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T-MEC, oportunidad perdida de Salinas a Sheinbaum

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La presidenta Sheinbaum Pardo y su secretario Marcelo Ebrard Casaubon cerrarán en estos días la oportunidad de modernización productiva que representó el Tratado de Comercio Libre firmado por el presidente Salinas de Gortari en 1993. El objetivo fue construir un nuevo Proyecto Nacional de Desarrollo para un México moderno, pero los próximos diez años terminarán por ahogar al país en una República maquiladora.

La culpa del fracaso del tratado no es de Donald Trump, sino de la decisión de Salinas de Gortari de firmar un compromiso que obligaba a México a una reorganización total de su modelo de desarrollo, pero desde el principio se impuso el esquema del negociador Jaime Serra Puche de convertir el acuerdo sólo en una apertura indiscriminada de fronteras comerciales sin ningún plan de reconstruir y modernizar las plantas productivas industrial y agropecuaria.

Ya no hay vuelta de hoja. La presidenta Sheinbaum y la Casa Blanca ya establecieron el criterio de que los próximos diez años serán los últimos del pomposo mercado común norteamericano que Estados Unidos firmó para usar la mano barata de México y el mercado mexicano de consumo de la chatarra estadounidense; y México careció durante los años de vigencia de un plan real para instalar una gran planta productiva nacional.

El Tratado se convirtió en la quinta oportunidad de México para una modernización de primer mundo: primero fue el capitalismo monopolista de Estado de la Constitución de 1917, luego vino el populismo sindicalista y revolucionario del presidente Cárdenas, le siguió el modelo de sustitución de importaciones como estímulo a la modernización productiva y el populismo 2.0 de Echeverría y López Portillo se estancó en el gasto y no en una revolución industrial.

El desafío de convertir a México en una potencia industrial llegó de la mano de los yacimientos de petroleros en 1977. Pero el 18 de marzo de 1980, el presidente López Portillo anunció el desarrollo sólo nacional: rechazó la oportunidad arancelaria del GATT, dijo que los recursos del petróleo refundarían la planta industrial y agropecuaria y sacó la bandera demagógica del petróleo para un nuevo orden económico internacional inclusive con negociaciones bilaterales fuera del acuerdo comercial.

En medio de la crisis del sistema productivo del populismo, el presidente De la Madrid Hurtado operó el ingreso de México al GATT de noviembre de 1985 a julio de 1986. La propuesta fue de negociación de aranceles y no de un verdadero acuerdo de integración de cadenas productivas.

En diciembre de 1989 con el Consenso de Washington, Estados Unidos encabezó la globalización económica de los mercados de comercio exterior derrumbando barreras arancelarias y optando por integración de cadenas productivas aunque obviamente favorables a EU. En enero de 1990 el presidente Salinas de Gortari aprobó un pomposo Plan Nacional de Modernización Industrial y de Comercio Exterior y en febrero inició negociaciones secretas con Estados Unidos para un acuerdo de integración de cadenas productivas, pero de nueva cuenta cometió el error histórico del subdesarrollo: asentar el poder del Estado sin ningún acuerdo empresarial de redefinición del modelo de desarrollo y de la modernización-reconversión industrial.

La negociación del Tratado en 1991-1993 planteó la necesidad de que México terminara con el esquema productivo industrial y agropecuario de la economía estatista de 1946-1989, pero en realidad la estrategia de Serra fue sólo disminuir aranceles para incrementar exportaciones sin rehacer las plantas productivas de la industria y el campo. Y en efecto, México multiplicó por diez su comercio exterior con Estados Unidos, pero los ingresos por exportaciones no modificaron los tres puntos clave de toda economía: el crecimiento económico, la distribución de la riqueza y el empleo informal.

La estrategia del Tratado de los gobiernos de Salinas de Gortari, Peña Nieto y López Obrador-Sheinbaum Pardo se redujo sólo a mantener la estrategia arancelaria baja, mientras la planta industrial se desmantelaba y la aportación de México al componente de exportación bajó 20 puntos porcentuales. Los tres gobiernos mexicanos clave del Tratado optaron por una globalización económica favorable al neoliberalismo.

Los últimos diez años que le quedan al Tratado serán insuficientes para pensar en una reorganización-reconversión industrial y agropecuaria de México, escasos para diseñar toda la reorganización productiva de la industria del campo y finalmente pequeños para construir una capacidad competitiva de los productos mexicanos en el mercado norteamericano.

La realidad del Tratado está a la vista: PIB promedio anual abajo de 2%, 80% de la población con restricciones sociales y 55 % de los trabajadores en la informalidad.

Y sin Tratado, las cifras de la pobreza serán peores.

 

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Política para dummies: La política debe servir para el bienestar social de las mayorías.

carlosramirezh@elindependiente.mx

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