Elecciones 21. 2.- No hubo cambio de Régimen, ni de Estado, sino de élites

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Los candidatos de Morena a las quince gubernaturas, 500 diputaciones y las principales alcaldías no revelan una reorganización de las formaciones sociales, sino reacomodos en el viejo bloque de poder. La clave de toda reorganización sistémica y de régimen se localiza en el partido en el poder y Morena ha quedado en una extensión de las formas políticas del viejo PRI.

No podría haber sido de otra manera. Morena viene del seno del PRD y éste se configuró con la corriente neocardenista del PRI que combatió en su primera etapa al neoliberalismo salinista. Pero las élites rebeldes no supieron construir nuevas opciones de dirigencias sociales y terminaron su etapa productiva creando tribus facciosas que se quedaron con las reglas del partido. El desprendimiento de Morena tampoco elaboró una propuesta alternativa.

Morena pudo haber sido el camino para cambiar las cosas. Una corriente muy importante de académicos críticos participó en la elaboración de un proyecto alternativo al neoliberal salinista y al populismo priísta, pero fue echado del partido con todo y su propuesta. Y sin partido con proyecto ideológico, propuesta de desarrollo y nuevas bases sociales, el relevo de la clase política quedó entre los destripados del PRI, del PAN, del PRD y los líderes de movimientos sociales de choque.

Los cambios realizados hasta ahora sí podrían configurar una propuesta alternativa, pero para ello se requiere de un planteamiento directo. El diagnóstico real de los grupos lopezobradoristas acertó en su diagnóstico general: el agotamiento del modelo neoliberal de mercado y de polarización social, pero no profundizó causas como para realizar las propuestas alternativas. La clave del neoliberalismo salinista estuvo en la reforma constitucional del Estado 1983-1993 basada en la teoría del Estado autónomo de Theda Skocpol. La reforma eléctrica lopezobradorista por sí misma está quedando en una decisión estatista, porque carece de una nueva reforma del Estado para definir las nuevas funciones del aparato público. Y no se trata de retórica, sino de reorganización total de los ingresos y de los gastos para soltar el lastre acumulado de las irregularidades presupuestales de los gobiernos de Echeverría a Peña Nieto.

El debate teórico de la autodenominada Cuarta Transformación (4ª-T) se quedó estacionado en la crítica antipopulista. El cambio de régimen propuesto por López Obrador careció de una plataforma ideológica y programática. La restauración del Estado para corregir las deficiencias de desigualdad del mercado necesita de una reorganización constitucional del Estado. Salinas de Gortari lo entendió en 1983 como operador de De la Madrid y luego como presidente continuista.

La consolidación del salinismo como grupo neoliberal estuvo marcada por la reflexión teórica, la toma de posiciones de poder de élites superiores ideológicas y el pivote del PRI y su nueva ideología de “liberalismo social”. El subcomandante Marcos le echo a perder la fiesta en enero de 1994, pero no el banquete: los gobiernos de Zedillo a Peña Nieto se sostuvieron con una élite neoliberal aprobada y educada en EEUU.

Con excepción de Marcelo Ebrard Casaubón, Ricardo Monreal Avila, Alfonso Durazo Montaño y el solitario senador expanista Germán Martínez Cázares, nadie en el equipo lopezobradorista entiende el tema real de la 4ª-T, ni de cambio de régimen, ni de reorganización del Estado, ni de los objetivos de largo plazo. Y a ello se agrega la tendencia presidencial a la centralización de decisiones e ideología. En este contexto, el bloque de poder morenista carece de fuerzas sociales determinantes.

La deconstrucción del neoliberalismo podría estar perdiendo la batalla y quedar sólo en un modelo posneoliberal híbrido de capitalismo con gasto asistencialista –el “desarrollo capitalista dependiente” con hegemonía del Estado que propuso Manuel Camacho Solís en 1970– que no tuvo resultados estructurales en el pasado. Morena todavía tiene espacios para potenciar una clase intelectual que sacuda el pensamiento conservador-progresista, pero para ello requiere de autonomía relativa del activismo presidencialista. La selección de candidatos a diputados para la siguiente legislatura era la oportunidad, pero no hubo la decisión para centralizar al partido como el eje del movimiento reformador.

Y la 4ª-T dependerá de un bloque ideológico-social hasta ahora inexistente y no de candidatos sumisos.

 

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