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Domingo 23 de marzo de 2014

+ El petróleo y el (supuesto) cardenismo

 

Cuauhtémoc: cardenismo existencial 1/4.

¿Hubo en realidad una propuesta cardenista como proyecto de nación? ¿O se trató sólo de decisiones de un gobierno sexenal que no pudieron trascender más allá del límite político?

El general Cárdenas gobernó del primero de diciembre de 1934 al 30 de noviembre de 1940, pero su periodo de reformas fue más corto: 1936-1938, del exilio de Elías Calles a la fundación del PRM, y en medio las decisiones de reparto de tierras, la ley de expropiación, el apoyo a obreros en huelgas y la expropiación petrolera. Hasta ahí se trató de un proyecto de gobierno sexenal. La clave de la trascendencia del proyecto radicó en la designación del candidato presidencial del partido; y ahí el dilema fue la radicalización revolucionaria con el general Francisco J. Mújica o la necesidad de un conservador como el general Manuel Ávila Camacho que tranquilizara a la derecha, a los empresarios y a los EU. La decisión por Ávila Camacho, pues, fue la conclusión de Cárdenas de perfilar sus reformas como de programa político de una élite y no un proyecto nacional.

El propio Lázaro Cárdenas lo reconocería en marzo de 1961 en una conferencia en la Universidad Obrera: ante la queja de que había escogido como sucesor a un conservador, el ex presidente se justificó: la decisión “fue porque había problemas de carácter internacional que lo impedían (escoger al general Francisco J. Mújica) y también porque creí que los elementos intelectuales de México actuarían”.

Como político sistémico, Cárdenas se sometió como ex presidente a las reglas del juego institucional: evitó las declaraciones como las de Elías Calles en su gobierno, atemperó su apoyo a la Revolución Cubana a petición expresa del presidente Adolfo López Mateos en 1961 para evitar la decisión de Cárdenas de ir a La Habana a apoyar a los castristas durante la invasión apoyada por los Estados Unidos en Bahía de Cochinos, aceptó cargos institucionales, alentó el Movimiento de Liberación Nacional procubano pero sin activismo y realizó algunas giras pero sin pronunciamientos radicales y sólo con algunas declaraciones enigmáticas pero en clave. Sólo en 1968 Cárdenas se acercó a la orilla de la ruptura pero sin cruzar la línea cuando protegió a algunos líderes del movimiento estudiantil del 68 y mandó mensajes al gobierno de Díaz Ordaz en el sentido de que la represión no era el camino. En suma, Cárdenas se mantuvo activo, apenas latente como figura histórica pero sin influir en el rumbo político nacional. Inclusive, en septiembre de 1942, al anunciar Ávila Camacho el ingreso de México en la segunda guerra mundial al lado de los EU, Inglaterra y la URSS, Cárdenas apareció en Palacio Nacional junto al presidente de la república y al lado de los ex presidentes Adolfo de la Huerta, Elías Calles, Pascual Ortiz Rubio, Abelardo Rodríguez y Emilio Portes Gil, para significar el institucionalismo de los ex mandatarios y el centralismo presidencialista.

De ahí la tesis de que no existió en realidad un proyecto cardenista sino un programa cardenista de aplicación sexenal que se fue desarticulando por gobiernos emanados del PRI paradójicamente siempre en nombre de la Revolución Mexicana. Fue diferente, por ejemplo, al proyecto nacional salinista que se extendió a lo largo de varios sexenios. Un proyecto de nación implica su presencia en la línea del tiempo histórico transexenal. Cárdenas cumplió su sexenio y paso a un semirretiro político.

Las razones de la decisión de Cárdenas para no transexenalizar su proyecto político no fueron explícitas pero se pueden entender: un proyecto nacional implica un nuevo consenso político y social; y Cárdenas había polarizado al país con la profundización de las metas sociales de la Revolución Mexicana. Las organizaciones sociales creadas por Cárdenas no se convirtieron en un verdadero movimiento de clase proletaria sino que se agotaron en organizaciones para la movilización de apoyo, no para la lucha de clases; los trabajadores, campesinos y clases medias articuladas como corporaciones al PNR fueron asumidos como organizaciones y no como clase. Cárdenas no pudo transformar su programa sexenal en proyecto nacional por falta de bases sociales mayoritarias y una continuidad en las élites gobernantes. Así, establece Vicente Fuentes Díaz en Auge y caída del cardenismo, Cárdenas derrotó su programa de gobierno con las concesiones a la derecha.

