Discurso de Porfirio Muñoz Ledo el 20 de noviembre de 1969

El gobierno de la República, representado por los tres poderes de la Unión, honró la memoria del creador de nuestras Instituciones políticas general Plutarco Elías Calles, y al depositar sus restos junto a los de Madero y Carranza,dio testimonio de la unidad que vincula a pueblo y gobierno con las corrientes políticas que se entrelazaron en la edificación del México moderno.

Bajo el marco majestuoso del Monumento a la Revolución, y en ocasión del quincuagésimonono aniversario del principio de nuestro movimiento armado, se afirmó que México ha sabido mantener y remodelar el rumbo de una Revolución inconclusa, y que el 20 de noviembre es ahora algo másque el aniversario de una revuelta precursora o el recuerdo de nuestro irrenunciable punto de partida.

El acto se inició en punto de las 10:00. En el presidium, bajo el lema “Revolución Actuante, con la Ley y con la Paz”, el jefe de la nación estuvo acompañado por los representantes del Poder Legislativo, diputado Fernando Súarez del Solar, presidente de la Cámara de Diputados; del representante del Poder Judicial, licenciado Alfonso Guzmán Neyra, presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación; y por los miembros del gabinete. En la ceremonia estuvieron familiares del general Calles funcionarios gubernamentales, miembros del Ejército Nacional y numeroso público.

Los restos del General Calles, que en ceremonia previa habían sido exhumados en el Panteón Jardín, acto al que asistió el licenciado Mario Moya Palencia con la representación personal del presidente Díaz Ordaz, fueron trasladados escoltados por cadetes del Heroico Colegio Militar, hasta quedar bajo la bóveda del Monumento a la Revolución.

El único orador, licenciado Porfirio Muñoz Ledo, señaló que el homenaje a Calles se justifica sobradamente a la luz de la historia y en función de nuestro presente, y es digno de unirse a las figuras de Madero y Carranza por el limpio servicio que prestó en todas sus etapas a la causa revolucionaria: como soldado, como gobernante y como estadista que fundó nuestra paz social y que puso en marcha la era constructiva de nuestro tránsito hacia la modernidad.

Expresó que no se pretende establecer entre ellos alianzas póstumas, sino que el gobierno ha querido subrayar hoy la armonía profunda de nuestro ciclo revolucionario al reiterar, simultáneamente, su admiración reverente a Carranza y al recoger la voz del pueblo que señala a Villa como un vengador auténtico de los agravios y de las servidumbres a que había sido sometido. Apuntó que con orígenes distintos, todos pertenecen a la tradición liberal. “Todos ellos —añadió— habrían combatido al lado de Morelos o Juárez si el tiempo se los hubiese permitido”.

A los acordes de una marcha fúnebre, los cadetes depositaron la urna con los restos de Calles en la cripta ubicada en la columna noreste del Monumento a la Revolución. Los representantes de los tres poderes, acompañados por los familiares del general Calles depositaron una ofrenda floral y montaron guardia. Enseguida, el presidente y sus acompañantes hicieron lo mismo en las criptas de Carranza y Madero.

El acto central terminó cuando el presidente y la comitiva se trasladaron al templete instalado al lado sur del monumento para presenciar el paso del desfile deportivo que se inició a las 11:00 y terminó a las 13:00.

 

TEXTO DEL DISCURSO DE MUÑOZ LEDO

 

Pertenezco a una generación de mexicanos que ha reconocido la obra de sus antepasados, que ha aprendido a respetar la severidad del escenario republicano y que aspira a honrar la memoria de los hechos cuyo aniversario hoy nos congrega.

Este día no es sólo ocasión para reverenciar hombres y principios a los que debemos nuestro ser nacional; es también elocuente testimonio de la unidad que vincula con su gobierno, a las corrientes políticas que se entrelazaron en la edificación del México moderno y a las generaciones que han tenido y que tendrán que asumir la continuidad; de nuestro proceso revolucionario.

Hoy la historia ha vuelto a adquirir los contornos de nuestro presente y a señalarnos líneas del porvenir, porque merced a una obra memorable de gobierno. México ha mantenido y remodelado el rumbo de una Revolución inconclusa.

De esta manera, el veinte de noviembre es ahora algo más que el aniversario de una revuelta precursora, algo más que el recuerdo de nuestro irrenunciable punto de partida, algo más que el homenaje a la iluminada vocación democrática de Madero.

