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Martes 30 de septiembre de 2014

Guerras civiles

moleculares

 

Los hechos ocupan los espacios de la información política y social:

--Policías en Iguala, Guerrero, disparan contra estudiantes.

--Policías toman en Oaxaca instalaciones policiacas y abandonan a la ciudadanía.

--En un avión, ciudadanos insultan y jalonean a senadores por su voto a favor de las leyes energéticas.

--La violencia legitimada por los políticos se volvió contra los políticos: el asesinato del candidato del PRI Rodolfo Torre Cantú, el asesinato del diputado jalisciense Gabriel Gómez Michel y el crimen del secretario panista guerrerense Braulio Zaragoza.

En uno de sus últimos artículos en la Revista Indicador Político, el politólogo y filósofo Juan María Alponte señala: la violencia crece hasta que se vuelve contra promotores.

Y en uno de sus ensayos más lúcidos, pesimistas y premonitorios, el escritor alemán Hans Magnus Enzensberger llega a una conclusión fatalista: sin ideologías ni Estado, el mundo ha comenzado a hundirse en las guerras civiles moleculares.

El dato más revelador que ayudaría a explicar la violencia social, desde las marchas hasta los plantones y los linchamientos, radica en el hecho de que la autoridad del Estado ha dejado de funcionar y las sociedades han regresado a los tiempos anteriores a la fundación del Estado con Thomas Hobbes (1651): la guerra de todos contra todos (Leviatán) y el hombre como lobo del hombre (De Cive).

“Cualquier vagón del metro puede convertirse en un Bosnia en miniatura”, señala Enzensberger. “Los tutores de las ovejas descarriadas las exculpan con desmesurada benevolencia de toda responsabilidad por sus actos violentos”, agrega. No hay criminales o delincuentes sino pacientes y descarriados del desarrollo. “La violencia colectiva no es más que la reacción desesperada de los perdedores ante su situación económica sin futuro”. La violencia, añade, se ha desligado totalmente de las justificaciones ideológicas.

La molestia social se ha convertido en discurso de odio. Ante su fracaso institucional en la lucha contra las leyes energéticas, los seguidores del PRD y de López Obrador han pasado a la ofensiva de la violencia individual: perseguir en las calles a los legisladores, insultarlos, agredirlos. En el juego político del resentimiento no hay ideas ni proyectos sino pasiones. El México bronco del siglo XXI no es el de las clases marginadas de finales del siglo XX, sino el de los resentidos que han perfilado --en análisis de Hannah Arendt-- la base social de los totalitarismos: perdimos pero no se van a ir sin raspones.

En México se ha pasado de la lucha de clases a la lucha de resentimientos; el enemigo ya no es el capitalismo ni la acumulación privada de riquezas sociales y riquezas públicas, sino la existencia del otro, y es ahí cuando la violencia se vuelve contra uno mismo. En nada se diferencian los minuteman de cazan mexicanos indocumentados en Arizona del lumpen ya colocados en una nueva guerra civil de los marginados que lanzan su odio contra las clases privilegiadas.

La guerra civil como “la forma primaria del conflicto colectivo” que señala Enzensberger se ve en la movilización de grupos sociales parciales --con o sin banderas de lucha: es lo de menos-- en todo el país: lo mismo grupos de narcos que asesinan y bloquean calles, que demandantes de servicios imponiendo su agenda con tapones en las calles, y las policías que pierden el sentido de su condición y disparan sin piedad sobre grupos civiles violentos y provocadores.

Las guerras civiles moleculares en México dibujan la ausencia, falta de legitimidad, ineficacia, temor y carencia de autoridad del Estado, del gobierno y de las élites gobernantes; del otro lado, la marcha privilegia el grito y busca imponer su agenda particular ajena a la agenda de una sociedad.

 

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carlosramirezh@hotmail.com

@carlosramirezh

 

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