En octubre de 1971, el país asistía a la radicalización populista del presidente Echeverría, con un Cárdenas y un cardenismo con escasos significados sociales y políticos aunque apenas históricos por los recuerdos en el santoral político del PRI. En el primer aniversario de la muerte del general Lázaro Cárdenas, su hijo Cuauhtémoc leyó un largo documento que se asumió como el testamento político o la herencia del cardenismo. En la tumba del general en el Monumento a la Revolución Mexicana, Cuauhtémoc tuvo que cortar algunas partes porque la lectura textual hubiera necesitado más tiempo del previsto. Luego de la ceremonia en el ambiente quedó flotando la confusión: ¿testamento, herencia, legado, instrucciones, movimiento político al margen e inclusive contra el PRI? Ya para entonces y desde su campaña presidencial, Luis Echeverría había reactivado cuando menos el discurso político de la Revolución Mexicana tendiendo un puente histórico entre dos héroes nacionales: Juárez y Cárdenas.

Para 1971 el mismo sistema había tenido que reconocer la herencia de desigualdad social de los años estabilizadores; en efecto, había habido crecimiento sin inflación pero con obreros apretados en su salario y campesinos abandonados. Echeverría construyó un discurso político alrededor de la Revolución Mexicana para justificar el quiebre estabilizador e ingresar al país a la fase del desarrollo social a través del gasto público y de la reactivación del Estado, aunque con el lastre que después se convirtió en ancla: los mismos ingresos para más gasto, provocando el déficit presupuestal que condujo a la devaluación de 1976.

En ese contexto, la lectura del testamento político de Lázaro Cárdenas se convirtió en un pivote más del discurso político activista de Echeverría. Sólo que el testamento quedó en un documento de referencia política, sin continuidad en acciones. Cuauhtémoc se quedó en el PRI y en el sistema político priísta, compitió por la candidatura priísta al gobierno de Michoacán pero fue derrotado por el oscuro Carlos Torres Manzo, secretario de Comercio del gabinete echeverrista, y le dieron el premio de consolación el consejo consultivo del Instituto de Estudios Económicos, Políticos y Sociales del PRI (IEPES), encargado de la redacción de programas políticos del partido. Luego Cuauhtémoc logró un espacio en lopezportillismo: senador en 1976, tres meses después subsecretario Forestal y de la Fauna de la Secretaría de Agricultura y finalmente candidato priísta a gobernador de Michoacán en 1980. En el periodo 1971-1980 no hubo ninguna acción política importante de Cuauhtémoc alrededor del testamento político del general Cárdenas.

En 1985, tres lustros después de la muerte del general y de su testamento político, Cuauhtémoc saltó al ruedo con un discurso en Michoacán que marcó el arranque de la disidencia progresista dentro del PRI; el momento político era ya claro: la sucesión presidencial de 1988 se perfilaba a favor del economista de cabecera del presidente De la Madrid y arquitecto de la política económica, Carlos Salinas de Gortari, aunque había dos aspirantes que no se iban a dar por vencidos: Manuel Bartlett Díaz, de la vieja guardia echeverrista, y Alfredo del Mazo, un hombre de los afectos filiales de jefe del ejecutivo federal.

La decisión de la candidatura de 1988 no se iba a dar en función de grupos o personas sino de proyectos, un hecho político no muy novedoso en el sistema político priísta aunque enmohecido por el juego en las élites. Cuauhtémoc Cárdenas se dio cuenta del hecho --y también el disidente Heberto Castillo, entonces líder del Partido Mexicano de los Trabajadores-- de la continuidad del proyecto económico. La crisis devaluatoria de 1976, el colapso devaluatorio de 1982 y la expropiación de la banca privada en 1982 habían asentado en el país un conflicto entre dos proyectos de nación, resumidos por Carlos Tello y Rolando Cordera como el proyecto nacionalista y el proyecto neoliberal, el primero encabezado por los trabajadores y aliados, y el segundo por las élites financieras educadas en los Estados Unidos. La disputa por la nación se resolvió en 1981 con la designación de De la Madrid como candidato presidencial, a partir del Plan Global de Desarrollo 1980-1982 y encontraría continuidad con la nominación de Salinas de Gortari como candidato presidencial para el periodo 1988-1994.

 

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