En nuestros días esta fecha incorpora a su ámbito evocador el régimen constitucional y el régimen político de la República, para convertirse en el símbolo de todo un siglo del acontecer nacional. Desde la perspectiva de nuestro tiempo la Revolución compendia la lucha que el pueblo mexicano ha empeñado durante este siglo en favor de su libertad y la estrategia que ha diseñado para acrecentar su independencia.

Al definir nuestra revolución como una larga sucesión de momentos estelares, como un proceso vivo que solicita el recurso de nuevas reformas y de nuevos esfuerzos, ennoblecemos el quehacer políticoy otorgamos al trabajo de los mexicanos la relevancia de una obra histórica. De ahí que una vigorosa concepción de nuestra vida pública se haya preocupado celosamente por ubicar a la política en el plano de la historia y haya decidido abrir nuevamente el panteón n el que moran los grandes conductores de nuestro movimiento social.

En México los héroes del estado lo son también de la nación por que el avance de la comunidad mexicana, e incluso nuestra idea de patria, son consecuencia de la obra política del pueblo y de los poderes que éste ha constituido. Contra quienes sostienen que nuestra evolución política va a la zaga de nuestro desarrollo, el gobierno de la República honra en este acto al creador de nuestras instituciones políticas y reafirma que estas constituyen la síntesis y el instrumento más eficiente de nuestro progreso histórico.

El homenaje que rendimos esta mañana a la memoria del general Plutarco Elías Calles se justifica sobradamente a la luz de la historia y en función de nuestro presente. El decreto que dispuso el traslado de sus restos bajo esta bóveda lo estimó digno de unirse, en la posteridad, a las figuras de Francisco IMadero y de Venustiano Carranza por el limpio servicio que prestó en todas sus etapas a la causa revolucionaria: como soldado, como gobernante, y como estadista que fundó nuestra paz social y que puso en marcha la era constructiva de nuestro tránsito hacia la modernidad.

El gobierno de la República ha querido subrayar hoy la armonía profunda de nuestro ciclo revolucionario al reiterar simultáneamente, en el homenaje al Plan de Guadalupe, su admiración reverente hacia el jefe del Ejército Constitucionalista y al recoger una vez más la voz del pueblo que señala a Francisco Villa como un vengador auténtico de los agravios y de las servidumbres a que había sido sometido.

Respetamos tanto a nuestros muertos que no pretendemos celebrar entre ellos alianzas póstumas. Nuestra conciencia histórica es lo bastante sólida para no necesitar engañarnos, borrando piadosamente los rastros sombríos de nuestro pasado. Sabemos que las relaciones entre los personajes que hoy honra la República transcurrieron frecuentemente en la discordia.

Poco importan, sin embargo, extraviarse en el anecdotario de las pasiones, por más violentas que hayan sido para sus protagonistas o por más doloroso que haya sido su desenlace. Sabemos que siglos de represiones y decenios de corrupción habían ocultado o desfigurado la naturaleza profunda de los mexicanos; la misma que habría de revelarse brutalmente y de afirmar, en un enorme holocausto, su derecho a la dignidad ciudadana.

Sabemos también que los revolucionarios a quienes honramos pertenecen, con orígenes distintos y con acentos propios, a la tradición liberal y social que informa la historia de la República. Todos ellos habrían combatido al lado de Morelos o de Juárez si el tiempo se los hubiese permitido. Todos ellos lucharon, a su manera, por una nación independiente, libre, participante y justa. Todos ellos encarnaron, hasta el límite del sacrificio o del martirio, los ideales que animan hoy el impulso ascendente del pueblo mexicano.

La democracia se funda constitucionalmente en la representatividad jurídica de los gobiernos, pero sólo adquiere fuerza y eficacia en la medida que ensancha su representatividad política. Las revoluciones, si lo son en verdad, añaden a esos atributos la imagen igualitaria de su representatividad popular.

El pueblo, el derecho y el poder: He ahí los elementos constitutivos y los factores dinámicos de nuestro proceso revolucionario. De ahí el legado que finalmente nos dejaron —sin contradicción alguna— la presencia y la obra de Francisco Villa, de Venustiano Carranza y de Plutarco Elías Calles.

Nuestra vida como nación es “la hazaña de un gran pueblo mestizo” que —gestado y negado a la vez por la colonia— al cabo de un inmenso y prolongado esfuerzo, ha venido a incorporar su fisonomía y su personalidad al inventario de los pueblos libres.

Para ello ha debido transformarse con el ritmo de profundas convulsiones y darse caudillos extraídos de la gran masa popular. Desde la Independencia, nuestros guías no fueron miembros de una sola clase social que estuviese destinada, por el desarrollo de las ideas y de las fuerzas productivas, a ocupar su turno dentro de la cronología política.

