Oye, Biden: autonomía relativa y colaboración, no subordinación

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Cuando los datos reales revelaban desde el 3 de noviembre que el demócrata Joseph Biden había ganado las elecciones presidenciales, alrededor de Palacio Nacional de México pulularon las voces que aconsejaron un sometimiento inmediato al próximo grupo gobernante. Y si era inevitable que el resultado final oficial fuera como fue, el presidente López Obrador aprovechó la crisis electoral para fijar su estilo de relaciones diplomáticas.

La burocracia de la Secretaría mexicana de Relaciones Exteriores vio en la victoria de Biden una oportunidad para ir acotando el margen de maniobra de López Obrador: el nuevo gobierno estadunidense podría acotar el proyecto posneoliberal lopezobradorista, toda vez que la dependencia mexicana comercial, política, diplomática e ideológica fue una de las grandes concesiones que hizo el presidente Carlos Salinas de Gortari para lograr el tratado comercial en 1991-1993.

El retraso en el reconocimiento a los resultados electorales y la felicitación a Biden sirvió a México para dejar sentado el mensaje de que no habría sometimiento inmediato, tal y como lo sugirieron, de manera molesta, la embajadora Martha Bárcena y su esposo, el embajador jubilado Agustín Gutiérrez Canet. La embajadora en Washington expuso el temor al enojo de la próxima Casa Blanca y Gutiérrez Canet llegó a escribir que en México había una campaña contra Biden en altos círculos oficiales del gobierno mexicano, presuntamente del canciller Marcelo Ebrard Casaubón.

La guerra palaciega mexicana quiso provocar un relevo en el grupo diplomático ebradista del presidente López Obrador con el argumento de que en el equipo de Biden no querían a ningún mexicano que hubiera negociado favorablemente con Donald Trump. El objetivo final era convencer a López Obrador de aceptar no solo la victoria de Biden, sino el papel imperial de la próxima administración en la Casa Blanca.

De no ser por la amenaza arancelaria para detener las caravanas centroamericanas de migrantes y de presionar para revisar asuntos concretos del Tratado, en realidad Trump nunca se preocupó por intervenir en México al viejo estilo imperial de los reaganianos o los obamistas. En cambio, Biden aún no toma el poder y su enfoque de seguridad nacional imperial ha exigido la aceptación inmediata del sometimiento mexicano.

En este contexto, el presidente López Obrador operó la respuesta de México a las elecciones presidenciales de los EE. UU. con pistas para ir adelantando indicios de que los demócratas no van a encontrar a un México sumiso como determinó el Tratado comercial salinista. Por eso México contestó al arresto provocador del secretario de la Defensa Nacional 2012-2018 con una reforma legal para controlar a los agentes extranjeros que operan en México bajo condiciones imperiales de extraterritorialidad y por eso el presidente López Obrador aceptó el resultado electoral estadunidense en función de tiempos y términos mexicanos.

Pese a la argumentación miedosa de la burocracia diplomática mexicana –Bárcena y Gutiérrez Canet–, Biden llega al poder bastante debilitado y con tres acotamientos: no quería ser el candidato ni se esforzó por parecer candidato, su edad lo condiciona a sólo un periodo de cuatro años –asumirá la presidencia con 78 años y la posible reelección lo atraparía con 82 años– y carece de fuerza personal para imponer un estilo por encima del poder dominante de la burocracia palaciega en la Casa Blanca. En este sentido, a Biden lo ven como a James Carter en 1980: un presidente de transición.

Pero el principal acotamiento de Biden estará nada menos que en Donald Trump, cuyos 70 millones de votos van a mantenerse vivos por la agenda crítica de su argumento de que le robaron la presidencia. Una reciente encuesta adelantó que la carrera presidencial del 2024 estará entre Trump y Michelle Obama, con el dato de que el presidente Obama no permitirá que su esposa contienda contra el estilo agresivo de Trump.

México tendrá mayores ventajas de movilidad si opera sobre las circunstancias y no sobre la burocracia diplomática.

 

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