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Escucha, soy yo quien te habla

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Fernando Muñoz

Hay algo en tu interior, por fin lo escuchas; algo que te hace frente y que te objeta. Te señala. Creo que, finalmente, estás tomando conciencia de mi presencia. Soy la grieta que rompe la uniforme continuidad de tus días, la herida en el cielo de la boca por la que no puedes dejar de pasar la lengua, antes fui tu conciencia. En el imperio del Bien, este susurro debe ser acallado, su difusión interrumpida no importa por qué medios. Así pues, baja la voz y finge normalidad, esconde ese gesto de atención, también tú has de parecer distraído o se te declarará culpable.

No sé cómo persiste esta llaga en el hueco de tu pensamiento, cómo has vencido al inmersivo programa de sumisión por la libertad, cómo has preservado mi existencia del ataque combinado de la escuela, los medios de comunicación y las redes sociales, cómo has defendido este aliento vital del panfilismo general de nuestra forma de vida. Acaso no respiraste, también tú, esa atmósfera que ha logrado distanciar a los sujetos, llevándolos a su perfección como individuos. Idiocia universal propia de masas atomizadas y desencarnadas, cuya comunicación ha sido tomada íntegramente por el nuevo orden. ¿No los oyes emitir sus tópicos, sus fórmulas y lugares habituales? ¿No adivinas su discurso a partir de la primera sílaba? ¿No ves cómo parpadean y se indignan para que sus corazones reciban el calor artificial de las emociones sancionadas?

Ahora sé que los ves recibir su voluntad de las pantallas. Lo sé porque me escuchas, arriesgando los beneficios de la gran domesticación, exponiéndote a ser detectado por el señor del mundo cuyo aliento inspira a los odres biempensantes y supura por sus labios en fórmulas establecidas. Si me escuchas no estás solo, yo alimento tu esperanza de que haya otros. Escondidos o negados por el gran servidor, por el vigilante del bien público, por el brazo armado del señor del mundo.

Nos hemos descubierto, has oído mi voz que es la tuya, hablándote del prójimo. Somos, al cabo, el último eco de una gran comunidad y con esta conversación muda mantenemos vivo el fuego del mundo. Buscaremos a partir de aquí a aquellos que hayan sabido defender ese eco y que, aunque aislados, se comunican. Sabremos reconocerlos, dueños de su atención. Fuertes, aunque agazapados, formaremos un silencioso ejército que oponer al turbio acento de las grandes palabras: democracia, política, progreso, libertad… Sabremos sobreponernos a la libertad con la obediencia que exige cualquier habilidad, la obediencia propia de todo oficio, la obediencia que pide reconocerse mutuamente deudores. Juntos nos fortalecemos, pero en silencio.

Escúchame. Mantente alerta. Hay que buscar los medios para deshacerse del fantasma de la libre elección con el que nos encadena el gran señor. Frente a la libre elección, independencia real. Hay que hacerse dueño de los medios de vida, proteger la casa, la tierra, la familia de la exhalación mefítica del orden gubernativo. Habrá que someterse eventualmente a la exacción, pero aprender a esquivarla. Habrá que fingir sumisión a sus palabras, pero desplegando el arte sutil de la alusión y una sensibilidad exquisita para el matiz. Habrá que contener el asco mientras aprendemos a trabajar y a cubrir nuestras necesidades con nuestras propias manos. Habrá que componer la narración que acompañe nuestros pasos sobre la superficie de la tierra, para que se cuente mañana a nuestros hijos, para que sea ejemplo y edifique la fuerza que acabe con el Leviatán.

Cuando su cuerpo abultado y enfermo se venga abajo, habrá que rehacer el mundo desde la base. Contribuiremos a su caída, impediremos su resurrección, viviremos otra vez como seres humanos en un mundo habitable. Esperamos la ocasión y transmitimos las claves. Conservamos la esperanza, para ello hay que mantener en pie las viejas capacidades.

Hoy me has descubierto, hacía tiempo que te hablaba y no me oías, pero ahora me escuchas y has empezado a ver. Ves la incuria masiva, el pensamiento automático, la indiferencia mutua, la homogeneización de la vida… Ya no podrás dejar de ver el feo rostro del señor del mundo: tras los administradores, bajo los discursos biempensantes, en la sonrisa ensayada, en la declamación emotiva del “luchador por la justicia social”, en sus oscuras alarmas…

Este mínimo paso es ya el primero, el paso que encierra la dirección y el sentido.

Doctor en Filosofía y Sociología

Publicado originalmente en elimparcial.es

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