{"id":12879,"date":"2021-11-19T23:52:15","date_gmt":"2021-11-20T05:52:15","guid":{"rendered":"https:\/\/indicadorpolitico.com.mx\/?p=12879"},"modified":"2021-11-20T02:48:47","modified_gmt":"2021-11-20T08:48:47","slug":"antonio-rojo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/indicadorpolitico.com.mx\/?p=12879","title":{"rendered":"Antonio Rojo"},"content":{"rendered":"<p><strong>Juan Jos\u00e9 Vijuesca<\/strong><\/p>\n<p>Hay d\u00edas soleados en Madrid que invitan a trocear los recuerdos. Cielo azul virgen extra en una ciudad abierta de par en par, siempre tan libre y al ritmo de su propia vida. Es lo que tiene hacer la calle \u2013en el buen sentido y sin \u00e1nimo de ofender- cuando te impregnas de tanto fotograma viviente por donde transita el aliento plural y terrestre de la existencia. Lo que sucede es que tambi\u00e9n a veces el ritmo se detiene y con ello el tiempo aprovecha para atender compromisos de infancia y la memoria. El m\u00edo, por ejemplo, el pasear por la calle Ventura de Vega y aleda\u00f1os en ese coraz\u00f3n de letras y musas que otrora estuviera liderado por grandes donantes del ingenio, de la sabidur\u00eda y de la tauromaquia. Literatos, poetas, autores, dramaturgos, artistas, toreros y pol\u00edticos, que dieron buena cuenta del esplendor reinante en una \u00e9poca en donde las letras copaban las hojas en blanco y las tertulias confitaban la actualidad social y pol\u00edtica alrededor de intrigas y cotilleos, en buena hora de lenguas viperinas, enconadas enemistades y mil batallas alrededor de cualquier disciplina reinante.<\/p>\n<p>Como digo, en esta ligera licencia de ma\u00f1ana en un d\u00eda oto\u00f1al cuando las primeras dudas de noviembre mezclan sol brillante con fr\u00edos de casta\u00f1as asadas y anocheceres prematuros, nada me impide rememorar mi infancia por la mencionada calle Ventura de la Vega y es cuando a la altura del n\u00famero 6, apoyado en el quicio soleado de su tienda de antig\u00fcedades veo a alguien de mi \u00e9poca observando la fachada del edificio de enfrente, el n\u00famero 5. Es Antonio Rojo. Su mirada es nost\u00e1lgica y no es para menos. Su manera de observar le delata y en vez de contemplar un frio edificio hoy dedicado a oficinas, \u00e9l se ve ayudando en el negocio de su padre, nada menos que Juli\u00e1n Rojo, el due\u00f1o del que otrora fuera restaurante de su propio nombre, aunque a don Juli\u00e1n le gustaba calificarlo como Mes\u00f3n Taurino.<\/p>\n<p>Antonio, el hijo mayor de don Juli\u00e1n y do\u00f1a Pilar, me invita a cruzar el umbral que separa dos mundos contrapuestos. Dentro, en su decana tienda, el culto a una buena parte de la historia de Espa\u00f1a merced a la jerarqu\u00eda intelectual de mi anfitri\u00f3n. Entrar en Antig\u00fcedades Rojo es como sumergirte en el silencio de las catedrales mientras que de puertas afuera, en la calle, solo queda el v\u00e9rtigo de lo que hoy se crea y ma\u00f1ana se olvida. Antonio tira de la hemeroteca de las emociones y me invita a compartirlas, este hombre es un orfebre de la memoria porque no traiciona ni fechas, ni nombres, ni cifras, ni lugares, ni an\u00e9cdotas. Es un torrente de locuacidad \u201cporque lo vivido en primera persona, es el valor a\u00f1adido a tu intelecto\u201d \u2013seg\u00fan me dice.<\/p>\n<p>Casi a la misma hora de nuestra ni\u00f1ez, \u00e9l, seis a\u00f1os mayor que yo, pero con mejor memoria, va desgranando celosamente la calidez de aquella f\u00e9rtil \u00e9poca de infancias tan ataviada de celebridades que le rodearon en primera persona. Hablar del Madrid de entonces, sobre todo en las d\u00e9cadas de 1940 y 1950 resulta forzoso el no hacerlo respecto del ic\u00f3nico restaurante Juli\u00e1n Rojo. La simbiosis perfecta para alguien que como Antonio iba heredando el gen del saber estar, del respeto y la buena educaci\u00f3n que los suyos le transmit\u00edan. No olvidemos que por aqu\u00e9l negocio familiar no solo los clientes se doctoraban en el buen comer y en el buen beber, sino que por all\u00ed las m\u00e1ximas celebridades de todas las partes del mundo pasaban dejando su reputada marca indeleble del conocimiento y del triunfo mundialmente reconocidos.<\/p>\n<p>Como digo, Antonio Rojo rememora aquellos tiempos con el denuedo de la grandeza cultural, el se\u00f1or\u00edo y la virtud del respeto que atesora. Para los superficiales esto puede sonar a decadente a\u00f1oranza, nada m\u00e1s lejos de la realidad teniendo en cuenta que el privilegio de quien ha tenido la suerte de haberse impregnado del conocimiento de todos aquellos tratadistas de la vida misma, ahora puede discernir con la ilustraci\u00f3n de la que hoy por desgracia se carece en buena parte de nuestra sociedad.<\/p>\n<p>He tenido la suerte de coincidir con Antonio Rojo porque el destino nos envuelve en un pasado como si hubi\u00e9ramos estado envasados al vac\u00edo. Las nostalgias son otra cosa muy distinta, esto ha sido como liberar una parte de la infancia poni\u00e9ndole nombre al tiempo detenido y a las personas respetables que edificaron el antiguo Madrid de la cortes\u00eda, la buena educaci\u00f3n y el respeto; por supuesto no exento del saber p\u00edcaro y pragm\u00e1tico de quienes capaces eran de vender intrigas y manejos a precio de d\u00e1rselas de saber de buena tinta, lo que en realidad luego resultaban desatinos.<\/p>\n<p>Esa es la grandeza de quien vive no para el recuerdo, sino con el recuerdo, pues siempre a nuestro alrededor habr\u00e1 quien, como Antonio Rojo, mi amigo, por as\u00ed haberlo dado en palabra de caballeros, nos permita seguir brindando por dejarnos ver por este rinc\u00f3n de Madrid de ayer, de hoy y de siempre. Eso s\u00ed, imposible invitarnos con una botella de an\u00eds Manolete que guarda celosamente desde que Carlos Arruza y el propio Manolete la utilizaran para brindar por ellos. Me conformo con la amistad de Antonio.<\/p>\n<p><strong>Escritor<\/strong><\/p>\n<p><strong>Publicado originalmente en elimparcial.es<\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Juan Jos\u00e9 Vijuesca Hay d\u00edas soleados en Madrid que invitan a trocear los recuerdos. Cielo azul virgen extra en una ciudad abierta de par en par, siempre tan libre y al ritmo de su propia vida. 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