios o de que las calculadoras del Banco de México están programadas por la Concanaco. Los temas políticos deambulan por los Inventarios como si fueran historias del país de los boletines oficiales, no el país que José Emilio vive, palpa y sufre en los camiones, taxis y peseras.

José Emilio Pacheco se ha convertido en un punto de referencia del periodismo mexicano. A su formación de poeta y escritor –intelectuales, les llaman en cocteles y estudios de universidades estadounidenses--, José Emilio ha perfilado una aguda intencionalidad del trabajo periodístico: difunde cultura y convierte sus espacios de escritura en voces de los que no la tenen. Sin aspavientos y sin poses, el periodismo pachequiano ejerce el oficio como lo señala Carlos Fuentes en Tiempo Mexicano: “un periodismo superior, crónica del tiempo, pero también ejercicio de la imaginación”.

Al cumplir 50 años de edad, José Emilio Pacheco aparece como una de las mejores cartas jóvenes del periodismo mexicano. Sus textos destilan sabiduría, frescura y humildad. Eso lo sabe él y seguramente por eso no sale a la calle y pocos lo conocen. Dicen que su última fotografía data de hace 20 años cuando andaba tímido y miedoso codeándose con las grandes figuras de La Mafia. El problema de este anonimato asumido –su acta de nacimiento tiene el nombre de JEP, pero que para evitar demasiadas explicaciones firma con el seudónimo de José Emilio Pacheco—es que falta por aclarar si el que está escribiendo es JEP o es If.

Sus textos, imprescindibles para soportar la vida cotidiana.

70 años: intelectuales y poder

Cuando la pasión lopezobradorista se hizo del control de los intelectuales echeverristas para someterlos a la voluntad del Caudillo, una voz dijo que no. Como siempre, el poeta y ensayista José Emilio Pacheco se deslindó de esas pasiones sin  abdicar de su pensamiento progresista y crítico. Sólo que se negó a subordinar su reflexión al corto plazo al poder político.

Ahora que la nación celebra sus 70 años de edad con un gran homenaje el próximo domingo en el Palacio de Bellas Artes, Pacheco se presenta en la doble dimensión que había definido Borges: como intelectual y como hombre de letras. Hasta ahora, Pacheco estaría en el escenario del crítico del poder y como autor de unas de las poesías más lúcidas y transparentes.

Pacheco ha sido un hombre de coherencia. En 1972, por ejemplo, se negó a subirse al carro de los apoyos de intelectuales --Carlos Fuentes y Fernando Benítez por delante-- al entonces presidente Luis Echeverría y su promesa de “apertura democrática”. Para Pacheco, en un texto escrito en la revista Plural No. 13, de octubre de 1972, los intelectuales se habían metido en el atolladero de considerar su influencia como escritores en la política.

La polémica de 1972 sigue latente. Antes fue con Echeverría y hoy con López Obrador. Los intelectuales creen en los políticos y subordinan su creación a los intereses de la coyuntura. Carlos Fuentes se convirtió en el amanuense de Echeverría y recibió la embajada de México en París. Luego vino otra generación de intelectuales copados por el poder, los (A)Nexos de Héctor Aguilar Camín y su papel de intelectuales orgánicos de Carlos Salinas y el salinismo. Y más tarde se conformó la lista de intelectuales sometidos a las pasiones del Caudillo tabasqueño: Carlos Monsiváis, Sergio Pitol y José María Pérez Gay. Octavio Paz llamó “una pasión desdichada” a esa obsesión de los intelectuales por estar cerca del poder y detrás del Trono.

De los poquísimos que mantuvo la coherencia de la distancia crítica del poder fue justamente José Emilio Pacheco. En 1972, en un  debate recogido por la revista Plural, lamentó que algunos escritores se hubiesen articulado al poder institucional. Y para no dejar sombra de duda, Pacheco señaló que la “apertura democrática” de Echeverría era “visible en algunas publicaciones pero no en el campo, las fábricas y los sindicatos” y que “es la última opción de una clase dominante que no quiere verse sustituida por los generales”.

Para Pacheco, el papel de los intelectuales era la autonomía del poder. Las tentaciones políticas han convertido a los intelectuales dominados por una idea progresista en instrumentos de los políticos y del poder. Para Pacheco, el espacio de acción del intelectual es la libertad absoluta:

“Dependientes por tradición e inevitabilidad, prisioneros del sistema, podemos oponer sin embargo la relativa autonomía y la relativa libertad de la escritura. Somos libres para decir lo que pensamos y para inventar lo que deseamos gracias a que no pueden medirse las difusas consecuencias de lo que escribimos. A pesar de las terribles limitaciones, nuestro oficio tiene una dignidad y una importancia social porque se maneja con las palabras y sólo mediante el empleo exacto de las palabras podemos aspirar a entendernos y a entender el mundo. Y entender que el mundo engendra inmediatamente la voluntad de transformarlo”.

En 1972, los intelectuales fueron llevados a la subordinación política y de poder. Y hubo un contrapunto significativo: mientras Carlos Fuentes señaló que la agresión de halcones contra estudiantes el 10 de junio de 1971 en la Ribera de San Cosme había sido una agresión de la derecha contra Luis Echeverría y guardaba silencio del 2 de octubre en Tlatelolco, Pacheco hacía uso de su libertad y su independencia para marcar la diferencia en momentos en que el presidente de la república era intocable:

“Hasta ahora (1972), el Presidente ejerce la autocrítica con palabras antes que con actos. Y no habrá investigación sobre el 10 de junio de 1971 porque ésta tendría que empezar con otra acerca del 2 de octubre de 1968, cuando nuestro actual Jefe de Estado era Secretario de Gobernación y por tanto responsable supremo de cuerpos policiacos que ejercen funciones represivas. Él personalmente puede tener las mejores intenciones y el mayor espíritu de trabajo, pero todo ello se encamina a que algo cambie para que el resto pueda seguir igual. O sea, la preservación de un sistema cada vez más dependiente e injusto que ya no tiene respuestas para los grandes problemas nacionales”.

A ese Pacheco, hoy igual que antes aunque más lúcido con la distancia del tiempo histórico, se va a homenajear por sus 70 años. Y nada mejor que un recordatorio de Octavio Paz sobre el papel de los intelectuales: “el escritor dibuja con sus palabras una falla, una fisura. Y descubre en el rostro del Presidente, el César, el Dirigente Amado y el Padre del Pueblo la misma falla, a misma fisura. La literatura desnuda a los jefes de su poder y así los humaniza. Los devuelve a su mortalidad, que es también la nuestra”.

 

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