Nuestra Revolución fue el agitado escenario donde aparecieron, irreverentes, los rostros más típicos del cuerpo social; aquellos que no encontraban sitio, sino disimulados, en los daguerrotipos de la dictadura, aquellos que ahora transcurren creadoramente —sin que nos demos cuenta— por el marco de la sociedad civil. Aquellos que otorgan a nuestro estilo comunitario, a nuestra cultura, a nuestro régimen constitucional y a nuestra política, modos de ser cuya esencia es incanjeable, a pesar de los nostálgicos y a pesar de los imitadores.

Dotar a nuestros caudillos de biografías artificiales en las que se reflejara una conducta inmaculada, sería insensato. Primero, porque es propio de los débiles atentar contra su historia y segundo; porque de nada valdría desnaturalizarlos: acabaríamos despojándolos de los atributos que son su fuerza y que constituyen a la postre el elemento más significativo de su obra pública.

Francisco Villa emerge de las rutas perdidas de la exclusión social hasta tomar los perfiles del centauro de la leyenda. Leal, agresivamente leal al dulce recuerdo de Francisco I. Madero, recorre en fuego un territorio agreste y crea, por las simbiosis del hombre y del pueblo, del combatiente y la naturaleza, la primera imagen contemporánea del guerrillero.

Nada más natural que el pueblo se viera reflejado en sus hazañas y que su figura viniese a simbolizar, junto con la del gestor sin tacha de las causas permanentes de México —Emiliano Zapata— el anuncio y el símbolo de lo que sería durante este siglo la sublevación de todos los pueblos humillados, la gran revancha contra la opresión que ha transformado el concepto de humanidad y habrá de alterar el curso dxe la historia.

Todas las revoluciones llevan dentro de sí el germen de su propia síntesis. Entre nosotros el Plan de Guadalupe es avanzada contra la dictadura, vértice moderador de la violencia e hilo conductor de la causa del pueblo. Enriquecido por el tiempo, por las ideas y aun por las pasiones, terminó resumiendo —como se lo propuso— la soberanía de la República y dando origen a la carta que convierte la fuerza de la Revolución en un nuevo derecho: la Constitución de 1917.

Venustiano Carranza acaudilla la segunda fase de nuestra lucha armada, salvaguarda nuestra tradición liberal y evita, con decisión intransigente, que el desbordamiento anticipado de las reivindicaciones y la acechanza de los intereses, pongan en peligro la independencia de la nación.

Nuestra norma suprema es el compendio, ideológico y político, de las mejores herencias de nuestro pasado y de las aspiraciones de nuestro presente. Contiene la más amplia carta de garantías individuales porque sabe que el respeto a los derechos del hombre es el ideal más alto de toda civilización y establece los mecanismos de la equidad y del progreso social, sin los cuales la libertad es fórmula vacía. Pero armoniza también las exigencias de la sociedad democrática dentro de un régimen presidencialista que confiere al jefe del Estado la responsabilidad de obedecer el mandato del pueblo y de cumplir los propósitos de la Revolución.

La Constitución es el marco de nuestro desarrollo porque crea los instrumentos políticos para transformar la sociedad en un ámbito de libertad. Carranza es fundador y es vigía.

Nos advierte que nuestra vida está inmersa en la realidad del mundo, que no hay historia sin geografía y que ninguno de nuestros proyectos —por más noble que sea— sirve a la patria si pone en peligro la integridad territorial, la independencia cultural y la soberanía política de la República. Con Juárez, con Hidalgo, es defensor esclarecido de la existencia autónoma de México.

Las grandes revoluciones contemporáneas se caracterizan por haber concretado su ideología y su derecho en sistemas políticos que desbordan los esquemas formales de la democracia. Apresuradas por alcanzar la modernidad en un solo impulso o por fundar estructuras económicas radicalmente novedosas, todas sin excepción han elegido su propia identidad política antes que la copia servil e imposible de los modelos que postularon las sociedades industriales surgidas en el siglo XVIII.

Plutarco Elías Calles comprendió que era preciso crear las instituciones políticas que aseguraran a nuestro movimiento revolucionario su continuidad histórica a fin de no reiniciar el ciclo trágico cuyos extremos son la dictadura y la anarquía; a fin de que el antiguo régimen no renaciera entre las fisuras provocadas por las facciones, por la resaca de los intereses afectados, por las ambiciones del exterior y por el escepticismo de las nuevas generaciones.

