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Domingo 16 de marzo de 2014

+ Redefinición de los partidos de oposición

 

Cuando el PAN ganó las elecciones presidenciales del 2000 e inauguró la primera alternancia partidista en la presidencia sin levantamientos ni violencias, la expectativa se centró en el PRI y en el PRD como partidos de oposición. Pero nada ocurrió: los partidos siguieron operando como si la alternancia después de setenta y un años de dominio priísta fuera lo más común en la política mexicana. Si bien se evitó la confrontación para consolidar al PAN en el poder, también se dio el fenómeno de la paralización política de la oposición.

El PRI siguió hundiéndose en las contradicciones y conflictos internos, el madracismo se hizo del poder y la lucha Zedillo-Salinas debilitó al tricolor como partido de oposición. Ante lo inevitable, el PRI marcó su estrategia: dejar que las contradicciones internas se resolvieran por sí mismas para evitar costos adicionales a la derrota como desmoronamiento de corporaciones, destierro de militantes o simplemente el reacomodo de priístas en otras fuerzas. Al final la crisis en el PRI comenzó en 1999 con la lucha por la candidatura presidencial y terminó con la impresionante derrota presidencial del 2006 que mandó al partido al tercer sitio de las votaciones electorales.

En el PRD hubo un sacudimiento pero sin reflexiones: Cárdenas había encabezado una coalición democrática nacional en 1988 y había lanzado su candidatura --en la contabilidad oficial, pero no hay otra-- a un segundo electoral sitio con tercio de la votación, por primera vez en la historia de la izquierda. Sin embargo, la construcción de un nuevo partido a partid de la célula legal del Partido Comunista Mexicano no fue tan exitosa: seis años después, con el alzamiento zapatista como amenaza de violencia política y el crimen político en las filas del PRI, el PRD se estrenó con una votación baja.

A partir de esas experiencias, el PRD sólo tuvo un nuevo momento político: en las elecciones presidenciales de 2006 sacó apenas medio punto porcentual abajo del candidato panista Felipe Calderón y en medio de conflictos, movilizaciones y denuncias de fraude electoral; sin embargo, las instituciones electorales dieron la victoria a Calderón. En lugar de una cohesión interna entre grupos, López Obrador decidió emprender su propio camino, fundar su partido y alejarse de cualquier alianza con el PRD. Así, el segmento centro-progresismo-neopopulismo-izquierda se rompió sólo para debilitar a la oposición progresista.

El PAN anda también en problemas de entendimiento interno. El saldo de las elecciones presidenciales de 2012 --prefigurado desde cuatro años antes con las tendencias de las encuestas a favor del priísta Enrique Peña Nieto-- fracturó a los partidos en sus segmentos pragmáticos de acceso al poder, y no tanto en su área histórica de la propuesta ideológica. El problema, sin embargo, fue mucho mayor: los anticalderonistas reclaman la derrota del 2012 pero no reconocen que la candidata Josefina Vázquez Mota no fue la nominación inicial de Calderón sino que las bases y los grupos la impusieron en votación interna. La corriente de Gustavo Madero no representa una posición histórica ni un liderazgo moral, sino una posición pragmática que considera que el PAN perdió por el calderonismo.

Lo que se ve en el panorama de los partidos no es un realineamiento de largo plazo ni un planteamiento alternativo, sino pequeñas batallas entre grupos por apoderarse de la dirección de los partidos. La oposición --PAN, PRD y ahora el partido-movimiento de López Obrador-- carece de fuerza y de ideas para llevar al país a una discusión de escenarios a futuro y sólo padece pugnas internas para definir alineaciones dominantes.

La parte más importante se localiza en la reorganización de las instituciones políticas y democráticas. Los partidos políticos seguirán siendo la aduana inevitable para el acceso al poder pero ni así hay la sensatez para crear nuevas formas de definición de espacios dentro de los partidos. El viejo vicio del modelo de partido del PRI y de un grupo dominante en función del poder ha confundido a las corrientes dentro de los partidos respecto al papel que deben jugar.

El principal problema en los partidos ha sido el paso de una organización piramidal vertical a estructuras de mando horizontales. El modelo de coaliciones dominantes de Angelo Panebianco podría ayudar a entender lo que ocurre en los partidos: mientras los liderazgos tradicionales insisten en la construcción de liderazgos en términos de distribución de ciertos niveles de poder como las bancadas legislativas o las representaciones en organismos democráticos. No obstante, las áreas de poder se han multiplicado en los partidos llevando a situaciones de conflicto: el panista Gustavo Madero cesó al senador Ernesto Cordero como coordinador de la bancada en función de atribuciones legales, pero con ello rompió los equilibrios de poder dentro del PAN. Le elección interna derivó de esas decisiones autoritarias. Pero al final, las coaliciones dominantes revelan la existencia de centro de poder en los partidos: las bancadas legislativas, los gobernadores, las corporaciones, las regiones, los municipios, entre otros.

Los partidos políticos se enfrentan a definiciones de fondo como organizaciones sociales sostenidas por sectores plurales con intereses diversos. El modelo de las coaliciones dominantes es todo un desafío para los liderazgos tradicionales: el PAN tiene a un Gustavo Madero colocado sobre la propuesta del viejo autoritarismo que otorga al presidente del CEN todo el poder para dar y repartir al estilo del PRI antiguo, en tanto que en el PRD se dará una salida al diferendo entre dos caudillismos en pugna desde el 2000 y entre dos formas de entender la política.

Pero la oposición tiene otras funciones no de cara a sí mismo sino en relación a la vida política. Y ni Cárdenas ni Madero han entendido las cosas; si los dos ganan las elecciones internas, el PRD y el PAN serán oposiciones fácilmente manejables porque bastará el entendimiento del gobierno vía concesiones sólo a un grupo en cada partido, aunque en cada partido se vayan dando efervescencias que más temprano que tarde pudieran reventar la estructura tradicional de los partidos.

El papel de la oposición es el de crear un contrapeso al partido en el poder, obligarlo a hacer concesiones en reformas democráticas y en prepararse para ser gobierno. Por el nivel político de los liderazgos diversos en los partidos, ya no existen militantes sumisos y muchos de ellos quieren participar en la definición de estrategias. Si Cárdenas y Madero no entienden las señalas de sus militantes, sus partidos estarán condenados a naufragar en pugnas internas que servirán para consolidar más al PRI como partido hegemónico.

 

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