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Miércoles 15 de abril de 2015

Cuba y la izquierda

mexicana 1959-1988

 

La frialdad de sectores progresistas mexicanos con el giro cubano hacia la institucionalidad por la reanudación de relaciones con EE.UU se explica por la ruptura de relaciones políticas en 1988 cuando el revolucionario Fidel Castro vino a México a legitimar la entronización del neoliberal Carlos Salinas de Gortari en la presidencia.

No fue una conducta oportunista nueva. Fidel se ha destacado a lo largo de su vida revolucionaria por poner sus propios intereses por encima de los ideales revolucionarios. La crisis de relaciones de 1988 tenía el antecedente de que el adversario de Salinas era Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del presidente Lázaro Cárdenas que en 1959-1961 apoyó incondicionalmente a los castristas en el poder. Por aferrarse a la protección mexicana, Fidel traicionó a Cárdenas.

A lo largo de 56 años en el poder absoluto y autoritario en Cuba, Fidel ha marcado los ritmos de la diplomacia cubana. En el año 2000 no entendió la alternancia mexicana y quiso que el gobierno panista de Vicente Fox se sometiera a la estrategia cubana, cuando el canciller mexicano Jorge G. Castañeda le ofreció a Fidel un trató institucional: pasar de la Revolución Cubana sentimental de los sesenta a las relaciones de México con el Estado cubano.

Fidel se negó y siguió hundiendo a Cuba en la pobreza del asilamiento. Sin la Unión Soviética y con los chinos en otra lógica, a Fidel se le apareció Barack Obama y por eso autorizó reanudar relaciones Cuba-EE.UU. aún antes de finalizar el bloqueo. La prueba de fuego de la institucionalización de la Revolución Cubana estará en tres temas sensibles: apadrinamiento de revoluciones como la de Venezuela, derechos humanos y libertades políticas e inversión extranjera.

Cuba y los hermanos Castro que gobiernan la isla como monarquía hereditaria en realidad nunca pensaron que la izquierda mexicana les era útil, aunque la izquierda mexicana fuera del gobierno introdujo la Revolución Cubana como un factor de definición ideológica. En 1968 Fidel Castro guardó silencio cómplice ante la represión en Tlatelolco porque le convenía más las buenas relaciones con Díaz Ordaz y en agosto Fidel también apoyó la invasión de tanques soviéticos a Checoslovaquia.

En 1959 Lázaro Cárdenas visitó La Habana y presidió con Fidel una enorme concentración revolucionaria, justo a la hora en que en el palacio de gobierno los hombres de Castro arrestaban al comandante Huberto Matos porque acusaba a los Castro de ser comunista; Matos permaneció como preso político más de veinticinco años. A lo largo de tres décadas la izquierda mexicana socialista guardó silencio sobre la represión en Cuba.

La izquierda socialista mexicana terminó su ciclo en 1989 cuando se disolvió y le heredó su registro al PRD, pero éste ha sido un partido medio progresista de ex priístas y sin nada que ver con el socialismo que define a toda izquierda real. A ello se agrega el hecho de que esa izquierda que nació de las cenizas del Partido Comunista Mexicano ya se dividió entre dos formas de populismo y en realidad entre dos liderazgos: Los Chuchos y López Obrador.

La Revolución Cubana como símbolo político e ideológico fue clave en los espacios políticos mexicanos, más allá de las pugnas dentro del PCM por Moscú y de las traiciones de Fidel a la izquierda mexicana que le ayudó a legitimarse en 1964 cuando toda América Latina lo sacó del sistema interamericano. Unos Castro dictadores y una izquierda mexicana más priísta y populista ven sin interés las relaciones La Habana-Washington.

Lo malo fue el hecho de que Cuba representó un punto invisible pero efectivo para contener el conservadurismo ideológico en México. Hoy los hermanos Castro dan el paso hacia el Estado cubano pero como una derrota ideológica de carácter histórico porque su viabilidad depende del imperio que atacaron durante más de medio siglo.

 

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carlosramirezh@hotmail.com

@carlosramirezh

 

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