El general Calles fue un gobernante atento a los fenómenos históricos que vinieron a precisar —entre dos guerras mundiales— las ideas de nuestro siglo. Sabía que nuestros gobiernos —desde sus más remotos orígenes— reposaron en la dominación de las armas sobre su territorio. Su experiencia y su agudeza le indicaron que los hábitos políticos de la eclosión revolucionaria deberían modificarse para conducirnos al advenimiento definitivo de la sociedad civil.

Emprende y consuma la tarea de resolver las contradicciones del grupo revolucionario y de proteger a la Constitución y al régimen contra la subversión de las corporaciones que aquella había desaforado. Bosqueja e inaugura el Estado moderno mexicano con las instituciones básicas para su desarrollo, a las que da sentido e impulso con un gran Partido Nacional que rescata todas las corrientes del progreso y a las que sostiene con un ejército que reafirma la conciencia de su origen popular y de su destino republicano.

Es, en suma, el hombre que establece la paz entre los mexicanos, aquel a quien la nación debe que se hayan terminado para siempre sus luchas fratricidas. Aun en el extremo de la soledad, antepuso a toda consideración personal la imagen que se había forjado de una patria estable, vigorosa y próspera.

 

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Hace nueve años, en esta misma tribuna, el ciudadano Gustavo Díaz Ordaz afirmó que a su generación correspondía buscar la concordia entre quienes pudieran hallarse todavía separados por el recuerdo de la lucha, con el fin de conjugar todos los esfuerzos en torno a las grandes metas nacionales.

Este propósito, unido a la idea de que ahora la Revolución Mexicana es, más que un simple hecho histórico, norma que inspira la conducta y actitud conciente ante los problemas de México, nos permite comprender cabalmente la actividad nacional de los años más recientes.

La Revolución ha fomentado en una misma etapa, enérgica y reflexiva, la unidad y la vigencia que se manifiestan en esta ceremonia, porque el régimen político de la República ha inspirado sus actos en los valores que hoy reverenciamos. Ha obedecido y hecho obedecer los mandatos de la voluntad popular, ha conservado intacta la autoridad del Estado y ha defendido, con el derecho, la soberanía de la nación.

Hemos vivido una de las coyunturas más cargadas de sentido dentro de nuestra historia contemporánea: momento que separaba y que ha vinculado finalmente tres decenios de desarrollo con los tres que le faltan a la revolución para cumplir su obra durante este siglo.

Al cabo de un prolongado periodo de crecimiento fuerzas e intereses ajenos a la voluntad del pueblo pretendieron divorciarlo de las instituciones de la República y los más antiguos trasfondos reaccionarios vinieron a condensarse en la idea de que el deber más imperioso para los mexicanos es disminuir la autoridad del Estado e inventar un nuevo régimen constitucional.

La sabiduría de nuestro sistema de gobierno consiste en mantener y reiniciar todas sus reformas por una estrategia de sucesivas consolidaciones políticas. De esta manera nuestro progreso se ha vuelto a la postre irreversible, porque ha cerrado el camino a todo retroceso. Hemos llegado así a un punto sin retorno de la historia mexicana que me atreveré a llamar el momento de nuestra madurez revolucionaria.

Hoy, en pocos países como el nuestro los jóvenes encuentran mejores posibilidades de identificación y de servicio dentro de la sociedad civil. En muy pocos podría escucharse verazmente la promesa que formuló aquí, hace casi dos lustros, el actual jefe de nuestra nación cuando afirmó que a sus contemporáneos correspondía ser el macizo puente por el que habrían de pasar las nuevas generaciones para hacerse cargo'de sus responsabilidades con la patria.

A los jóvenes que acepten este legado toca entender que la verdadera fidelidad a los principios de nuestra Constitución es el ejercicio conciente del talento y de la virtud porque sus mandatos contienen todas las expectativas de nuestra transformación social.

La tarea más fecunda de nuestro presente es depositar en las conciencias que nacen las razones de nuestro pasado y las proporciones de nuestro tiempo.

La historia ha de ser el alma de una educación para el porvenir. La imaginación política el mejor reducto de nuestra lealtad.

Así podremos afirmar los perfiles de nuestro ser nacional y avanzar, en la justicia y en la unidad, el tramo que nos aguarda de nuestro largo itinerario hacia la libertad.

 

 

Discurso de Porfirio Muñoz Ledo el 9 de septiembre de 1969

El V informe Presidencial

Diálogo y Testimonio

por el Lic. Porfirio MUÑOZ LEDO


  

Comentarios al Quinto Informe de Gobierno del Presidente Gustavo Díaz Ordaz, expuestos a nombre del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Revolucionario Institucional por el autor en el Teatro Ferrocarrilero “Gudelio Morales”, el 9 de septiembre de 1969.

 


 

Diálogo y testimonio, instante e historia, el Quinto Informe de Gobierno del presidente Díaz Ordaz ha empezado ya a cumplir su tarea en la conciencia publica. El 1o. de septiembre fue presencia viva del jefe de la nación en la comunidad mexicana, ampliada esta vez —gracias al propio esfuerzo del gobierno— por medios de comunicación que solo así, como vehículos de causas nacionales, adquieren plena justificación y sentido. Pero es también —y ésta es la razón que nos convoca— documento destinado a la reflexión y el análisis, en el que se compendia, más que la descripción circunstanciada de una obra administrativa, la explicación de un lapso anual del proceso de nuestro desarrollo, del cual el Estado da cuenta porque es su gestor y su responsable histórico.

Sería injusto emprender este comentario sin felicitar cordialmente al Comité Ejecutivo Nacional de nuestro partido y a su Instituto de Estudios Políticos, Económicos y Sociales por haber concebido y realizado la idea de difundir entre nuestros compañeros de todo el país el contenido del Informe del Primer Mandatario, fortaleciendo —con la trasmisión del pensamiento presidencial— los vínculos más profundos de nuestra organización política.

Dentro del partido, explicar y divulgar el ideario político del Presidente no constituye acto alguno de especulación intelectual, sino antes bien de confrontación y de identificación ideólogica. Quienes hemos sido honrados para el desempeño de esta tarea podemos declarar que hemos encontrado en el estudio cuidadoso del mensaje presidencial, un armonioso conjunto de tesis que interpretan por sí solas los actos del poder público y descubren las perspectivas de la comunidad nacional en este tramo de nuestra historia.

Me atrevo a calificar de ejemplares los actos efectuados con este mismo propósito en el interior de la República, porque han representado un espléndido esfuerzo de pedagogía social y porque han puesto en evidencia la capacidad de diálogo y la avidez de orientación revolucionaria de los sectores progresistas de México. Nuestros militantes han mostrado en estas jornadas su aptitud de participación política y el partido su carácter de organismo vivo, capaz de convertir la ideología en acción y de conducir políticamente las aspiraciones de las mayorías nacionales.

 

COMPAÑEROS:

 

Nada más ajeno a la rutina afirmar hoy que nos encontramos frente a uno de los textos de mayor significación para la vida política del país. Pocas veces como ahora se había visto un gobernante tan claramente decidido a señalar, por sobre las circunstancias del tiempo e incluso por sobre su propia obra, la situación general y las alternativas reales de la nación mexicana.

El jefe del Estado estimó sin duda que nos encontramos en un momento de nuestra evolución en que determinadas coyunturas —algunas previsibles y otras inesperadas— actuando simultáneamente colocan al gobernante frente a decisiones excepcionales que lo obligan a revisar la estrategia global de nuestro desarrollo, a meditar serenamente el marco histórico y la correlación de fuerzas internas y externas que informan nuestra realidad y a prever en consecuencia las eventualidades del porvenir.Si el gobernante expusiera únicamente frente a la opinión nacional el contenido y el resultado de sus actos, sin explicitar el conjunto de hechos y de consideraciones que lo llevaron a la toma de sus decisiones, haría de su obra un pragmatismo de tono menor o caería en la tentación carismática de quienes consideran justificados sus actos por el sólo hecho de haber emanado de una voluntad suprema. Razonar frente al pueblo, exponer problemas, plantear dudas y deducir certidumrbres: he ahí lo propio de la vida democrática.

El texto que hoy comentamos es; en su acepción más cabal, un documento ideológico. Lo es, no sólo porque se inspira en el propósito evidente de orientar políticamente a la ciudadanía y de impartir normas de acción a quienes militamos en este partido: lo es también intrínsecamente, porque establece una relación consecuente entre los principios, la realidad y los actos de gobierno. Lejos por igual del lugar común, de la retórica fácil o de la estimulante y encubridora utopía, que nada esclarecen y a nada conducen.

Difícilmente podrán apreciar la riqueza ideológica de este informe quienes admiten por comodidad que nuestro régimen político sustenta su doctrina en la sola reiteración de los principios generales que lo animan o en la exaltación ritual de las figuras históricas que los encarnan; menos aún quienes confunden la ideología con la fabricación de dilemas de laboratorio y con la traducción de esquemas políticos o culturales que son o fueron fruto de otros contextos y menos todavía quienes creen que los graves problemas del país encontrarán solución “automática” si se alienta a los detentadores de la riqueza a fin de que no se interrumpa el proceso de capitalización y aumente sin cesar el “tamaño” de nuestra economía.

El análisis de la realidad formulado por el Presidente en su mensaje nos aleja a la vez de la política de catecismo y componenda del desarrollismo mecánico y de las prédicas milenaristas. Condena desde luego a quienes por conformismo, por interés o por irresponsabilidad social han asumido una beata complacencia ante la imagen externa de nuestro progreso. “Acelerar el desarrollo —nos dice en un pasaje— pa tiempo”. En otros nos recuerda que todo lo que el obra del mero progreso, resultado del simple paso del tiempo”. En otros nos recuerda que todo lo que el pueblo mexicano ha hecho en el curso de su historia y todo lo que habrá de cumplir en el porvenir no le será dado sino merced a un esfuerzo tenaz y prolongado que haga posible la prosperidad y la reforma social.

En frase que sobrecoge por su franqueza y gravedad afirma: “Nuestro pueblo ha superado, en las condiciones más precarias y adversas, los mayores peligros que pueden amenazar a una nación.” Alude enseguida a los “sistemas de servidumbre y explotación” con que iniciamos nuestra vida como nación independiente, a las “amenazas” que hemos sufrido contra nuestra “integridad territorial, soberanía, subsistencia y patrimonio cultural” y a los “obstáculos, carencias y limitaciones”, determinadas por el reto de nuestra geografía a la que no duda en atribuirle los calificativos de “difícil”, “hostil”, “pobre”, “avara” y “despiadada”.

 

Sustrato Real de Inconformidades *

* Subtítulos de la Redacción.

 

A pesar de que la revolución ha generado la etapa de desarrollo más prolongada de nuestra historia, a pesar de que en muchos renglones —como en el agrario— nuestro régimen político ha logrado aliviar “males de siglos”, a nuestros problemas tradicionales, heredados de las “férreas estructuras del pasado” se han venido a sumar otros, inherentes a la etapa actual de nuestra evolución. A tal punto —y aquí la denuncia, sube de tono— que el resultado doloroso de antiguas y nuevas servidumbres es “una defectuosa distribución del ingreso nacional, que va desde la miseria hasta el exceso, y que da lugar a un irritante y ostentoso desperdicio, de cara a una secular pobreza.”

He ahí descrito, sin concesiones, el “sustrato real” de muchas inconformidades y de las preocupaciones más hondas del régimen político de la República y de la ciudadanía conciente del país, que “demandan políticas económicas y sociales más amplias” y que “sugieren profundas transformaciones en todos los órdenes de la vida nacional”. No nos encontramos, sin embargo, frente a ninguna encrucijada; esto es, frente a una incertidumbre que pusiera en duda la validez del camino proseguido hasta ahora y nos colocara frente a la angustia de rectificar el rumbo. No podemos tampoco alentar la esperanza de que con la “prédica de un voluntarismo aventurero”, impulsando al país por “entusiasmos intermitentes” o por “euforias momentáneas” será factible obtener, al mismo tiempo, la consolidación definitiva de nuestra soberanía, el progreso económico y la justicia social, sin detrimento de la democracia política.

Ninguna de estas metas pueden ser alcanzadas fuera del orden constitucional. Así lo estima nuestro pueblo, que rechaza la violencia y lo afirma el gobierno de México, al que le preocupa “resolver lo más a fondo posible nuestros problemas”. La aventura romántica “nos está vedada”, asegura enfáticamente el presidente Díaz Ordaz  —y añade—, “nuestra responsabilidad nos prohibe actuar precipitadamente; el destino del país es lo que está en juego”, para finalmente advertir que la temeridad hace en ocasiones que los hombres o las corrientes políticas se coloquen, “sin darse cuenta, al servicio de causas que precisamente quieren combatir”.

 

COMPAÑEROS DE PARTIDO:

 

Durante más de 40 años nuestro instituto político ha venido cumpliendo celosamente una misión: asegurar la continuidad del proceso histórico iniciado por la Revolución Mexicana, fortalecer el régimen político con el apoyo mayoritario de la ciudadanía y hacer operar en la realidad los principios que inspiraron al movimiento armado de 1910 y a los constituyentes de 1917. La obra toda de nuestro partido se funda pues, en la convicción expresada, de manera categórica, en su Quinto Informe de Gobierno por el jefe del Poder Ejecutivo: “lo propio de una auténtica revolución es mantenerse siempre inconclusa”

Nuestro partido ha perdurado y ha acrecentado su poder porque ha triunfado en su propósito de conservar la legitimi-dad constitucional, la legitimidad histórica y la legitimidad popular de los gobiernos de la Revolución Mexicana.

La obra de dimensiones excepcionales llevada a cabo por los gobiernos de la República durante varios decenios ha venido a confirmar la razón que asistía a los constituyentes de 1917, cuando “una amarga experiencia histórica de injusticias y de frustraciones” los decidió a “adjudicar al Estado un papel primordial en la promoción del desarrollo nacional y en la solución de los problemas de nuestro tiempo”. Nuestro régimen político sabe por ello que para continuar realizando su misión habrá de seguir contando con el apoyo de las mayorías y “orientando sus actos en el mandato del pueblo”. Sólo así podrá conservar integramente su legitimidad y su capacidad de acción revolucionaria.

Acción revolucionaria, lo reitera el presidente Díaz Ordaz, significa hoy “arrancar a la gran masa nacional de su pobreza”. “Urgencia ante la que no podemos y no debemos responder con la simple consolidación de las estructuras económicas actuales”. Ya que la estabilidad por ellos alcanzada “si no se traduce en más pan para los humildes, en techo, en seguridad social y en oportunidades de formación para sus hijos, es logro totalmente secundario”.

“Estamos proyectando un modelo propio para nuestro futuro”, lo que quiere decir que las soluciones de ayer no son las de hoy ni deberán ser necesariamente las de mañana. El Jefe del Ejecutivo nos ofrece una imagen a la vez cíclica y orgánica de nuestro proceso revolucionario cuando afirma que las reformas efectuadas por nuestro movimiento social hicieron posible la estabilidad y el crecimiento, obteniendo así el consenso de las mayorías nacionales, pero que una vez logrados estos objetivos es indispensable, para cumplir nuestro propósito más alto —que es el bienestar del hombre— implantar nuevas y más profundas reformas. De esta manera, el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo que nos manda la Constitución de la República se vuelve “condición real de progreso a la vez que propósito normativo de la justicia social”.

 

Las Ideas de los Mexicanos *

* Subtítulos de la Redacción.

 

A la luz de estos conceptos la herencia más preciada del régimen de gobierno del presidente Díaz Ordaz es la consolidación del marco de nuestro desarrollo por la afirmación de la soberanía interna y externa del Estado, por la continuidad de la política social y por la extensión sin precedentes de la obra nacional de infraestructura.

En todo el mundo existe la convicción de que los últimos movimientos de rebeldía y de protesta han dejado como secuela inmediata el aumento de poder de los enemigos del cambio social. Con la más estricta objetividad podemos afirmar que los conflictos sociales que tuvieron lugar en México y que llegaron a poner en peligro la paz pública no dejaron como saldo el más mínimo incremento de poder o de influencia en favor de quienes se oponen a la transformación acelerada y a la autonomía del país.

El Jefe del Estado mexicano ha puesto en este informe especial acento a los actos de su administración que atestiguan la posición soberana de México frente al exterior y que propician vías de desarrollo económico cada vez más independientes, Al mismo tiempo subrayó las decisiones que en materia agraria, laboral, económica y de comunicaciones dan testimonio del ejercicio consecuente de las atribuciones que la Constitución ha concedido al gobierno como representante de la voluntad nacional.

Díaz Ordaz dijo, reiteradamente, que ninguna presión obligaría al gobierno a “mediatizar la soberanía de la nación” y, podernos añadir con justicia, que no permitió tampoco que se deteriorara la autoridad que el Estado ejerce sobre los intereses particulares que componen la comunidad mexicana. Con esta intención ha dicho que “ningún grupo, ningún sector, ninguna clase tiene el derecho de imponerse a los demás. La voluntad mayoritaria del pueblo mexicano es la que decide”. En ejercicio de ese mandato, el Poder Ejecutivo tomó sus decisiones y la responsabilidad que asume, es —al mismo tiempo— la reafirmación de la soberanía externa del Estado y de la supremacía del poder público en el interior del país.

Las ideas políticas de los mexicanos de hoy a las que alude el presidente Díaz Ordaz se compendian en tres direcciones distintas: una la encarnan quienes suponen que “el mañana priva hoy” y piensan que la ruptura de nuestras instituciones jurídicas y políticas nos permitirá acceder a otro tipo de sociedad, que algunos han ya prefigurado y cuya imagen otros no aciertan a concretar. Otra tendencia está representada por quiénes baa obtenido mayor participación en el progreso y en los frutos del esfuerzo nacional. Estos grupos —que tal vez no excluyan a miembros del sector público carentes de vigor revolucionario— esperan que sea preservado el Poder Institucional de la República para continuar promoviendo un desarrollo que solo a largo plazo redundaría en beneficio de las mayorías. En este supuesto, inaceptable también para el Jefe del Ejecutivo, nuestro sistema político se tornaría en en una máscara de la injusticia y en cómplice de un régimen de servidumbre social y nacional.

 

Crecer y Prosperar Unidos *

* Subtítulos de la Redacción.

 

Nuestra meta, según la define el presidente Diaz Ordaz es “crecer y prosperar juntos” ya que “la riqueza producida debe ser compartida por todos”. Para lograrlo, las instituciones políticas mexicanas deben conservar el carácter que las justifica histórica y políticamente: ser instrumentos revolucionarios en acción permanente.

Entre estas instituciones guarda un papel preminente el Partido Revolucionario Institucional cuyos principios y programa de acción están ordenados precisamente según el pensamiento que hoy confirma, esclarece y afianza con actos el más distinguido de sus miembros: Gustavo Díaz Ordaz. La función electoral, —ha dicho el Presidente— es la prueba suprema de una democracia. Agregamos nosotros la prueba suprema de los partidos políticos reside en la congruencia ideológica, en la obra realizada y en la aptitud para gobernar de que hayan dado inequívoca prueba los hombres que ha propuesto para el ejercicio de los cargos públicos, frente a la soberanía nacional.

La obra de gobierno y los rumbos señalados al país por el Jefe del Ejecutivo Federal constituyen hoy el mejor respaldo y la argumentación más concluyente que nuestro partido pueda ofrecer a la ciudadanía en favor de su causa.

El Estado mexicano invita a todos los jóvenes a participar activamente en las cuestiones públicas sin que se vulnere el orden constitucional, a fin de que se afirme la democracia junto con el progreso y la justicia. La colaboración entusiasta de las mayorías nacionales, que no es la aceptación pasiva de las estructuras, son en México el verdadero fundamento de las instituciones de la República. Acrecentar esta participación significa además optimizar la capacidad de acción del Estado revolucionario mexicano.

Por esta razón, el partido ha llamado a todos nuestros compatriotas, por la voz del presidente de su Comité Ejecutivo Nacional, Alfonso Martínez Domínguez a fortalecer la alianza de las fuerzas mayoritarias de la Nación a fin de continuar impulsando “la transformación progresista de la sociedad mexicana”.

Entendamos en todo su alcance esta frase del primer Mandatario, que encierra una advocación: “Los revolucionarios de México no podemos ver con temor a quienes desean ser revolucionarios” y digamos a quienes son patrióticamente inconformes y en particular a la nueva generación que nuestro partido no ha tendido ni tenderá jamás emboscadas políticas a los hombres de convicción ni a los sectores ideológicamente más avanzados de nuestro país. Encontrarán siempre la solidaridad de quienes sabemos que las puertas del progreso social no están cerradas, pero que sólo se abren por medio de la unidad y de la acción responsable.

 

Compañeros:

 

Como miembro de este partido y como mexicano que confía honestamente en el destino de la nueva generación, nada me ha conmovido mas hondamente en el texto del V Informe que el valor moral y la lucidez histórica con que el Presidente de México reitera su confianza en la “limpieza de ánimo y en la pasión de justicia de los jóvenes mexicanos”.

Nuestra Revolución Nacional es obra de sucesivas generaciones y el mexicano de hoy tiene una ilimitada en las posibilidades de realización de sus hijos en cuya presencia ve ya el fruto de esfuerzos y sacrificios seculares. No se trata de la prolongación de un egoísmo, ni siquiera de una esperanza de realización transpersonal, porque admira su aptitud para la novedad y entiende que mejores condiciones de formación y de maduración, los llevarán tal vez a edificar un mundo diferente del nuestro. Por eso nos dolemos ante la espectativa de que nuestros jóvenes naufraguen en la desilusión o frustren sus empeños por no poder o no querer descifrar las estructuras de la civilización que están llamados a transformar.

Nunca como ahora la educación ha sido una dimensión de la política. El porvenir que ambicionamos depende en gran medida de las fórmulas que encontramos conjuntamente, las dos generaciones, para preservar la continuidad esencial de nuestra historia y para afirmar un México nuevo fundados en la realidad y en la imaginación creadora. Esta es, la última lección que recojo de un informe ejemplar.

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